El negro de Tráfico y el portero del Parma

Dicen que Sorrentino recuerda a Fellini y que París tiene puntos en común con Sevilla. Entró con unos guantes de lana negros guillotinados, de ésos que dejan los dedos libres. El kiosco de la esquina de Tráfico con la avenida de la Palmera, no muy lejos del campo del Betis, tiene reminiscencias de película de los hermanos Coen, pero sin nieve de por medio. Hay buen café y prensa y el camarero es eficiente y sobrio, sin conversación innecesaria: “Buenos días”. “Buenos días”. “Qué va a ser”. “Un cortado y media con aceite”. “Muy bien”. “La simpatía está sobrevalorada”, como defiende Fátima Rojas. El tipo llevaba el uniforme típico de aparcacoches, azul y grana. El camarero inmediatamente llenó un vaso de agua y sirvió un café cortado para llevar. El gorrilla le dio monedas y el camarero le devolvió algún billete. En los bares siempre viene bien la calderilla suelta. El negro estuvo apenas unos minutos, sin lamentaciones a pesar de que en la calle los días apuraban el frío. Con un deje afrancesado comentó la derrota del Betis la noche anterior  frente al Rennes. “No puede ser”, dijo. “Es que no mete un gol a nadie. Es que no tiran a puerta. Manque pierda ni manque pierda, ‘miarma’…”. El tipo está más adaptado a la ciudad, a sus formas y estados, probablemente, que esos articulistas defensores de la sevillanía pura y sagrada que rinden culto a la última churrería del Postigo. La luna, según los astronautas que estuvieron allí, huele a pólvora quemada. Hubo un tiempo en que todos los europeos fuimos negros. “Hasta mañana”. “Hasta mañana”. “Las emociones están sobrevaloradas, pero las emociones son todo lo que tenemos”, escribió Sorrentino. En las ciudades vivas, no todo es lo que parece. Las “gárgolas medievales” de París ni son gárgolas ni son medievales. Son del loco Le Duc, del siglo XIX y se llaman “quimeras”. La Catedral de Sevilla también tiene sus grotescos, para expulsar el agua y ahuyentar los malos espíritus. Un señor negro aparcacoches puede ser más sevillano y estar más integrado en la cotidianidad de los días -la intrahistoria, que decía Unamuno- que muchos onanistas de teclado, patillas, azahar en la solapa y palco en la Campana; o que un hipster de la Alameda. Sorrentino se llama también el portero del Parma. 

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En ocasiones, veo socavones (una historia del metro de Sevilla)

La historia de las ciudades se esconde, fugitiva, en las cloacas. Quizás por eso, esta Sevilla milenaria y sin metro tiene hasta su calle de la Virgen del Subterráneo, caminito, cómo no, de la Alameda de Hércules, que es como el reflejo de la cloaca misma atrapado en un cubo de hielo que flota dentro de una copa de ron –con su poquito de limón, ese gran olvidado de la literatura- en el barrio más canalla de la capital del sur de las Españas. Hermosa y viciosa, como la historia de la humanidad, la Alameda condensa la naturaleza humana, como si fuera el decimotercer trabajo que le encargaron a Heráclito, Hércules para los amigos, no sé si antes o después de separar Cádiz y Gibraltar, llanitos y gaditanos, gentilicio de Gadix, y aquí hay que mamar. Quién le iba a decir a Heráclito que con aquel apretón que le dio en lo que creía el fin del mundo hace miles de años estaba poniendo la primera piedra –el primer peñón, perdón- del tráfico de sustancias de un lao’ pa otro de la frontera, que el Winston, el whisky y la gasolina de Gibraltar (español) son más baratos, y la cosa está mu’ mala, como dijo Napoleón a Bernadotte, cuando fue a mear con ese frío que hacía en Waterloo, aquella batalla que muchos años después ganaron las rubias de Abba. Fue llegar a la Alameda el hijo de los dioses y de los hombres y hacerse maricón, fijo. Esta historia también está en las cloacas. Sólo hay que asomarse a los socavones.

