“A nosotros sí nos han condenado a una pena perpetua”

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Antonio del Castillo. Foto: Manuel Olmedo

El padre de Marta del Castillo es «un vencido», que no un derrotado. Vencido porque lleva dos meses –desde que desapareció su hija de 17 años– de «calvario» interior, pero sigue «luchando». Los trazos de su encefalograma podrían ser algo así como «el Guernica» de Picasso, pero pintado por el más burdo de los destripadores. Antonio del Castillo habla el idioma de la herida. Siquiera llora, al menos en público, como si no le quedaran lágrimas al hombre que perdió a su hija el 24 de enero y que a cada momento estallaba en llanto cuando pedía «más medios» para buscar a «su niña», mientras apostaba «los dos brazos» defendiendo que «no se había marchado voluntariamente». Entonces sí estaba derrotado, y perdido.

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“Tengan cuidado ahí fuera”

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Juanma Moreno, séptimo presidente de la Junta de Andalucía, sexto sin contar el período preautonómico. Foto de la cuenta personal del Twitter de @JuanMa_Moreno

En el intervalo de tiempo que arquea dos veces la ceja izquierda, Arenas -al que le dan la enhorabuena a la entrada, como a los suegros en las bodas- ya ha ubicado a todo el espectro parlamentario, ujieres incluidos y hasta a Sor Úrsula, el fantasma del antiguo Hospital de las Cinco Llagas. También a los periodistas. “Te había visto fuera y no nos hemos saludado”, señala, entre la advertencia y el halago. Arenas, de hecho, es un maestro en el arte del mantener el equilibrio entre el palo y la zanahoria. “También te he visto a ti, ni lo dudes, y también sé quién eres tú (o como poco, tiene que parecer que sé quién eres tú porque aunque tú no te creas importante, o sí, para mí todo detalle es importante y, en el peor de los casos, por si acaso)”, sería la traducción libre a las freudianas maneras. Arenas, que por momentos mira al infinito de sus adentros como un matemático buscando el origen del cero, se sienta al lado de José Caballos, con trienios en el Parlamento como para llamarle John Horses y encargarle una banda sonora a Ennio Morricone. Dos cabezas privilegiadas al lado. Caballos fue quien mandó al destierro de Madrid a Susana Díaz cuando ésta todavía no tenía consejeros áulicos, áureos ni máximos que alimentaran su mesianismo. Del combate federal con Pedro Sánchez a esta parte, a Susana le pasó lo que a Cuéllar en el Betis. Se fueron o se quisieron ir -que no es lo mismo, pero es igual- y a la vuelta ya no eran los mismos a ojos de la gente porque, de hecho, no eran los mismos. Lo escribió Sabina y lo cantó mejor que nadie Ana Belén: “En Macondo comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Susana Díaz, acebrada y hermosa como una Dolorosa, entró por un lateral del Parlamento, en un principio desapercibida, a las 12 horas y 27 minutos, hablando de “responsabilidad” y presentándose como “la garantía de la defensa de la igualdad”. Dos minutos antes, a las 12:25 horas, Juanma Moreno apareció en escena, arrullado por un enjambre de medios, mostrándose “muy ilusionado” en “un día para la esperanza y la ilusión”. Cientos de personas, mujeres en su mayoría, alentadas por el PSOE, Podemos, IU, los sindicatos y colectivos sociales y hasta por el Gobierno en funciones, ya protestaban a las puertas del Parlamento contra la “dictadura patriarcal”. “No era el momento”,  señaló Moreno.

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El disputado voto de “Los Santos Inocentes”

A mi padre le gusta Karlos Arguiñano. Mucho. Mi madre, que estuvo en el punto de mira del Gobierno, es de la otra mitad de España que piensa que ese derroche de felicidad suyo resulta insultante y que no para de decir tonterías, que parece que está borracho. Parece, dice. Hasta aquí, las dos Españas en mi casa.

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La tarde que asesinaron a Cariñanos

SEVILLA,16-10-2000,- Centenares de personas se agolpan junto al féretro preparado para recibir los restos mortales del coronel médico del Ejército del Aire Antonio Muñoz Cariñano, en la puerta de su consulta en la confluencia de las calles Cañete (arriba izq. donde se lee el nombre del dr. Cariñanos) y Jesús del Gran Poder de Sevilla, donde esta tarde dos presuntos terroristas asesinaron de varios disparos a Muñoz Cariñano en su consulta. EFE/EDUARDO ABAD +IMAGEN DIGITAL+

Foto de Efe. 

La temperatura era «similar», el clima era diferente. Había ambiente de terror callado en las calles. De la peor calaña. Del que deja las vidas pendientes de la fina madeja del azar –el sitio equivocado, la hora equivocada, ante unos hombres equivocados– o al arbitrio de una banda aferrada a ideales engangrenados por la muerte. En resumen, pendientes de «que te toque».

