José Tomás tiene un misterio y Juan Ignacio Zoido, un ministerio

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Antonio Sanz observa casi de reojo y colocados en diagonal al ministro Zoido, Juanma Moreno y Javier Arenas. El de la derecha, aunque pudiera tener un aire, no es Clark Kent, es Ricardo Tarno. Foto de Ke-Imagen.

«Porque resistimos, conquistamos» es una frase del explorador Schackleton. A diferencia de la Antártida, con patrias múltiples, en el tricentésimo noveno día del año del calendario gregoriano, 310º este año al ser bisiesto, dos días después del anuncio mariano (Rajoy), ayer, todo el mundo reivindicó la procedencia de Zoido: el PP de Sevilla. «Allá donde esté, estará siempre Sevilla. Mi familia es la del PP, en especial de Sevilla», señaló en la Harinera, museo del pan de Alcalá de Guadaíra. El titular de Interior, que por la tarde acudió a la misa del Gran Poder, se estrenó con la detención del jefe de ETA debajo del brazo. Dicen que José Tomás tiene un misterio y Juan Ignacio Zoido, un Ministerio.

Embargado por la emoción –no como los acusados del «caso ERE» cuyas millonarias fianzas se anunciaron al tiempo que el hombre del que partió la denuncia de las mordidas de Mercasevilla tomó posesión de la cartera de Interior–, Zoido se hizo carne entre nubarrones y lluvia y ante el PP de Sevilla en su último ejemplo de resiliencia política en la Intermunicipal del PP hispalense y ante el presidente de honor del partido, Javier Arenas, el presidente del PP-A, Juanma Moreno, y el del PP de Sevilla, Juan Bueno. Zoido –«más emocionado que al tomar posesión del cargo», dijo–, expresó su agradecimiento a los militantes y, en especial, al que fuera su mentor y quien lo introdujo en la política: un Javier Arenas que le devolvía el abrazo con la mirada perdida de Kramer, el jugador alemán que no recordaba haber jugado la final del Mundial. Arenas, como Gregory Peck cuando daba giras por universidades, se perdió de la primera línea la noche que ganó las elecciones al PSOE de Griñán, y no gobernó. El Ministerio de Zoido, Cospedal mediante, emula a cuando fue a ver a Julio Camba el alcalde de Madrid para ofrecerle una calle. «Yo lo que quiero es un piso». Paradojas del destino, su antecesor en la Alcaldía, Monteseirín, también quería un ministerio y aún no tiene ni avenida en Sevilla. «No soñaba con ser delegado del Gobierno. No soñaba con ser alcalde y no soñaba con ser ministro», aseguró Zoido.

El orégano es antiinflamatorio, antibiótico y contribuye con la destrucción de las células tumorales de la próstata. En Alcalá de Guadaíra se repartió mucho orégano a cuenta de los laureles de Zoido. “Doctores tiene la iglesia” y dicen que a partir de ciertos años hay que hacérsela mirar. La próstata. Como los liderazgos políticos.«Rajoy se lleva a uno de los mejores de nosotros. Zoido tiene una de las mejores trayectorias que he conocido», defendió Juanma Moreno. «Todo el que va de número 1 por Sevilla, acaba de ministro», señaló Juan Bueno, recordando el caso de Cristóbal Montoro, cunero en 2011. El alcalde de Tomares, José Luis Sanz, que no se le vio en el acto, iba de número 1 al Senado; fue el damnificado tras la designación de Moreno Bonilla en el PP-A y tiene perfil de secretario de Estado. Zoido garantizó que «donde yo esté va a estar Sevilla siempre» y se puso «a disposición del PP-A», que con Juanma Moreno no quiere alcaldes con duplicidad de cargos. Gregorio Serrano, que, como el histórico titular del interior derecho del Madrid, «también suena» (y que como Míchel, en realidad es un organizador que cae a banda), al ser preguntado si «se va a la capital», señalaba que «ahora mismo lo que me voy es a mi casa a comer». Beltrán Pérez tiraba de argumentario sobre su futuro en el Consistorio: «A disposición de lo que quiera el partido, como siempre». «Veamos si te quedas en el rebaño o te unes a la jauría», rezaba Underwood en «House of Cards». Zoido es de nuevo un «referente» del PP-A. Gregoriano o no, tres elementos, desde la antigüedad, determinan los acontecimientos del calendario: los astros, los santos y los pícaros. En el PP-A, con perfil rotatorio en el tiempo, Arenas, Juanma Moreno y Zoido, cartera de Interior y, desde Madrid vía AVE, influencia exterior.

