Me colé en una fiesta (no puedo vivir sin ti)

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Yo llegué tarde. A este oficio que se extingue y a esta raza de intemperies que es el periodismo. Me colé en la fiesta, en el oficio – preguntándome mil y una veces “qué carajo hago aquí, con lo tranquilo que estaría si le hubiera hecho caso a mi madre y hubiera estudiado magisterio”- y me colé en el “diario que siempre has querido”. El mismo periódico que al que más y al que menos no le devolvió el cariño que le profesó. Quizás, por eso, lo queremos tanto. Y porque, el que más y el que menos, literalmente, lo ha parido de las entrañas, que es donde decían los griegos que está el alma. (Para las cuentas, los números y los contratos, están los buitres con sus largos apellidos y sus cortas miras, ésos que poco o nada saben del cariño y la pasión y subsisten con sucedáneos). Cuando llegamos, llevábamos los años. Ahora, los años nos llevan a nosotros. Al que más y al que menos. Esperando, en palabras de Santa Teresa, “una muerte tan escondida que no te sienta morir”, con la frase, que es oración, de Ernesto Hemingway tatuada en el brazo izquierdo: “El periodismo es la profesión más bonita del mundo… si se deja a tiempo”. Y ahí seguimos. El que más y el que menos. Con dos cojones. Sigue leyendo

Mambrú se fue a la guerra

En pleno siglo XXI, hace tiempo que Mambrú olvidó sus intenciones de ir a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena. En pleno siglo XXI, Mambrú, que sigue siendo negro y teniendo hambre, observa sus sueños en tecnicolor en la caja tonta y sueña que, algún día, si no él, sus hijos tendrán derecho a tener sueños y a cantar canciones que hagan olvidar el dolor y la pena. Miles de personas, hijos del hambre y llegados del sur del sur, escriben a diario la historia de la vergüenza de Occidente, una historia que ningún muro, mar o alambrada puede esconder. Miles de personas parten de sus casas y de un lugar al que llaman patria en busca de un mañana mejor, ignorando eso que en cada libro clama Eduardo Galeano: que los nadie valen menos que la bala que los mata.

Sólo en la medianoche del sábado, 700 inmigrantes desaparecieron tras hundirse su barco en aguas libias. El horror no entiende de tiempos pero tiene su cronología. Hace una década 158 inmigrantes fueron rescatados camino de Gran Canaria y Tenerife. Viajaban en pateras o en cayucos. Ciento cincuenta y ocho almas, entonces; 700, ahora, perdidas en la inmensidad del océano entonando el poema de Machado como un triste son funerario. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. “Se hace camino al andar y al volver la vista atrás” el sendero deja un rastro de sangre, muerte e injusticia. Y un día de estos el hedor será tal que se hará insoportable, instalados como estamos en una cómoda estancia con vistas al norte, de espaldas a la realidad. Un día de estos, más pronto que tarde, el sur y sus gentes recobrarán el lugar que les ha sido robado con yugos en forma de deuda externa porque las leyes de extranjería jamás detendrán lo que el hambre y la miseria empujan; porque el mundo y los países no son de nadie; porque los sueños no entienden de fronteras.

Lampedusa hace tiempo que no remite al Gatopardo sino a una muerte con vistas a Sicilia. Desde el desierto, contaba un amigo reportero -huérfano de abrazos- que en la noche africana trae el viento el son de una canción que, probablemente, según cree él, cantan los huérfanos de pan. La melodía se le corresponde con el “Mambrú se fue a la guerra”, que entonaban los abuelos que fueron niños en los años de la guerra. En estos días de periódicos con tanta patera perdida y tanto náufrago de sal tiritando de hipotermia existencial, es nuestra conciencia de niño la que vuelve a gritar como entonces: qué dolor, qué dolor, qué pena.