De la semiótica, la guasa y la investidura de Susana Díaz. (“La’vangelio, según la cámara de Manuel Olmedo)

Sevilla es una ciudad “puntera” en la semiótica. De la Semana Santa a la Feria de Abril o la semiótica del bar de Pepe el Muerto, destapada por Julio Muñoz Gijón, alias @rancio, el periodista con epicentro en Bami y que escapó del ataque de un campanario murciano en pleno terremoto lorqueño. Como le contó a Paco Camero y a servidor. La “liturgia del taburete”: “Sólo se lo da a tres personas; sólo tres lo pueden tener, y el nota que ha estado sentado, cuando se va, le devuelve el taburete, que ahí cualquiera no se puede sentar. No es el único código secreto. Ese sitio es pura semiótica”. Sevilla puede que tenga un color especial, que compuso César Cadaval, el Moranco bajito -en verdad, no es tan chico; es que Jorge Cadaval es más alto-; lo que es seguro es que Sevilla tiene mucha semiótica. Tanta, que a centenares de licenciados en Periodismo en vez de Periodismo nos enseñaron semiología y “comunicología”. Un recuerdo para el emisor, el receptor y allegados. Mensaje, código, canal, contexto (y desempleo o empleo precario). Ferdinand de Saussaure, Loius Hjelmslev, Roman Jakobson y Ludwig Wittgenstein. La delantera estuca de la Linguïstica. Lo que también tiene de sobra Sevilla es mucha guasa. Susana Díaz es de Triana, aunque en el señero barrio en los últimos años la fuerza más votada es el PP. Paradojas de la vida y de la política. Como es residente en el Tardón, no es tan raro que la investidura de Susana Díaz haya acabado en salve rociera más de 80 días después de la elecciones del 22M. Phileas Fogg tardó menos en dar la vuelta al mundo. Susana Díaz va sobradita también de semiótica. Y de guasa. Pedro Sánchez se llevó todas su vocales a comer con Pablo Iglesias. En Andalucía, la líder de Podemos no se merece ni un beso, no se vaya a pegar algo, oiga. El “abrazo cariñoso” será el método por el cual el PSOE va a dejar sin escaños a C’s. Que le pregunten a Maíllo. Diego Valderas y Marín pueden compartir algo más que pelazo. Busquen las siete diferencias entre la serie de Susana Díaz con el “tito” Juan Marín y con Teresa Rodríguez. Habemus investidura. Cuando Manuel Olmedo hace ‘clic’ en la cámara, retrata el evangelio.

Recibimiento a Juan Marín:

Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo

Recibimiento a Teresa Rodríguez:
Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo

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Sábado de Feria, bulla de Jueves Santo

Sevilla 13-04-08 Portada de Feria Apagandose Foto: Manuel Olmedo

La portada de la Feria. Todos los derechos (e incluso los zurdos) de Manuel Olmedo: http://manuelolmedofotografo.blogspot.com.es/

El flúor no mata a las bacterias, esos microorganismos capaces de romper la parte más dura del cuerpo humano, pero refuerza el esmalte. La Feria de Abril no mata la tristeza y el tedio de los días, pero refuerza las ganas de vivir. El sábado de Feria, día de San Constantino –el emperador romano que legalizó el cristianismo en el 313, capicúa– miles de personas recorrieron la avenida de Juan Pablo II camino del milagro pagano de la alegría, en la jornada, con diferencia, de más afluencia de público y con más carruajes por el Real este año.

A la misma hora en que Zacarías Mateos, «titulado en rayos x», recorría el puente del Generalísimo con paso militar para escribir su evangelio de cada año por sevillanas y acabar escuchando por la noche a alguna voz amiga decir «Zacarías, levántate y anda para casa», Francisco Javier Rodríguez, peluquero, barbero, para los más viejos del lugar, se percató de que estaba sin cuchillas de afeitar en casa mientras se limpiaba los dientes con un dentífrico blanqueador con flúor y se arreglaba para recoger a su novia, Sonia, que vive en Gelves y estrena –por fin el tiempo lo permite– el traje de flamenca que le ha hecho su madre inspirándose en el Simof.

Cuando Javi encontró a Mari, su suegra, ya iba con bulla porque había quedado sin éxito con un vecino, Rafael, para ir juntos al Real de Los Remedios, pero se pensó si decirle, otra vez –suegra no hay más que una–, lo bonito que es el traje de gitana que le ha hecho a su hija.