El socavón por antonomasia de Sevilla está en la Puerta de Jerez. Allí, un miércoles encapotado, en el que soplaba un viento no digo que de mal presagio pero sí de ése que da mucho por culo con la bufanda –venga bufanda pa’llá, venga bufanda pa’cá-, allí, como digo, el cielo no cayó sobre nuestras cabezas, como temían los irreductibles galos, sino que el suelo cayó bajo los quioscos (con “q”, de a-Quiles, por más que la inefable Fátima Rojas quiera que lo ponga con “k”). Porque había un quiosco en ese lugar de la Puerta de Jerez con un señor sumamente preocupado por esos bonobuses de ultratumba (“va a ser imposible recogerlos”, manifestó el buen hombre después de contarlo de milagro. “Ha sido un susto grandísimo. Si lo sé, me cojo muerte”, manifestó su señora durante el ratito en el que pudo superar su crisis de ansiedad para hablar con Ana Rosa y, no está confirmado, estamos investigándolo, con Quintana, la mujer que envejece pa’trás. Quién te cogiera), porque si llega a haber un edificio lleno de gente o una Torre del Oro llena de historia, ahora estaríamos hablando de:
a. Una tragedia de dimensiones similares al atentado del 11-M.
b. El primer metropolitano con vistas turísticas. (Ya lo estoy oyendo: “A su derecha pueden ver la fortaleza donde se guardaba el oro de las Américas, -din-don-din-. A la izquierda, la multiprovincial del mayor empresario de Sevilla, la Casa Robles –din-don-din-).
Afortunadamente, donde hay un agujero de seis metros de profundidad y seis metros de diámetro, había un quiosco; y me ahorro el chiste fácil, pero lo estoy colando -ahí lo llevas-, de que en Sevilla no ponemos la primera piedra con los periódicos del día, sino que ponemos el quiosco entero, con dos cojones.

La cosa es que uno está ya acostumbrado a asomarse al abismo, a caerse y levantarse, que eso es la vida. Pero asomarse a un socavón, ver las cloacas del alma de la Sevilla milenaria, eso es otra cosa. Por eso, el señor consejero de Obras Públicas, don Luis García Garrido, a pregunta de quien escribe –hay que promocionarse, que hay mucho ERE suelto- en rueda de prensa urgente aseguró que “la seguridad de los edificios está garantizada”. “¿Con los mismos sistemas de seguridad que han asegurado un quiosco subterráneo? ¿Qué garantías hay?”, vino a preguntar el menda. ( Ténganse en cuenta la perspicacia de la pregunta, por favor). Y el consejero, lejos de contestar que las garantías están firmadas en Atención al Cliente de El Corte Inglés, vino a decir que “los edificios están seguros porque están alejados”. Tan lejos como la fecha de inauguración del subterráneo, con sus dos años y medio de retraso. Fuentes bien informadas, ajenas a mí, por supuesto, aseguran que sólo tras las palabras de la Junta se quedaron tranquilos los demás bonobuses de España, que, por entonces, ya daban por mártires del metro a los bonobuses sepultados con el quiosco, requiescam in la pace de las cloacas del metropolitano y que la Virgen del Subterráneo tenga en su gloria. Quizás por eso, al pasar por esa calle, camino de la Alameda, sentí la certeza de que esta ciudad milenaria va siempre por delante, y antes de producirse un socavón, ya existe la calle de la Virgen del Subterráneo. Allí me quedé, con la cara fría por el frío de la noche, esperando que se me apareciera otro socavón. Pero igual que la Virgen de Fátima sólo se aparece a campesinos, seguramente la Virgen del Subterráneo sólo se aparece a maquinistas del metro, dueños de quioscos soterrados y consejeros de Obras Públicas. Yo, en el frío de la noche, me quedé helado, al comprender que “en ocasiones veo socavones” y que la historia de las ciudades está en las cloacas, que, además, es donde tiene que estar. Al fin y al cabo, compartimos el 90 por ciento del material genético con las ratas.

Elogio de la mancha de tinta en los dedos

Reniegan del polvo y el barro del que nacieron. Dan la espalda a su pretérito imperfecto. Niegan una vez y dos y hasta tres; como dicen que hizo San Pedro. Aprendieron a amar la palabra -la verdad última- manchándose los dedos con la tinta negra de las hojas de periódico con que el mundo envuelve el pescado y las castañas, y nosotros los regalos y los sueños.

Des-soñados, des-memoriados, des-amados. Desagradecidos. Desamparados. Y todo, con razón, la puta que mezclada con sueños -reputa- produce monstruos. Que se enteró don Francisco de Goya y Lucientes, sordo pero lúcido. “El sueño de la razón produce monstruos”.