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El disputado voto de “Los Santos Inocentes”

A mi padre le gusta Karlos Arguiñano. Mucho. Mi madre, que estuvo en el punto de mira del Gobierno, es de la otra mitad de España que piensa que ese derroche de felicidad suyo resulta insultante y que no para de decir tonterías, que parece que está borracho. Parece, dice. Hasta aquí, las dos Españas en mi casa.

Mi padre, que no es nada de meterse en política ni de meterse en casi nada, viene a ser el español medio, al que de verdad sólo le saca de su rutina cosas muy gordas y parece que sólo conoce a personajes que trascienden lo mundano respecto a lo cotidiano. “Se ha muerto Cruyff”. Paco de Lucía. “El pequeño ése del Barcelona dicen que es mejor que Maradona”.  El propio Maradona. Ronaldo -el de verdad- , cuando contradecía las leyes de la física. “Se ha muerto Miliki”. El final de Arrayán. Pacquiao. Juan Imedio. En fin, estas cosas. A mi padre, para que se hagan una idea, le regaló mi madre por Reyes el último disco de Arcángel -que resulta que también le gusta, igual que Diana Navarro-, que es paisano suyo y todo, de Huelva, y si se le pregunta si le gustaría que se lo firmara, te contesta que, mientras el disco suene, a él le vale lo mismo la firma de Arcángel, de San Pedro o que el dependiente de la tienda le ponga una X detrás de la carátula.

Mi padre, a ver, para que me entiendan, mi padre es Alfredo Landa. Cada vez que veo “Los Santos Inocentes” me harto de llorar; yo, que tengo una incapacidad congénita para llorar más de una vez al año (y unos berrinches que me cojo el día en cuestión…). No tanto por el personaje y/o la historia de España, la intrahistoria y sus entrañas, me harto de llorar porque Alfredo Landa es mi padre.

Como digo, mi padre, es muy español (aunque no le guste el fútbol). Muy español no porque un día parara el taxi cuando un señor de las vascongadas se cachondeaba mientras contaban en la radio el último atentado de ETA, y el recuento incesante de víctimas, y le soltara un “ya se está usted bajando, me cago en dios”. Aquello no fue por español sino porque se estaba rifando una hostia y el señor de Euskadi tenía todas las papeletas. Ni siquiera fue por nacionalismo. Mi padre está muy a favor de que el que no esté a gusto, que se vaya pero dar por culo, lo justo. Lo de aquella carrera en el taxi fue la versión hispana de la no violencia de Gandhi. No violencia “si no me toca los güevos”. Tampoco es muy español porque lleve pulseritas rojigualdas o de la República. Mi padre lo más que ha llevado en su vida en la muñeca es un reloj Casio, y de los básicos. Mi padre habrá besado la bandera de España únicamente cuando hizo la mili. Para que se hagan una idea, mi padre fue feliz en la mili. No porque tuviera la más mínima vocación sino porque nació en la posguerra y en el servicio militar tenía garantizadas un par de comidas al día. La pasó en Ceuta pelando a los compañeros, mayormente, y maldita sea la hora, que se llegó a creer que tenía idea de pelar y de chico me dejaba como un Cristo. De hecho, después de la mili, mi padre sólo peló asiduamente a mi abuelo, que era calvo y tenía poco que cortar; a un Bretón que estaba de los nervios y tenía nombre de capitán del Chelsea -Terry-; y a mí. A mí, que cuando salía Miguel Bosé en la tele con la coleta cantando “Bandido”, lo flipaba sentado a los pies de la tele, en el poyete de la mesa camilla, mientras mi padre, sentado en la silla como dios manda, al fondo juraba en arameo por el “maricón de los cojones”. Lo que para un niño de cuatro, cinco o seis años resultaba fascinante, para mi padre -el español medio, repito- era una provocación. Más aún siendo Bosé hijo de quien es. Miguel Luchino González Dominguín Bosé, se llama, y algún apellido me falta. Mi padre es muy de los toreros, de hecho varias veces le he sorprendido diciéndole a mi hijo “Tú vas a ser torero, pero de los que se arriman”. Mi padre puesto a valorar, valora más la valentía que el arte. Alfredo Landa total. De bruto, y de tierno. “Dónde cojones irá con esa pinta”, seguía despotricando mi padre mientras yo, en el subsuelo de la camilla, miraba con admiración a Miguel Bosé con el pañuelo en el bolsillo de los vaqueros. Como si lo estuviera viendo. Ahora entiendo que mi padre, como España, como pasa con Antonio Alcántara en “Cuéntame” -que si no pasa por nuestro padre, es clavado a nuestro tío- fue evolucionando o, simplemente, cambiando. De una España gris oscura tirando a casi negro o directamente de luto -a mi abuela Eduarda yo sólo la conocí enlutada hasta la cabeza, toda su vida de negro-, se fueron adquiriendo otros matices cromáticos. Mi padre, criado en el campo, de la Sierra de Huelva, de Zufre, casi extremeño -no dejen de visitar el Bar de los Benitos, que son mis primos-, donde la hermana de Griñán tiene casa, fue aprendiendo lo que era la democracia y las libertades poco a poco. Como el país. Casi sin darse cuenta. A medida que pasaban los años, fue viendo con normalidad lo que es normal, es decir, la diversidad, al punto que cuando a mí me dio por ir con coleta por la vida nunca me dijo siquiera “Niño, dónde vas con esos pelos”; y no saben ustedes la vara que me dio mi madre durante años.