A esa hora, «bulla» ya resultaba un sustantivo inadecuado para describir la cantidad de personas que había en la Feria. A esa hora, 14:41, capicúa, los puentes de Sevilla eran ríos de gente y el recinto ferial quince calles Resolana el jueves de «Madrugá», pero con el nombre de toreros señeros.

A esa hora, Zacarías –que trabaja en una ortopedia en Córdoba, en la que no venden corazones de respuesto para cuando le duele la querencia de sus raíces–, Javi –que anda «de gestorías» arreglando papeles para regalar una oportunidad en el primer mundo y que una peluquera argentina cambie el Río de La Plata por lo que queda del oro del Guadalquivir– y su vecino Rafael –que procura sacar la cabeza por encima del manantial oscuro del euríbor para no ahogarse en los números rojos– ya parafraseaban en la Feria, conociéndose pero sin encontrarse, a Díaz-Cañabate en «Historia de una taberna»: «No entran las desgracias; entran los desgraciados».

Una panorámica aérea del Real de Los Remedios demostraría que ayer todo el mundo estaba allí. Este año, la Feria ganó a la playa. Eduardo Dávila Miura y familia tomando una tapa bajo la pañoleta de una caseta. Cientos de flamencas, con el blanco nuclear y el moreno uva como estampa más repetida de la temporada ferial primavera-Rocío 2008. Hasta Mickey Mouse, Goofy y Winnie the Pooh estaban en las esquinas de cada calle vendiendo flores y recuerdos.

También se veía a algún sevillanito que a las patillas a lo Curro Jiménez le sumó el tupé a lo Elvis Presley. El que no se sabe si viene o si va, no porque sea gallego, sino porque va «listo (de) fino». El sevillano que alaba las bondades de los zapatos Pikolinos en el itinerario de la avenida de Las Razas a la Feria, donde caben todas las etnias. Alguna mujer oriental, con menos suerte que los dibujos de Disney, a la que se le saltaban las lágrimas junto a los puestos de gofres de la calle del Infierno porque varios agentes nacionales, cumpliendo con su deber con la cabeza gacha y salvando a los ciudadanos de un gran peligro, requisaban su caja de cartón con flores de plástico, como algunas conciencias.

Hasta indios había en el Real. Tocando música, junto a la portada del Costurero de la Reina; y en plan «mimo» -«échale una moneda al Jerónimo y verás el salto que pega», advertía una señora– entre las calles Chicuelo y Bombita.

La Feria, después de la semiclausura por el tiempo, se doctoró en el arte de la bulla y la multiplicación del espacio de la caseta, el vino, los panes y el «pescaíto». Por fin, las únicas gabardinas las llevaban las gambas y el Real, todo el día, volvió a ser ese espectáculo vital intrascendente en el que trascienden las vivencias para que, en estos tiempos de ansiolíticos, antidepresivos y gente narcotizada, lo que tenga que doler, duela, y los ratos de alegría se recuerden todo el año.

Alumbrao’ tardío

10 de Abril de 2008. RAUL CARO. ambiente feria

Fotografía de Raúl Caro: http://www.raulcaro.com/

La Feria de Abril conoce «el principio de la espera», el mismo que aplicaba con esmero Norma Jean a la vida. A Marilyn le gustaba llegar tarde para sentirse querida y deseada. La fiesta este año ha comenzado, pero no ha llegado. Empezó a llegar ayer, con los primeros resquicios de luz entre las nubes y el paso de la alerta naranja a la alerta amarilla. Los colores de la portada del Costurero de la Reina. Y, por fin, llega hoy, con la disminución del porcentaje de probabilidades de precipitaciones a un 15 por ciento y la ausencia de avisos.

El epicentro efímero de Sevilla, el Real de Los Remedios, recibió ayer tarde a miles de personas expectantes y esperanzadas en relegar a un rincón sombrío al que hasta ahora ha sido el acompañante más repetido de los visitantes: el paraguas. El cochero de caballo con impermeable y la gitana resguardada con las enaguas en mano son las estampas más repetidas de la primera mitad de la celebración de 2008. Los percances en La Real Maestranza pugnaron con la climatología como tema principal de conversación.

Este fin de semana, final de fiesta, principio pragmático de Feria, se espera que el sol se cuele entre las calles con nombre de torero. Entonces, el chubasquero dejará paso a las gafas de sol y, después, la alegría exultante a la resaca y la melancolía, que son la misma cosa aplicada a lo físico y a lo psicológico, es decir, según la RAE, una «tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada». Menos en la certeza de que el año que viene hay otra Feria de Abril.