Somos especie en extinción, que dice el maestro Del Pozo; animal herido; vista cansada; ilusión quebrada; querencia desquebrajada. Somos sudor y lágrimas; soldado de trinchera; cronista de sucesos; analista político; editorialista; el que mete el horóscopo y el tiempo. Adictos al café; escondidos tras el alcohol. “Cuchillo sin filo”; náufragos (en un castillo de naipes y) de arena. Denunciamos que denuncian; recogemos la queja, la verdad, la mentira; manipulamos; engañamos; nos vendemos; nos compramos. Como todo el puto mundo, pero por vocación. Pero con vocación.

Aquellos, los de entonces, no son los mismos y -prosa aparte- dan la espalda a su antigua condición de canalla, de plumilla, de periodista. Como el señor Burgos y su ombligo “recuadrado”, su agrio envejecer, su chiste forzado diario. “¿Periodista? Yo soy escritor”. De libros de gatos. O mi admirado y comprendido Pérez Reverte, con su rabia del 2 de mayo. “¿Periodista?”, le dices. “No, nunca; si acaso reportero”, contesta. “¿Estilo periodístico, pisha cartagenero?”. “No, monsieur. Documental”. Reniegan. ¿Por alzheimer en el alma? Por vergüenza torera.

Por los ‘hijosdelagranputa’ que nos miran desde arriba y se llevan el taco calentito cada mes, amparados en el apellido de papá y los ascensores exclusivos para el personal ejecutivo que apesta a sus muertos más frescos, aunque gasten Chanel número 5. Por los acomplejados de la vida preocupados y ocupados en marcar el terreno de su incompetencia. Por la politización exacerbada de los medios; el abuso en el manchar -“manchar, manchar”, la gran verdad de Gómez y Méndez-; por los seres sin oficio y con todo el beneficio; sin criterio profesional, educación ni humanidad. Por los palmeros y los que ponen el culo tan barato.

Decía el Gabo, desde Macondo, que el periodismo es el mejor oficio del mundo. Hemingway decía que esta profesión que nos mata, este oficio -el oficio es algo que marca de por vida; así como el minero muere minero, el plumilla muere plumilla-, el arte de juntar letras en los diarios, decía, de contar la vida, es la más bonita del mundo… si se deja a tiempo. Cabe preguntarse si el periódico se deja o te deja, pero, en cualquier caso, considerando que el placer no muere hasta que no se cuenta, un punto hedonista tenemos; y sádico, becados como estuvimos entre Sodoma y Gomorra como reporteros de guerra.

Así las cosas, yo, con mis heridas y mis pupilas cada vez más cansadas, con mi nómina huérfana de ceros y repleta de dignidad y respeto, quisiera tener de nombre y de apellido Carolina y García; Vita y Lirola; Rocío y Vázquez; Claudio J. y Castillo; Ana S. y Ameneiro; Julia y Jiménez; Fátima y Rojas; Fernando y Pérez y Ávila; Jorge y Muñoz; Felipe y Villegas; Manolo y Barea; Daniel y Cela; Isabel y Morillo;Lasida y Miguel; Carmen y Rengel; Patricia y Godino; Paco y Camero; Lucas y Haurie; Juan de la Huerga; Comesaña e Iria; Fernando de Matres; Inmaculada y Carretero; Francisco Correal; Isabel y Morillo; Cela y Daniel; Lourdes Lucio; Luz Sánchez y Mellado; José Antonio García Lorca y Sola… Ni los Pérez ni los Revertes me interesan fuera de sus libros y espadas; ni los Burgos desde el tendido nos van a decir qué es un toro, por muchos cuernos que tengan y mala baba babeen, a nosotros que ejercemos de forcados. Nosotros sabemos qué es la pasión, más allá de la Semana Santa.

Estamos en vías de extinción, sí, somos mala calaña; hierba mala que nunca muere; mas no hemos perdido la memoria y el honor y los textos -dos fuentes como mínimo-; y con las hojas de periódico con las que ellos cubren el olor a pescado de sus vísceras, nosotros los periodistas -pobres, humildes, cabrones, caines y mercurios- envolvemos la mentira de la vida para con su verdad mancharnos los dedos y rozar con nuestras yemas los sueños.