Reconduciendo, como diría Teodoro Montes en la comisión de investigación de la formación, mi padre es lo que era un español medio hasta ahora. Un tío que (casi) lo único que sabe hacer es trabajar, desde que tenía 5 o 6 años y al que su abuelo le liaba los cigarros para que diera sus primeras caladas. Pues eso, el español medio hasta ahora, jubilado ya, con sus achaques, aficionado a los programas de cocina, cocinillas y amo de casa de los 65 a esta parte, con su inteligencia emocional -de la otra nunca ha ido sobrado, el teórico del carnet de conducir se lo sacó a la decimoquinta- es de izquierdas man non troppo, que significa “no demasiado”, papá. Centro izquierda, vaya. Votó al PSOE siempre que pudo, hasta que no tuvo más remedio que “cagarse en la puta madre de estos tíos que nos están robando”. Entiéndase, mi padre trabajaba de 8:00 de la mañana a 1:00 de la noche fácil todos los días, parando a medio día a comer media hora o comiendo cuando podía y en la tele día sí y día también salía Roldán, el hermano de Alfonso Guerra, el otro y el de la moto. Ya he mencionado que se trata de una generación que lo único que sabe hacer, y no es poco, es “trabajar como un cabrón de sol a sol”. Cuando el PSOE de Felipe González ya apestaba, votó por oposición “al del bigote”. (Mi madre le fue fiel hasta el final a Felipe, pero es que mi madre es felipista igual que las niñas de ahora son Believers). España vivió unos años buenos. Los años buenos de la burbuja. Con las bombas del 11M, como el españolito común, fue a votar influenciado por este acontecimiento. Si no, igual ni hubiera ido. Confió en ZP y ocho años después no tuvo más remedio que cagarse también en sus muertos. Mi padre es muy de cagarse en las cosas. Muy como La Casera, se viene arriba con nada y se queda en nada antes. En Andalucía creo que siempre ha votado al PSOE. De Arenas, por lo que sea, simplemente no se fiaba. En las pasadas elecciones nacionales votó a Pedro Sánchez. Desde ayer, ya sabe que hay elecciones anticipadas. La sensación de mi padre, de la calle, o sea, es que “a Rajoy no lo quiere nadie y si no lo quiere nadie, por algo será”. “Pero el tío no se va”. “Como todos quieren que sea vaya, yo también quiero que se vaya”. Pedro Sánchez le parece que ha estado mareando la perdiz, “tonteando” con unos y con otros. Podemos no le gusta “ni un pelo”. “El de la Coleta, ni a tiros. Ése es un radical. Del partido de Hugo Chávez, del que le decía al Rey ‘por qué no te callas‘”. “Así que voy a votar al pequeño”, dice. 