Entretanto, la diversión se guarda en las casetas, al tiempo que los feriantes se resguardan del mal tiempo en ellas. Dentro de los módulos -una vez salvado el barro contra el que los retenes de Emasesa y Lipasam trabajan de forma coordinada para evitar grandes acumulaciones de agua–, se mantiene el baile, las sevillanas, el vino fino, la manzanilla, el rebujito. Con los pies, en principio, algo mojados, pero igual. Y la gente se acerca al Real de forma intermitente, aprovechando las treguas que ofrecen los nubarrones entre chaparrón y chaparrón.

La reducción de la afluencia de público está repercutiendo también en el número de incidentes registrados. Según el director de Área de la Delegación de Fiestas Mayores, Carlos García Lara, las incidencias en el recinto ferial son «mínimas» pasado el meridiano de la celebración.

Los datos de la jornada del miércoles de Feria se resumen en un importante incremento en el número de carruajes por la leve mejora del tiempo; once detenidos, entre la Policía Local y el Cuerpo Nacional; y la intervención policial en 29 reyertas, según la información facilitada por el Centro de Coordinación Operativa (Cecop).

La Guardia Civil de Tráfico, por otra parte, intervino en un accidente de un camión en la SE-30 a primera hora del día que tuvo como consecuencia un herido leve y retenciones en el tráfico. En el entorno de la Feria, se realizaron un total de 118 asistencias de la Benemérita.

Más cifras
El Servicio de Emergencias Sanitarias 061 y la Cruz Roja protagonizaron un total de 114 intervenciones, el 40 por ciento por intoxicaciones etílicas. Emergencias 112 atendió, por su parte, otras 114 llamadas en el área del recinto ferial. Lipasam recogió 131.480 kilogramos de residuos y 3.400 litros de aceite usado en el Real de Los Remedios. Tussam transportó a la Feria a 82.235 personas. Desde el «alumbrao», Transportes Urbanos de Sevilla ha contabilizado 204.723 viajeros. La intervención del servicio de Bomberos impidió que los toldos de las estructuras metálicas de varias casetas se desprendieran. En síntesis, tan sólo un par de los módulos han sufrido daños «por el viento que sopla del Suroeste», que, visto así, con el balance de la Feria y tres corridas suspendidas en La Maestranza, parece cosa de la Bruja Mala del Este del Mago de Oz. Hoy el viento vendrá del Sur y del Noroeste. Mañana, del norte. Calma chicha.

Más allá de las coordenadas espaciales, la pasión siempre ha sido la brújula más sensata de los sevillanos, la que los orienta hasta el Real, independientemente del agua que cae del cielo. «Quien me frene, no me quiere», parece decir el personal a las inclemencias meteorológicas en esta Feria de Abril, bautizada ya por algunos como la de las ganas de… más Feria, pero sin paraguas y con más gitanas por las calles. Por eso, los feriantes repiten la letanía de «al mal tiempo, buena cara» y de «a partir del viernes, algo de sol». «Alumbrao» tardío.

Joyce brinda con Murphy en el Real

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La Feria de los 18 años de la Expo -en la que Curro, el pájaro-mascota, se hizo mayor de edad- sobrepasó su ecuador en pleno alegato a la ley de Murphy y homenaje al factor 15%, que eran las probabilidades de lluvia. Como en el Real casi nada es lo que parece, si hay alerta amarilla, caen cuatro gotas. Si se anuncia sol, amanece con chuzos de punta y el sol juega al escondite entre las nubes, pero deja 25 grados a la sombra dando razón a quien reivindica la apócrifa calle de Morenito de Maracay.

Del día de la Tierra se pasó al día del libro. Y como aquí casi nada es lo que parece, en el Real la tierra es albero de Alcalá de Guadaíra y se sabe que llamar Tierra a un planeta con tres cuartas partes de agua es como ascender a vino al rebujito, con tres cuartas partes de refresco. Por la misma regla de tres o sevillana de cuatro partes, la fiesta del libro se vivió como el día del «como libro mañana, hoy también me he pasado por la caseta». El autor más citado fue James Joyce: «¿Eres abstemio total? No tomo nada entre bebidas». Viaje lisérgico en el Real.