El 16 de octubre de 2000 fue lunes. España logró un histórico doblete en la Dunhill Cup de golf. Freire fue tercero en el Mundial de Ciclismo. Igual que hoy, se conocía el Planeta, y recayó en Maruja Torres. El mal tiempo dejó 59 muertos en las carreteras durante el Puente del Pilar. El asunto vasco acaparaba portadas: «PP y PSOE pactan diez iniciativas para cercar a Ibarreche en la Cámara vasca». «El profesor Portillo se va del País Vasco», rezaba LA RAZÓN. Un lunes más en una Sevilla que ya miraba de reojo al terrorismo, desvirtuada, desvirgada, con las carnes aún abiertas por el asesinato dos años antes del concejal Alberto Jiménez-Becerril y su esposa Ascensión García Ortiz. Hasta que se convirtió en un lunes negro, manchado con sangre, en el calendario nacional y local. El día –la tarde– del último atentado mortal de la banda terrorista ETA en Sevilla.

Dos pistoleros entraron en la consulta del coronel médico Muñoz Cariñanos –un hombre de bisturí, más dado a las gargantas de las tonadilleras que a las armas y la guerra– y lo abatieron a sangre fría, como en las peores escenas de la novela de Truman Capote. La noticia, sin necesidad de Twitter, Facebook o ediciones digitales de periódicos, corrió como la pólvora por las calles. Eran alrededor de las 18:30 horas. Los jóvenes estudiantes de Periodismo, ávidos de actualidad, corrieron desde las clases a la céntrica calle donde sucedieron los hechos, anexa a Jesús del Gran Poder, que ya estaba acordonada. Habían matado a alguien y los asesinos huyeron a pie. La noche cayó de imprevisto. Un bisoño y circunspecto Alfredo Sánchez Monteseirín se acercó a la prensa, junto al cordón policial. «¿Alguna novedad, alcalde?», arrancó Ana Sánchez Ameneiro.

Hacía fresco ya –octubre era y sigue siendo, con permiso del cambio climático– una suerte de primavera sin alergias con rebeca a primera y última hora. A la hora en que comparecía el alcalde, M. Ch. G., uno de los tres agentes que detuvieron a los pistoleros por la Macarena, aún no era consciente de que ese día él también pudo morir. Doce años después, con la intermediación del secretario general del Sindicato Unificado de la Policía (SUP) en Sevilla, Manuel Espino, concede su primera entrevista. «No soy ningún héroe», arranca, sin atisbo de falsa modestia. «Sólo hice mi trabajo». Se jugó la vida y ganó la Medalla Roja al Mérito de la Policía Nacional.

Los agentes estaban «en guardia» porque «sabíamos que en cualquier momento podía pasar». «Era una época muy mala» con el terrorismo. Estaba de servicio por su zona, el Sector Centro, por Santa Cruz, con la misión de «contactar con las comunidades de vecinos y buscar alquileres», apoyando a las motos de proximidad.

«Todo fue muy rápido». Entre «las 18:20 y las 18:30», el 091 dio el aviso. «Al parecer había un muerto» junto a la Alameda. Pensó que los implicados –se desconocía cuántos– no se adentrarían en la ratonera del centro. «Buscarían una salida». Z22 da la alarma. «Estaba por los Perdigones» y «unos sospechosos entraban» por allí.

El coche se pone «a toda pastilla. A la altura de la gasolinera de la Resolana, una anciana que hizo caso omiso a las luces y la sirena casi no lo cuenta. Cogió aire. Bajó el ritmo. Quizás ese interludio sirvió para pensar, para hilvanar una estrategia, para prever. «En lugar de entrar por los Perdigones, entramos por Don Fadrique». «Junto al Hogar San Fernando nos los encontramos de frente», narra M. Ch. G. «Eran dos jóvenes», aparentemente «normales», «a 70 u 80 metros», acalorados, «con prisa». Se echaron la mano al bolsillo. «Las pistolas, las balas». «Ya no había duda. Eran los asesinos de Cariñanos, que abrieron fuego a discreción contra el Peugeot policial. «Nos salvó la distancia». «Era quedarse en el vehículo» y rezar para que una bala no diera en el blanco «o salir y jugártela». «Si digo que pensé algo, es mentira». Instinto. El agente describe a Solana Matarrán como el «más experto» –«estaba preparado para aguantar horas de interrogatorio»– y a su compañero –del que cuentan las crónicas que ante la Policía «se lo hizo encima»– tan bisoño que «se le caía el arma». Uno de los dos fue alcanzado en un brazo por los agentes y se dio a la fuga, con M. Ch. G. pisándole los talones. El tiempo corría denso. Pudo abatirlo pero «no iba a disparar a un hombre desarmado por la espalda, aunque sé que él lo hubiera hecho». Silbó «otra bala» en el punto de partida de la persecución y «se hizo el silencio». «No veía a mi compañero y me di la vuelta». En el suelo, el segundo policía esposaba al pistolero. Solana Matarrán, entre un gentío que le abucheaba y que acudió tras los disparos, «alardeaba» de su condición «de etarra». «El tío hacía gestos». M. Ch. G. le conminó a que no se resistiera al entrar en el patrullero. «Sé que no puedo hacer nada», dijo. «Pues ya sabes», respondió. M. Ch. G., «al llegar a casa», se «desplomó». «No quería hablar con nadie». Al quinto día, para salir de esa dinámica de paranoia justificada, regresó al trabajo. Tenía 49 años. Doce después, reitera: «Sólo hice mi trabajo».