“¿El pequeño quién es, papá?”. El pequeño, obviamente, por eliminación, es Albert Rivera, el niño bonito de Metroscopia, que no es que sea pequeño pero que tampoco es grande y más comparado con Rajoy y Pedro Sánchez. Al españolito medio más o menos informado y preocupado por las cosas del día a día le parece que Rivera “ha intentado hablar con todos”. Por eliminación y por eso, igual le premian. “Eso sí, gana otra vez el PP”, sentencia. El PP, el suelo de los siete millones de votos no hay quien se los quite. Así haga el pino puente Rita Barberá, Rodrigo Rato y el señor Bárcenas. Así pillen a Marcelo, el ángel de la guarda del ministro de Interior, como en aquel temazo de Sabina para un programa de cocina de la época. Con las manos en la masa. 

Si la campaña electoral no cambia mucho la cosa, que no la va a cambiar, en base a la realidad de la calle de mi padre, todo apunta a que Ciudadanos esta vez sí puede ser la bisagra para que el pacto encaje. Todo dependerá, como hace cinco meses, de si don Mariano se entera de que “todo el mundo quiere que se vaya”. A Javier Clemente también le cuadraban las estadísticas hasta que se tuvo que ir por cojones. Está por ver si Rajoy quiere irse como Luis Aragonés -que eligió su destino, aunque fuera por cabezonería, y quedó como dios- o tiene que venir Chipre a ganarnos para que, como le dijo mi padre a aquel señor de las vascongadas, “se vaya de una vez a tomar por culo”. Los “Santos Inocentes” lo tienen clarinete. Hay que pensarse dos veces la opción de preguntarle a mi padre “si tiene huevos”. Hay que pensarse dos veces, señorito, si conviene matar a la milana y jugar con la paciencia y el pan de los millones de personas que, como “Paco, el bajo” o como mi padre, suponen el último reducto de decencia en un cortijo con pintas de Babel y ventanas a la calle. Lo escribió Delibes: “El pájaro perdiz no abandona el surco cuando apeona a ocultarse”.

La tarde que asesinaron a Cariñanos

SEVILLA,16-10-2000,- Centenares de personas se agolpan junto al féretro preparado para recibir los restos mortales del coronel médico del Ejército del Aire Antonio Muñoz Cariñano, en la puerta de su consulta en la confluencia de las calles Cañete (arriba izq. donde se lee el nombre del dr. Cariñanos) y Jesús del Gran Poder de Sevilla, donde esta tarde dos presuntos terroristas asesinaron de varios disparos a Muñoz Cariñano en su consulta. EFE/EDUARDO ABAD +IMAGEN DIGITAL+

Foto de Efe. 

La temperatura era «similar», el clima era diferente. Había ambiente de terror callado en las calles. De la peor calaña. Del que deja las vidas pendientes de la fina madeja del azar –el sitio equivocado, la hora equivocada, ante unos hombres equivocados– o al arbitrio de una banda aferrada a ideales engangrenados por la muerte. En resumen, pendientes de «que te toque».

El 16 de octubre de 2000 fue lunes. España logró un histórico doblete en la Dunhill Cup de golf. Freire fue tercero en el Mundial de Ciclismo. Igual que hoy, se conocía el Planeta, y recayó en Maruja Torres. El mal tiempo dejó 59 muertos en las carreteras durante el Puente del Pilar. El asunto vasco acaparaba portadas: «PP y PSOE pactan diez iniciativas para cercar a Ibarreche en la Cámara vasca». «El profesor Portillo se va del País Vasco», rezaba LA RAZÓN. Un lunes más en una Sevilla que ya miraba de reojo al terrorismo, desvirtuada, desvirgada, con las carnes aún abiertas por el asesinato dos años antes del concejal Alberto Jiménez-Becerril y su esposa Ascensión García Ortiz. Hasta que se convirtió en un lunes negro, manchado con sangre, en el calendario nacional y local. El día –la tarde– del último atentado mortal de la banda terrorista ETA en Sevilla.

Dos pistoleros entraron en la consulta del coronel médico Muñoz Cariñanos –un hombre de bisturí, más dado a las gargantas de las tonadilleras que a las armas y la guerra– y lo abatieron a sangre fría, como en las peores escenas de la novela de Truman Capote. La noticia, sin necesidad de Twitter, Facebook o ediciones digitales de periódicos, corrió como la pólvora por las calles. Eran alrededor de las 18:30 horas. Los jóvenes estudiantes de Periodismo, ávidos de actualidad, corrieron desde las clases a la céntrica calle donde sucedieron los hechos, anexa a Jesús del Gran Poder, que ya estaba acordonada. Habían matado a alguien y los asesinos huyeron a pie. La noche cayó de imprevisto. Un bisoño y circunspecto Alfredo Sánchez Monteseirín se acercó a la prensa, junto al cordón policial. «¿Alguna novedad, alcalde?», arrancó Ana Sánchez Ameneiro.

