«Maracaibo tal vez», democracia quizás

“La sangre de Carlos José Moreno (17 años) está en tus manos Maduro. Cobarde”. El tuit es de Alejandro Sanz, la referencia temporal es ahora y el contexto espacial, Venezuela. La historia de «Maracaibo tal vez» (Samarcanda) arranca con un robo en el aeropuerto de Caracas. El protagonista es el editor Juan Galván, que viaja hacia el Festival de Poesía de la ciudad. De pronto #todossomosjuangalvan se convierte en trending topic en Venezuela en plena escalada de violencia entre Gobierno y oposición. La batalla se traslada a las redes, ante el vacío informativo. La novela une varias voces, arrancando con la del propio Galván y acompañado en la narración por la periodista Nadezka Álvarez y Perozo, miembro de los servicios de inteligencia. El muro de Twitter se convierte en el cuarto personaje. ¿Quién es Juan Galván? ¿Existe en realidad? ¿Qué ha venido a hacer? Tras estas preguntas, Miguel Ruiz Poó se adentra en la comprensión de lo que realmente está sucediendo en Venezuela.

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“Tengan cuidado ahí fuera”

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Juanma Moreno, séptimo presidente de la Junta de Andalucía, sexto sin contar el período preautonómico. Foto de la cuenta personal del Twitter de @JuanMa_Moreno

En el intervalo de tiempo que arquea dos veces la ceja izquierda, Arenas -al que le dan la enhorabuena a la entrada, como a los suegros en las bodas- ya ha ubicado a todo el espectro parlamentario, ujieres incluidos y hasta a Sor Úrsula, el fantasma del antiguo Hospital de las Cinco Llagas. También a los periodistas. “Te había visto fuera y no nos hemos saludado”, señala, entre la advertencia y el halago. Arenas, de hecho, es un maestro en el arte del mantener el equilibrio entre el palo y la zanahoria. “También te he visto a ti, ni lo dudes, y también sé quién eres tú (o como poco, tiene que parecer que sé quién eres tú porque aunque tú no te creas importante, o sí, para mí todo detalle es importante y, en el peor de los casos, por si acaso)”, sería la traducción libre a las freudianas maneras. Arenas, que por momentos mira al infinito de sus adentros como un matemático buscando el origen del cero, se sienta al lado de José Caballos, con trienios en el Parlamento como para llamarle John Horses y encargarle una banda sonora a Ennio Morricone. Dos cabezas privilegiadas al lado. Caballos fue quien mandó al destierro de Madrid a Susana Díaz cuando ésta todavía no tenía consejeros áulicos, áureos ni máximos que alimentaran su mesianismo. Del combate federal con Pedro Sánchez a esta parte, a Susana le pasó lo que a Cuéllar en el Betis. Se fueron o se quisieron ir -que no es lo mismo, pero es igual- y a la vuelta ya no eran los mismos a ojos de la gente porque, de hecho, no eran los mismos. Lo escribió Sabina y lo cantó mejor que nadie Ana Belén: “En Macondo comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Susana Díaz, acebrada y hermosa como una Dolorosa, entró por un lateral del Parlamento, en un principio desapercibida, a las 12 horas y 27 minutos, hablando de “responsabilidad” y presentándose como “la garantía de la defensa de la igualdad”. Dos minutos antes, a las 12:25 horas, Juanma Moreno apareció en escena, arrullado por un enjambre de medios, mostrándose “muy ilusionado” en “un día para la esperanza y la ilusión”. Cientos de personas, mujeres en su mayoría, alentadas por el PSOE, Podemos, IU, los sindicatos y colectivos sociales y hasta por el Gobierno en funciones, ya protestaban a las puertas del Parlamento contra la “dictadura patriarcal”. “No era el momento”,  señaló Moreno.

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Gran Pepón (Jurado) de las pequeñas cosas

Al principio fue Pepón, después, quizás, vino la palabra. Pero antes de todo eso, seguro, fue la música. Un poco de blues. Una marcha de Semana Santa. Un soul. Lo demás fue una derivada en un cruce de caminos como el que, dicen, engendró a Robert Johnson.

Pepón no era un hombre, es una cátedra de vida. “Soul man” con cigarrillos Celtas en el bolsillo de una camisa de formas imposibles. No es que Pepón fuera retro, es que, como los grandes clásicos, era atemporal. Un Expediente-X al que aferrarse gravitando por quién sabe qué constelación. Casi dos metros de tío dotado con la empatía rudimentaria de nuestros primos los macacos, que se dice pronto, en una jungla de asfalto y ojana; y con “la intelijensia de saber el nombre esacto de las cosas”, que ya quisiera Juan Ramón. Grande y vetusto como una farola fernandina que alumbrara con luz de gas. Tan intrahistoria es Pepón que al final se coló en la Historia. En la de Sevilla, en la de la prensa de Sevilla. Eso a él le importaba el carajo la vela. A él, tan grande y tan chico a la vez, lo que de verdad le importaba era nuestra historia, que era intra(historia) y era entre todos nosotros.

