Rotondas (resiliencia)

No estábamos preparados, en nuestro cómodo mirador con estrés y vistas al spleen, para 2020. Cuando el septiembre previo cogimos piojos y nos vimos con un gorro de papel Albal, como Joaquin Phoenix en «Señales», no identificamos el peligro. Nunca imaginaste tanta impotencia y fracaso como cuando la abuela, de la mano, con dolor más allá de la morfina, te miró a los ojos y eras incapaz de mentir un «todo va a salir bien». Nunca creíste nada más difícil que contar al abuelo en los retornos del alzhéimer que la abuela había muerto. «Qué buena era. Ya descansó». Una primera vez en bucle y sin anestesia. Sísifo, protagonista de «Up». Tampoco estabas listo, un par de años después, para soportar la frustración de elegir entre aparcar tu vida o aparcar al abuelo en una residencia. Ni para cerrar sus ojos en un lecho de muerte y sábanas blancas sin monedas para la laguna Estigia. No estábamos preparados para el recorte de abrazos y la muerte sin velatorio. Las dos Españas, esquizofrenia del alma patria, entre el pecho lobo de Simón y las mechas de Aznar. Las fiestas Covid y los sepelios asintomáticos. Antigénos, obra apócrifa de Jenofonte. Nadie te prepara en este mundo cuqui, trasunto de la felicidad, para explicar a un niño que mamá y papá ya no se quieren, repartir los gatos, exiliarte del tiempo, ser apátrida y emérito. La vida sin puntos suspensivos. Salir de un confinamiento matando un ruiseñor. Ahí comprendes de golpe la cara de tu padre cuando con acné y sin barba decías que la vida en realidad es sencilla. El tiempo del tango de Gardel para descifrar un rostro como una aparición en Bélmez. Aquel silencio era el poema de Gil de Biedma y la vida, al fin, «iba en serio». Lo escuchaste en una venta en La Puebla del Río, frente a un arroz con pato, mucho antes del coronavirus y del mosquito del Nilo. «Ahora estás en una rotonda, aún puedes elegir hacia dónde tirar», le decía un padre a su hijo, de la vida. La UE anuncia planes Marshall y de súbito volveremos a ser la Silicon Valley de Europa, la California del Viejo Mundo, por más que no llegáramos ni a Las Vegas o Disneylworld. La vida de nuevo ante una gran rotonda para elegir destino, y ni tenemos claro el carril o el intermitente. Ya mismo van a estar los ayuntamientos levantando aceras y poniendo glorietas a este valle de lágrimas en los párpados y silicona en los pómulos. Joaquin Phoenix ahora tiene un Oscar con cara de Jóker. Mafalda viste luto y Enrique Ponce saca disco enamorado. Ya si eso, vamos a salir mejor.

Aritz Aduriz, el depredador tardío y la teoría de la evolución

Los toreros, las actrices porno y los periodistas siempre lo estamos dejando,  el oficio, a diferencia de los futbolistas, que procuran no irse ni con agua caliente, en proporción inversa al puesto que ocupan en el campo. Así, lo normal es que los delanteros y los centrocampistas se retiren antes que los defensas y los porteros. El increíble caso de Aritz Aduriz (Donostia, 1981) adquiere en este aspecto otra peculiaridad. Aritz significa en vasco roble, un árbol sagrado en Euskal Herria. En su despedida, el delantero se emocionó al señalar que su último gol es el más especial, sencillamente, porque es en el que sus hijas fueron más conscientes. El caso de Aduriz, además, emparenta con el fósil de dinosaurio que cuestiona el propio origen de las aves , como símil de los jugadores modernos. Aduriz pertenece a otra época, otra estirpe y otro siglo y se consagró fuera de tiempo y a destiempo, tras mil tiros dados y como hijo pródigo que vuelve a casa y triunfa una vez que se marchó cuando no era siquiera un boceto sin consagrar de posible figura en el equipo.