Desde hoy, las gentes de allende la capital toman la Feria y el AVE –que también cumple años y 50 millones de viajeros– se convierte en una avenida de Madrid que desemboca en Los Remedios, previa parada en Santa Justa. Castellana, bocacalle de Asunción.

Murphy, más allá del axioma de la tostada que cae por el lado del jamón y el aceite –note la Junta de Andalucía la defensa de los productos autóctonos; para la publicidad, contactar con Mario Duvisón–, podría empadronarse en Sevilla. Habrá quien hable de ombliguismo, pero que explique, si no, cómo es posible que el año en que una réplica del monoplano de Louis Bériot que hace un siglo salió de Tablada preside la portada, una gran nube negra cierre los cielos; al punto que en Ignacio Sánchez Mejías 101, «a las cinco de la tarde», recordaban cómo –en palabras de Pablo Cao, cuatros años, de corto y armado con un Magnum de chocolate blanco en una mano y un pompero en la otra– la noche de «la fiesta del ‘pescao’» una islandesa salió bautizada como «la niña del volcán». La susodicha tiene más de 60 primaveras y su marido se llama algo así como Marrinson, pero allí –una de guasa sevillana; marchando– le llaman «Mariconson». El tipo, como ni entiende nada ni falta que le hace, sonríe.

La caseta del «Centroban» se compone de empleados del antiguo Central, del Hispano y el Santander. Preludio ferial de las fusiones. Cuando Manolo Cao entró en el banco «en el 63, la caseta ya existía» y la montaban ellos mismos. De ahí proceden letristas como Manolo Garrido – «Las sevillanas del adiós»– y Manuel García Gutiérrez, que enseñó a la mamá de Pablo, Sale, a bailar sevillanas y componía a «Los Giraldillos». Dori Barrantes, la abuela de Pablo, compone con maestría los trajes a sus hijas: Rocío y María Ángeles; y a María del Mar, la novia de su hijo José María. Falta Manuel, pero está Dani, que viene de Oviedo cada año para la Feria, aunque sus amigos asturianos, cuando se acercan a las mujeres, se queden mirando la flor y se pierdan lo mejor de la gitana. La sensualidad hecha lunar. «Se ve que en Oviedo no hay Feria». En Córdoba sí, por eso Inma Guil Luna recuerda por teléfono, desde el trabajo: «Ponte guapetona y no vayas a olvidar la flor». «Sombra aquí, sombra allá» ante el espejo, y a la Feria.

Dice la ciencia que los elefantes pueden reconocerse a sí mismos ante el espejo. Los sevillanos no saben reconocerse fuera del espejo de las Fiestas de la Primavera. Ombliguismo. Nepotismo. «Sevilla tiene un color especial». Narciso ante su reflejo en el río. El tiempo detenido en esta ciudad vieja y cínica, arrogante, intacta, etérea. Igual que una pompa de jabón que permanece en la memoria como una niñez perdida y mañana estalla.

El Real se hace mito borgiano (o Vitruvio en la Feria de Abril y Mayo)

vitruvio1El presente es tan poderoso en el recinto ferial que el pasado se ha perdido y, a veces, hasta se prende en una hoguera con las reputaciones. «La hoguera de las vanidades» reinventada. La portada de la Feria encendida.

Recorrer y sobrepasar el ecuador de la fiesta es hablar de excesos, del millón de visitantes, de calles con nombre de torero señero repletas de gente y casetas desbordadas de personas. El jueves de Feria -este año más aún por la celebración adelantada-se encuentran el que va y el que viene. El sevillano y el de fuera. Feriantes todos que hoy celebran su particular resaca en «la festividad del paro» -la jornada en rojo «robada» al calendario- y se toman «el trabajo» de volver al Real el 1º de Mayo, «que es fiesta».

El Ayuntamiento habla de que se están superando todas las cifras desde hace nueve años. Estas jornadas, el Real de Los Remedios se confunde con «el Aleph», el mito borgiano donde todos los acontecimientos del universo suceden en el mismo punto. Una Feria con atributos divinos, unicidad y omnipresencia, porque está presente en toda la ciudad. El centro está vacío. En Santo Domingo de la Calzada, no hay «señoras de la noche». Y no cabe más gente en las bocas del metro, que vomitan volantes cada cuatro minutos mal contados. Hay, incluso, quien habla del «mediometro», porque «el cacharrito no da la talla». O «del paraíto», no porque sea una infraestructura tímida, sino porque no hay semana que no eche «un ratito estropeado». El metro y «el gañote», figuras indiscutibles de la Feria de la crisis, en la que por olvido de la histeria de la Memoria Histórica, «El Bombita», con nombre tan bélico, aún conserva su calle en el Real. Rezan los taurinos para que ningún Bardem se haga torero.