Hacía fresco ya –octubre era y sigue siendo, con permiso del cambio climático– una suerte de primavera sin alergias con rebeca a primera y última hora. A la hora en que comparecía el alcalde, M. Ch. G., uno de los tres agentes que detuvieron a los pistoleros por la Macarena, aún no era consciente de que ese día él también pudo morir. Doce años después, con la intermediación del secretario general del Sindicato Unificado de la Policía (SUP) en Sevilla, Manuel Espino, concede su primera entrevista. «No soy ningún héroe», arranca, sin atisbo de falsa modestia. «Sólo hice mi trabajo». Se jugó la vida y ganó la Medalla Roja al Mérito de la Policía Nacional.

Los agentes estaban «en guardia» porque «sabíamos que en cualquier momento podía pasar». «Era una época muy mala» con el terrorismo. Estaba de servicio por su zona, el Sector Centro, por Santa Cruz, con la misión de «contactar con las comunidades de vecinos y buscar alquileres», apoyando a las motos de proximidad.

«Todo fue muy rápido». Entre «las 18:20 y las 18:30», el 091 dio el aviso. «Al parecer había un muerto» junto a la Alameda. Pensó que los implicados –se desconocía cuántos– no se adentrarían en la ratonera del centro. «Buscarían una salida». Z22 da la alarma. «Estaba por los Perdigones» y «unos sospechosos entraban» por allí.

El coche se pone «a toda pastilla. A la altura de la gasolinera de la Resolana, una anciana que hizo caso omiso a las luces y la sirena casi no lo cuenta. Cogió aire. Bajó el ritmo. Quizás ese interludio sirvió para pensar, para hilvanar una estrategia, para prever. «En lugar de entrar por los Perdigones, entramos por Don Fadrique». «Junto al Hogar San Fernando nos los encontramos de frente», narra M. Ch. G. «Eran dos jóvenes», aparentemente «normales», «a 70 u 80 metros», acalorados, «con prisa». Se echaron la mano al bolsillo. «Las pistolas, las balas». «Ya no había duda. Eran los asesinos de Cariñanos, que abrieron fuego a discreción contra el Peugeot policial. «Nos salvó la distancia». «Era quedarse en el vehículo» y rezar para que una bala no diera en el blanco «o salir y jugártela». «Si digo que pensé algo, es mentira». Instinto. El agente describe a Solana Matarrán como el «más experto» –«estaba preparado para aguantar horas de interrogatorio»– y a su compañero –del que cuentan las crónicas que ante la Policía «se lo hizo encima»– tan bisoño que «se le caía el arma». Uno de los dos fue alcanzado en un brazo por los agentes y se dio a la fuga, con M. Ch. G. pisándole los talones. El tiempo corría denso. Pudo abatirlo pero «no iba a disparar a un hombre desarmado por la espalda, aunque sé que él lo hubiera hecho». Silbó «otra bala» en el punto de partida de la persecución y «se hizo el silencio». «No veía a mi compañero y me di la vuelta». En el suelo, el segundo policía esposaba al pistolero. Solana Matarrán, entre un gentío que le abucheaba y que acudió tras los disparos, «alardeaba» de su condición «de etarra». «El tío hacía gestos». M. Ch. G. le conminó a que no se resistiera al entrar en el patrullero. «Sé que no puedo hacer nada», dijo. «Pues ya sabes», respondió. M. Ch. G., «al llegar a casa», se «desplomó». «No quería hablar con nadie». Al quinto día, para salir de esa dinámica de paranoia justificada, regresó al trabajo. Tenía 49 años. Doce después, reitera: «Sólo hice mi trabajo».

“Los Beatles” y los siete enanitos, de fiesta “new age” en un velódromo

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Fotografía de Ke-Imagen.