“Los Beatles” y los siete enanitos, de fiesta “new age” en un velódromo

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Fotografía de Ke-Imagen.

Las personas tienen un reloj biológico y sufren por los cambios horarios. Las células también calculan el tiempo y pueden sincronizarse para realizar acciones. Algo así como Felipe González y Alfonso Guerra 19 años después –aclaran en el autobús de campaña socialista; no desde las elecciones del 96, como se venía cifrando– de su último mitin juntos, ayer, en el velódromo de Dos Hermanas, bastión del PSOE, «mancillado» por los populares en 2010, con casi 30.000 simpatizantes en las gradas.

Cualquier tiempo pasado fue anterior. Si se miran las encuestas del CIS, puede asegurarse que también mejor. Sea como fuere, los protagonistas de «Parque Jurásico 4: regreso al pasado», según comentó el secretario regional del PP, Antonio Sanz, en Twitter, se bastaron, se sobraron, para empequeñecer la figura del candidato Rubalcaba sobre el escenario. «Es muy complicado cantar después de Camarón», dijo en referencia a un mitin anterior. «Hoy me habéis puesto a los Beatles», comentó Rubalcaba. «Son dos insustituibles, muy difíciles de superar. Pero lo que es insuperable es su hoja de servicios», continuó. A partir de ahí –y antes, Basilia Sanz, Susana Díaz, Pepe Griñán, Guerra y el propio Felipe– una serie de propuestas (pedirle cuentas a los bancos, liderazgo y autonomía de la política frente a los mercados, la dación como forma de pago…) que estos años han sido rechazadas en el Congreso por el mismo PSOE, por lo que el discurso, aparte de suscitar la euforia y la llamada «fuerza del sur», tiene la credibilidad de los siete enanitos en una fiesta «new age».

En todo organismo existen células que van a su bola. Ese papel adopta Guerra en el PSOE. El del barquero que suelta sentencias. «Amarga la verdad y quiero echarla de la boca». «Rajoy tiene prisa para seguir durmiendo la siesta, pero en la Moncloa». «Es la primera campaña sin Eta, y nadie habla de eso. No soportan que haya derrotado a Eta un Gobierno socialista». «Socialismo es que nadie tenga tanto como para poner de rodillas a alguien y que nadie tenga tan poco como para sentir la humillación de ponerse de rodillas». Guerra alzando los brazos, cual Júpiter blandiendo el rayo, llamando «mafiosos» a los distintos elementos del sistema financiero, y el velódromo de Dos Hermanas aplaudiendo en pie.

Griñán y González son más de hablar de Grecia y de sus libros. Cosas de estadistas. «Es la primera vez que me ven leyendo un papel en un mitin», dijo el ex presidente, mientras recitaba la receta contra la crisis «que presenté en Europa hace más de dos años». Si se la pasó a Zapatero –a quien por cierto, nadie citó–, se ve que tampoco le tuvo muy en cuenta. El innombrable apenas fue invocado por Griñán en un lapsus: «El sur va a empujar a Zapa… Rubalcaba hacia el futuro». El auditorio, con cintura y tablas, fajado en mítines, coreó «Rubalcaba, presidente».

El PSOE optó, hace tiempo y en directo desde el Congreso, por la apoptosis. El suicidio celular. Zapatero se vio en la tesitura de condenar al partido, y a él mismo, al fracaso, virando sus políticas a la derecha al dictado de los mercados, o dejar el país a la deriva del rescate financiero. De la apoptosis a la metástasis apenas hay un paso. La campaña dibuja un candidato con el sambenito de gen improductivo, Rubalcaba, en tanto ha sido copartícipe –si suyo es el éxito de acabar con Eta, como defendieron Guerra y González, suyos son los cinco millones de parados– del Gobierno ZP. Y otro –bipartidismo manda–, Rajoy, que se presenta con vocación de cianobacteria, promotor de cambios. Puede que el bastión de Dos Hermanas pase a ser para el PSOE como Granada para Boabdil. Seguramente, también habrá lágrimas. «La fuerza del sur». La «vieja guardia». El mitin más multitudinario. Dos Hermanas, último reducto socialista. Sarajevo también era un punto pequeño y cambió el mapa de Europa. Felipe –en el velódromo, «más corre el mastín que el galgo»– se arriesgó a hacer un pronóstico de las autonómicas, no de las generales. «En marzo cumpliré 70 años y si no ganamos en Andalucía, me retiro a Honolulu». Lo bonito del pálpito ganador es que sólo se nota tras haber ganado. «All you need is love», y millones de votos.