Una caseta necesita 300 metros de estructura tubular y 250.000 acopladores para fijar los elementos. Aparte están otros tantos «acopladores». En este caso, los que cantan copla, que en la Feria se llaman sevillanas y tienen cuatro partes. La efímera sinfonía de la que sólo queda el eco de unas palmas, la guitarras, el taconeo. Cruce y vuelta. El vuelo de los volantes. Unos ojos negros. Porque es más sensual un escote de lunares que el semidesnudo de la samba brasileña. «Pero también me vale», que diría Silvio, el rockero. (Y el articulista, amén).

El origen de la salida de las cofradías está en Milán, en 1576. Una peste hizo al Papa sacar los santos a la calle. El génesis de la Feria de Abril está en 1847, en la feria del ganado. Con la peste de estos días, la nueva gripe, andan en el mexicano de Asunción «pelín mosca» y, con tanta bulla, al que ambienta no le sale la voz para su habitual cantar de Rolando, que así se llama el hombre.

En Pascual Márquez, 109, se arranca José Manuel Soto, náufrago de la Feria, mientras Sara Arguijo, con su traje de flamenca rosa, se echa un rebujito entre el bullicio de la caseta de «Los del 907», disimuladamente. La pantera rosa por sevillanas. Igual que los zahoríes saben encontrar el agua, el feriante sabe encontrar el fino.

En Sánchez Mejías, 50, en «Los Palillos», Patricia Godino estrena traje con el afán de sorprender a Juanito de la Huerga, aficionado a, «en llegando a cierto punto de la noche», hacerse con algún artilugio de ésos -flores o espadas luminiscentes- que venden los chinos, inventores de la brújula, la pólvora y la imprenta.

En la caseta de la Asociación de la Prensa, heredera de Gutemberg y «el chinaje», se hunde el tablao mientras bailan sevillanas. Metáfora de «la que está cayendo» en el sector y en el país y «lo que te rondaré morena».

En el Renacimiento, hoy sería la fiesta del «tripalium», que así se llamaba el trabajo y también un instrumento de tortura. El sevillano, que sabe latín, en Feria muta en hombre vitruviano, capaz de la cuadratura del círculo; de multiplicar el tiempo y las fuerzas para la fiesta y el trabajo. Ocio y negocio (nec-otium) unidos. El Renacimiento en Los Remedios. El feriante no acaba de morir y renace de los alberos de la Feria. Hoy y mañana y pasado sigue la fiesta. Renacer ferial. El domingo, fuegos. Y cenizas.

Elogio de la croqueta en crisis creciente

Anda la luna en cuarto creciente, como la cola del paro y la crisis, y en el cielo dibuja como una sonrisa irónica, de medio «lao», como la del Gato de Cheshire de «Alicia en el país de las maravillas». La Feria se encamina a su punto álgido. Entre hoy y mañana, el recinto ferial alcanzará la cifra «mágica» del millón de visitantes. Casi tantos como desempleados en Andalucía, como si cada uno de los «hijos de la crisis» -que así titularía ahora Triana sus «Hijos del agobio»- se diera una vuelta por el Real, devolviendo la sonrisa burlona a la luna turca.

La crisis más que en sueño escrito con la tinta de luz de Lewis Carroll deviene en pesadilla escrita con números rojos. Porque «la cosa está mu’ mala». Que se lo digan a Francisco García, que antes de ir al «alumbrao» recibió la llamada, para mandarlo al paro, de unos señores con «apellidos de hermano mayor de cofradía rancia» e igual abolengo. Tan rancios, que, como los números de la crisis, apestan a pescado podrido.

O que se lo digan a Julio Muñoz, que después de recorrerse el planeta entero, de ver las puestas de sol del desierto de Kenia o bañarse en las aguas del Mar Muerto en busca de los «andaluces que hay por el mundo», la noche del «pescaíto» se sintió «muertito» en «los Madriles» a los que ha emigrado «por el amor de una niña rubia» y buscó la querencia de su tierra.