Las personas tienen un reloj biológico y sufren por los cambios horarios. Las células también calculan el tiempo y pueden sincronizarse para realizar acciones. Algo así como Felipe González y Alfonso Guerra 19 años después –aclaran en el autobús de campaña socialista; no desde las elecciones del 96, como se venía cifrando– de su último mitin juntos, ayer, en el velódromo de Dos Hermanas, bastión del PSOE, «mancillado» por los populares en 2010, con casi 30.000 simpatizantes en las gradas.

Cualquier tiempo pasado fue anterior. Si se miran las encuestas del CIS, puede asegurarse que también mejor. Sea como fuere, los protagonistas de «Parque Jurásico 4: regreso al pasado», según comentó el secretario regional del PP, Antonio Sanz, en Twitter, se bastaron, se sobraron, para empequeñecer la figura del candidato Rubalcaba sobre el escenario. «Es muy complicado cantar después de Camarón», dijo en referencia a un mitin anterior. «Hoy me habéis puesto a los Beatles», comentó Rubalcaba. «Son dos insustituibles, muy difíciles de superar. Pero lo que es insuperable es su hoja de servicios», continuó. A partir de ahí –y antes, Basilia Sanz, Susana Díaz, Pepe Griñán, Guerra y el propio Felipe– una serie de propuestas (pedirle cuentas a los bancos, liderazgo y autonomía de la política frente a los mercados, la dación como forma de pago…) que estos años han sido rechazadas en el Congreso por el mismo PSOE, por lo que el discurso, aparte de suscitar la euforia y la llamada «fuerza del sur», tiene la credibilidad de los siete enanitos en una fiesta «new age».

En todo organismo existen células que van a su bola. Ese papel adopta Guerra en el PSOE. El del barquero que suelta sentencias. «Amarga la verdad y quiero echarla de la boca». «Rajoy tiene prisa para seguir durmiendo la siesta, pero en la Moncloa». «Es la primera campaña sin Eta, y nadie habla de eso. No soportan que haya derrotado a Eta un Gobierno socialista». «Socialismo es que nadie tenga tanto como para poner de rodillas a alguien y que nadie tenga tan poco como para sentir la humillación de ponerse de rodillas». Guerra alzando los brazos, cual Júpiter blandiendo el rayo, llamando «mafiosos» a los distintos elementos del sistema financiero, y el velódromo de Dos Hermanas aplaudiendo en pie.

Griñán y González son más de hablar de Grecia y de sus libros. Cosas de estadistas. «Es la primera vez que me ven leyendo un papel en un mitin», dijo el ex presidente, mientras recitaba la receta contra la crisis «que presenté en Europa hace más de dos años». Si se la pasó a Zapatero –a quien por cierto, nadie citó–, se ve que tampoco le tuvo muy en cuenta. El innombrable apenas fue invocado por Griñán en un lapsus: «El sur va a empujar a Zapa… Rubalcaba hacia el futuro». El auditorio, con cintura y tablas, fajado en mítines, coreó «Rubalcaba, presidente».

El PSOE optó, hace tiempo y en directo desde el Congreso, por la apoptosis. El suicidio celular. Zapatero se vio en la tesitura de condenar al partido, y a él mismo, al fracaso, virando sus políticas a la derecha al dictado de los mercados, o dejar el país a la deriva del rescate financiero. De la apoptosis a la metástasis apenas hay un paso. La campaña dibuja un candidato con el sambenito de gen improductivo, Rubalcaba, en tanto ha sido copartícipe –si suyo es el éxito de acabar con Eta, como defendieron Guerra y González, suyos son los cinco millones de parados– del Gobierno ZP. Y otro –bipartidismo manda–, Rajoy, que se presenta con vocación de cianobacteria, promotor de cambios. Puede que el bastión de Dos Hermanas pase a ser para el PSOE como Granada para Boabdil. Seguramente, también habrá lágrimas. «La fuerza del sur». La «vieja guardia». El mitin más multitudinario. Dos Hermanas, último reducto socialista. Sarajevo también era un punto pequeño y cambió el mapa de Europa. Felipe –en el velódromo, «más corre el mastín que el galgo»– se arriesgó a hacer un pronóstico de las autonómicas, no de las generales. «En marzo cumpliré 70 años y si no ganamos en Andalucía, me retiro a Honolulu». Lo bonito del pálpito ganador es que sólo se nota tras haber ganado. «All you need is love», y millones de votos.