Última hora (para morir matando)

La última hora de hace un rato decía que han muerto dos periodistas franceses que estaban raptados en Malí. En Sevilla, 53 profesionales de la comunicación llevan varios años secuestrados y, pese a todo, con las agallas y la suprema dignidad –para entendernos, los huevos del caballo de Espartero- de arrancarse la mordaza de la boca y gritar y seguir contando las verdades del barquero, la información de la comunidad, la ciudad, la provincia; el horóscopo del día, la cartelera; la última derrota del Betis. Informando y defendiendo su empleo. La SER y El País se han hecho eco. Inma Carretero y Carlos Mármol lo cuentan mejor que yo.

El que más y el que menos habrá visto sus nombres –últimamente no firman como protesta por el impago de varios salarios y pagas tras unos recortes que ríase usted de Robespierre y la guillotina-, dando la cara en cada noticia, en cada pieza, en cada plaza. Igual no los conocen ni les ponen cara porque los buenos profesionales suelen ser poco amigos de salir en la foto. Pero yo sí los conozco. He reído, he llorado, he amado, he contado, me he comido broncas y madrugadas en vela y cenas junto a un teclado, he cantado goles y algún Roland Garrós y hasta el Tour de Francia, con ellos. Son de la familia, han sido raptados y llevan meses sobreviviendo sin cobrar, sin saber para quién trabajan, sin director, en un limbo jurídico en el que apenas caben tres opciones: irse con una mano delante y otras detrás, meterle fuego a la empresa o postularse para la próxima beatificación papal trabajando a razón de unas 10-14 horas diarias sin ver un duro con el que comer y pagar el techo bajo el que vives y el pan de tus hijos con estoicismo y profesionalidad para sacar temas, preguntar y repreguntar en cada rueda de prensa y rendir un velado homenaje a Nacho Cano (más teclados que manos) cada jornada. Su puta madre, “el fallo positivo”. Los trabajadores de El Correo de Andalucía –el periódico lo fundó un cardenal- han optado por la santidad. Gandhi, en estas circunstancias, probablemente, hubiera reinventado el concepto “mechero y bidón de gasolina”. “Naturaleza muerta” la versionó Jose. (“Y llorar y llorar y llorar, por él. Y esperar, y esperar, y esperar, por él”).

 

Los que están y los que se fueron o se tuvieron que ir. Iria Comesaña, (Inma Carretero), Dani Cela, (Isabel Atencia), Luis A. Lastra, (Javi Alonso), (Juan Carlos Blanco), (Carmen Rengel), Isabel Morillo, (José Manuel Cabello), (Antonio Acedo), Pepe Gómez Palas, Juan Contreras, Juan Rubio, Isabel Campanario… son el presente de 115 años de historia del periódico decano de la capital de Andalucía. Y eso (y el trabajo incontestable de 53 profesionales –y de los que se fueron-), como poco, merece un respeto que ni los pseudoempresarios, ni los políticos que hacen enjuagues con pseudoempresarios le han tenido ni antes ni ahora, mirando para otro lado mientras un chatarrero con ínfulas y sin oleoducto encarga a un Luis Oliver de la vida con distinto apellido que despelleje y entierre el cuerpo sin pagar siquiera los gastos del sepelio. Por un euro. En Infojobs aparece estos días una oferta de trabajo como “envasador de tripas”. Los trabajadores de El Correo, desgraciadamente, pueden poner en el CV que tienen experiencia sobrada en la materia. “De tripas, corazón” le pueden poner de nombre a este postgrado vital. El Correo no se muere, a El Correo lo están matando. Sin eutanasia, a dentelladas.

el correo

El presente navega tan rápido que ya se ha extinguido, en estos tiempos en los que los derechos ganados a sangre (también los laborales) tienen la querencia de la pelusa de polvo: no moverse bajo la cama o de un sucio y lúgubre rincón donde sobrevivimos, no vaya a ser que encima nos barran. La última hora de hace un rato, con sus periodistas franceses muertos en Malí, ya es pasado. Estar en conocimiento de un delito como un secuestro y no actuar también es delito y en el caso de un diario fundado por un cura no tendría más que nunca, si cabe, perdón de dios. Los trabajadores secuestrados de El Correo de Andalucía se concentran este lunes 4 de noviembre a las 12:00 en Plaza Nueva y arrancan varios días de huelga. El corredor de la muerte es tanto o más cruel que la ejecución. Recordatorio: los crímenes prescriben antes que las heridas.

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