Cada noche de Feria, Julio «se disfraza» de flamenco, coloca su bonsái «con pinta de naranjo» -al que llama «Daglas, Michael» porque «quiere ser como su padre: Duglas, Kirk»- junto al portátil en el que ve imágenes de la Feria de Abril tomando fino. Milagro pagano de San Patricio mediante, la crisis se olvida y «hasta el bar de la esquina se convierte en una caseta de distrito, entrada libre». La caseta 1.048 está a medio millar de kilómetros del Real.

Si estuvo junto a su portátil el miércoles de Feria a mediodía, Julio pudo ver a Pascual González -cantor de Híspalis, que lo mismo vale para un pregón de Semana Santa que para una presentación televisiva y a quien los viandantes confunden con Pascual Márquez, torero- entrevistando al «alcalde de Triana», Alberto Moriña. Caseta municipal, plató abierto. Alimentos de Mercasevilla, maletines cerrados.

Precisamente en Triana, se han repartido carteles por los comercios en los que «se prohíbe hablar de la cosa». 135 euros vale un aparcamiento fijo en el Real. Entre 2,5 y 6 euros, «los cacharritos». Entre 8 y 12, la jarra de rebujito. Entre 0,80 y 1,30, el viaje en metro, el «cacharrito» con más demanda, con colas de una hora. 1,5 euros, la botellita chica de agua. Entre 12 y 16 euros, el plato de jamón. Cómo está «la cosa de mala» que, aunque los precios se han congelado respecto al año anterior, las estrellas de la barra son la tortilla de patatas y las croquetas, que, según dice Inma Izquierdo, feriante de la caseta del «Emperaó», antigua “el Musulmén”, «dignifican los eventos». Elogio de la croqueta en crisis y cuarto creciente.

Parecida afluencia, pero menos gasto. Menos carruajes, más espacio. Una situación económica que altera «el orden lógico de los yogures» -expresión acuñada por Adrián González, feriante de Las Pajanosas, de los de “a ver si nos vemos en el Real”-, dejando las neveras, las carteras y las cuentas corrientes vacías. Unos números que dejan también sensación de final de un tiempo, de crónica de despedida. Pese a ello, la Feria sobrevive a ella misma y, aparentemente, a la crisis, mientras la luna sigue con su sonrisa burlona de «medio lao». Aún quedan cuatro días de Feria. Incontables de crisis. Entretanto, como dicen por el Real, «que nos quiten lo bailao’» y como deja escrito Luis Márquez en el «feisbuk» antes de irse «a vivir a la Feria»: «En un descuido, crearemos universos». Fiesta creciente, bolsillos menguantes.

El hotel de los toreros se viste de luces

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El antiguo Majestic de Sevilla, por Mari Paz Soler.

Un día Catherine Deneuve guiñó un ojo a Cándido y otro al tiempo en el Hotel Colón de Sevilla llevando a su máxima expresión el concepto «comunicación no verbal», parando los minuteros y los segunderos de los relojes y los sístoles y diástoles de los corazones, desde la moqueta que conducía al ascensor. Deneuve ascendió a su habitación y José Cándido Remujo -conserje del hotel, licenciado en «mundología» por la escuela de los días y la orden de las llaves en la solapa– comprendió que otro cliente –y «qué cliente»– quedaba satisfecho. Así viene sucediendo desde 1929. Así seguirá siendo de nuevo a partir de la primavera de 2008, cuando el Colón reabra sus puertas tras ocho meses de reforma, de simbólico embarazo prematuro para dar a luz el segundo hotel de gran lujo de la ciudad, junto al Alfonso XIII. Desde el 1 de julio, el hotel de los toreros se viste de luces.

«El Colón no es un hotel cualquiera», explica Javier Tenza, gerente del complejo. «Es más importante el nombre que las estrellas. La idea es incrementar el segmento gran lujo». Para ello, el Colón pasará de las actuales 218 habitaciones a 189, con 39 suites, «manteniendo la esencia y la idiosincrasia del establecimiento». Un estilo propio ligado de forma indeleble a lo taurino, como «punto de reunión de ganaderos, apoderados y toreros». «El Colón tiene vida propia de la mano de la Feria de Abril y supone un enclave estratégico en la ciudad», cuenta Tenza, llegado desde México hace tres años, tras hacer escala profesional en Madrid, Barcelona y Caracas desde su Baleares natal, que el camino más corto de Palma a la ciudad de la avenida de la Palmera pasa por el Hotel Colón. «Va a ser el mejor alojamiento de la cadena Sol Meliá y, seguro, el mejor de la Andalucía urbana». La idea es «romper con todo», hacer un hotel «moderno y práctico sin caer en el minimalismo», explica el gerente. Otro de los objetivos es «convertir el hall en punto de encuentro de la sociedad sevillana, como antes».