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El disputado voto de “Los Santos Inocentes”

A mi padre le gusta Karlos Arguiñano. Mucho. Mi madre, que estuvo en el punto de mira del Gobierno, es de la otra mitad de España que piensa que ese derroche de felicidad suyo resulta insultante y que no para de decir tonterías, que parece que está borracho. Parece, dice. Hasta aquí, las dos Españas en mi casa.

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“La victoria de los vencidos”

Hace siete años, aprendimos a volar; paramos las balas; fuimos invisibles; leímos las mentes; soñamos los sueños; paramos el tiempo; respiramos bajo el agua; atravesamos muros; a contratiempo, rescatamos banderas; santificamos a los porteros; los sabios tenían el culo pelao’ -a ganar, a ganar, a ganar y a ganar-; Torres más altas no han habido; tocamos el cielo; y comprendimos que más allá hay un universo; hace siete años (‘la victoria de los vencidos es la más hermosa’ ), vivimos para siempre; nada es imposible; y fuimos eternos.

“¡A tomar por mundo!”: “Como una ola” recorre el planeta

Vivir en España en tiempos de la crisis y el master en Lazarillo de Tormes que supone el periodismo son ingredientes suficientes para reunir el arrojo, imbuirse del espíritu de Verne, convertirse en Camba con pasaporte y «Visa para un sueño», no esperar a que «llueva café» que cantaba Juan Luis Guerra», y dar la vuelta al mundo como Phileas Fogg, a lomos de un sueño. La terraza Puerto de Cuba de Sevilla acogió ayer la presentación de «¡A tomar por mundo! La vuelta al mundo con 20 euros» (Editorial UOC, Colección Cuadernos Livingstone) de los periodistas María José Morón (Sevilla, 1985) y José Pablo García (El Puerto de Santa María, 1984), con Jesús Vigorra como maestro de ceremonias. Sigue leyendo

“Qué bonitos, qué bonitos, son los goles de Alfonsito”

Era un mago llamado a suceder a Butragueño, que era un brujo. Ningún futbolista se ha roto tantas veces de gravedad y se ha levantado tantas veces, desafiando la ley de gravitación universal y la gravedad de la ley de Murphy. Cosa de magos y de botas blancas. El tronco entero de Bogarde aún busca a Alfonsito –qué bonitos, qué bonitos…- tras las medias verónicas en que convirtió el último taconazo de Cuéllar en la élite. Bien es cierto que la posición natural de Bogarde era la de valla de publicidad. El campo del Betis tiene buenas vallas, así que ese día jugó de central. Pero da igual, aquel día, Beckenbauer tampoco lo habría evitado. Ángel (caído) Cuéllar controló en el flanco izquierdo del área grande un balón dividido que había prolongado el propio Alfonso. Cuéllar controló con la izquierda. Taconazo hacia el punto de penalti, zurdo cerrado, también con la izquierda. Alfonso esconde el balón con su cuerpo, de espaldas a portería, en movimiento. Media verónica y tres toques después, el balón estaba dentro, Bogarde en el suelo y 40.000 almas gritando “goooool”. No fue un gol, fue un doble regate y una obra de arte. Lo que realmente pasó, sólo lo saben el defensa holandés y su traumatólogo. El truco de un mago con botas blancas. El Betis –que tenía un equipazo: Finidi, Denilson, Alexis…- bajó ese año a Segunda, entre las lágrimas de Alfonso, derrotado por el Real Madrid –su otro equipo- en Heliópolis. Los goles se olvidan con las tragedias, las obras de arte permanecen en la memoria. Eternas. Meses después, con la misma pierna izquierda con que terminó de romper a Bogarde, Alfonso Pérez Muñoz marcó el gol de Alfonso. Su último gol en el Olimpo del fútbol, el que clasificó a España para los cuartos de final de la Eurocopa de Bélgica y Holanda. Era el minuto 94 y estábamos eliminados por Yugoslavia. Pasamos como primeros de grupo. Cosa de magos.