Antes, el Hotel Colón se llamaba Majestic, cuenta Paco, 36 años en la casa, 14 como responsable de barra de La Tasca de El Burladero, paso previo hasta la reforma de 1985 por el restaurante. El Majestic nació de la mano de la Exposición Iberoamericana de 1929. Tras la Guerra Civil, Timoteo Torres y su hijo Pedro «se lo quedaron» y «compraron el patio de la Iglesia de la Magdalena». Durante la guerra, el Majestic fue sede de las tropas italianas. «En esa época sí se ganaba dinero. Salían 100 soldados y volvían 40». El hotel gana, como la banca. Se acabó la contienda y el establecimiento se rebautizó como Hotel Colón, que eso de Majestic quedaba «demasiado de fuera, demasiado de la República». Después vino la reforma de Detursa, la compra por parte de Tryp y, posteriormente, Meliá asumió el negocio.

Paco –que es uno de los 65 trabajadores fijos, aparte de los 20 discontinuos, para los que se ha acordado un expediente de regulación– entró como aprendiz con 16 años. Cuenta que la mejor época que recuerda fue «hace 21 años, con la reinauguración». «¿Vivencias? Infinitas, pero eso es mío». Durante estos ocho meses, Paco piensa operarse por fin los ojos, cansados del paso de los días tras el burladero de la barra. «Veo menos que Paquirri boca abajo».

Abriendo la puerta a la historia
A Paquirri y a la mayoría de las personas que han marcado la «intrahistoria» del Colón les ha abierto la puerta Juan José Sosa desde enero de 1973, que contaba 13 años y entró en plantilla como mozo. Entonces trabajaba de 16:00 a 00:00 porque «no tenía el tríptico de menores» al no cumplir los 14 años legales para trabajar hasta el 14 de octubre, «que también nació una ilusión» como dice el himno del Centenario del Sevilla. Juan José es bético y ese día lo que nació para él fue «la posibilidad de ganarse las papas». Trabajó como botones; pasó a El Burladero hasta que entró en el ejército; después trabajó en el economato del hotel, hasta que en 1987 comenzó a trabajar como portero. Y ahí sigue, en la puerta, donde vio pasar a Felipe González, a Lola Flores, Montserrat Caballé, Peter O’Toole, Ernest Hemingway, Ava Gardner, los Príncipes de Asturias o la madre del Rey, Doña María de las Mercedes, «que le encantaban las cabrillas de Camacho». Juan José, a sus 47 años, lleva tantas reformas como copas de la UEFA el Sevilla y se muestra dispuesto a estar en «la tercera reforma» del hotel que nació con la Segunda República.

La vista en el horizonte
Un día regaló a Arturo Pérez Reverte una insignia de solapa con dos llaves doradas y el de Cartagena le correspondió con un artículo. José Cándido Remujo cumple a «rajatabla» la máxima de «es de bien nacidos ser agradecidos» y no para de nombrar a su «maestro», «uno de los grandes conserjes de la historia de España», Gaspar García, manteniendo siempre, en palabras del académico, la «sutil distancia entre servilismo y profesionalidad», como el conserje Grüber del Club Dumas.

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Cándido Remujo, por Mari Paz Soler.

Cándido es uno de tantos hijos de la inmigración. Lleva 20 de sus 42 años en el Colón. Regresó de Alemania en el 79, con la recién nacida democracia y con mayoría relativa en el Congreso y absoluta en el Senado de la UCD. De los «tiempos difíciles» lejos de la tierra, conserva el «rédito» de los idiomas. «Cada día es un reto». «Atendemos las necesidades del cliente, que, en ocasiones pide las cosas más variopintas», explica. Desde una pedida de mano en la ruinas de Itálica con mensaje en avioneta incluido a las gestiones para un viaje Sevilla-Málaga en jet privado. El Colón se viste de luces y se lava la cara, pero dentro de ocho meses, la bienvenida será la misma: «¿Puedo ayudarle en algo?». A veces, por ello, Catherine Deneuve en vez de gracias, guiña un ojo y detiene el tiempo.