Pepón siempre estuvo ahí y el quebranto de esa certeza asoma tras el abismo de su ausencia. Y como Pepón siempre estuvo ahí, uno, que mientras él se dedicaba a tender al infinito, a orbitar sobre la Tierra misma, surcar mares, habitar tierras, explorar confines, uno no tendía más que a colgar la ropa sobre el alambre, desnudo en un oficio de sueños -casi todos ya pesadillas-; ingenuo, uno pensaba que Pepón, igual que la Giralda, como siempre estuvo ahí, en una incierta lógica, Pepón siempre iba a estar ahí también. O que aún no había nacido el forense que certificara su muerte o, más aún, que ni siquiera iba a nacer. Pero “la eternidad se hace larga, sobre todo al final” al punto de que las frases de Woody Allen no son lo mismo sin la risa de Pepón –risa peponiana-, que era como si Porky fumara tabaco negro.

Es verdad que de un tiempo a esta parte se estaban muriendo señores que no se morían nunca, es verdad; pero siquiera eso te prepara para la bofetada sin manos de la muerte. Tan callada y tan hijadeputa. Tan estruendosa en su silencio como el final de un disco de vinilo rayado. “La normalidad es una ilusión; lo que es normal para una araña es el caos para la mosca”, decía Morticia Addams‏. Esa extraña sensación que uno tiene en los sueños, que no tienen tiempo, se adueña por dentro con el recuerdo de Pepón. Por eso quizás no se puede precisar el momento exacto en que Pepón entra en la vida de uno como un ermitaño sin intención de ser encontrado‏. Pepón tenía algo de padre que juega con los niños o de hermano mayor tardío en hombre temprano. Como Mr. Propper cuando era niño, uno se lo imagina “desde pequeño rarito”. Especial, vaya. Uno imagina a Pepón de niño igual que ahora, con sus gafas, su tabaco en el bolsillo de una camisa retro, siempre por dentro, su chaleco grana sin mangas, dinámico sin dúo y sin par, sus discos de vinilo, sus maletas siempre por la casa, su pasaporte a todas partes, su bolso bandolera, su barba de madrugada en vela. Entonces, un día tropiezas con una foto de Pepón en Facebook de hace unas décadas y se confirma el axioma: Pepón siempre ha sido exactamente igual y allí está en un estudio de grabación. Con los pelos a lo afro, pero igual.

(Escribo esto con mi hijo, que nunca te pudo decir hola y sin embargo me acompañó a decirte adiós, en brazos, mientras duerme, tecleando a una mano, jugando con los dedos, mano lenta, como Eric Clapton, para no despertarlo. En realidad, llevo meses postergándolo. Te gustará saber, por cierto, que Diego duerme con Yann Tiersen y Amelie desde que nació. “Tears in Heaven”, enseñanzas de Pepón).

Pepón era por definición el anti solipsismo, que es un “palabro” que etimológicamente significa que sólo yo existo. Pepón no necesitaba apuntar palabras raras. Sencillamente, lo sabía todo. Pepón fue lo contrario del resentimiento existencial del humillado. Un tipo con la certeza de que pasaría a la historia reflejado en las pupilas de los que pasarán a la historia y que ahora da nombre –que se jodan con sus garnachas de baratillo los que quisieron echarte de allí, que se jodan bien jodidos- a la Sala de Prensa del Ayuntamiento de Sevilla. Los periodistas sabemos desde Walter Cronkite que “si algo anda como un pato y dice cuacuá, lo más probable es que sea un pato”.‏ Cuando la cosa no estaba tan clara, desde el principio de los tiempos, todos preguntábamos a Pepón, que casi siempre nos descubría un cisne o una gallina donde todos creíamos que había un pato que hacía cuacuá. «Lo maravilloso de aprender es que nadie puede arrebatárnoslo». B. B. King‏.

Coincidíamos en que “El último de la fila” es el mejor grupo de los 80 a esta parte y puede que de la historia de España. Coincidimos en que Antonio Vega no era un hombre, era un ángel. Me reprochabas –y con razón- alguna canción de Bunbury subida al Facebook. Pepón era un ser inventado, como el comisario Moretti. Como Mastropiero. A mi pesar. Crítico como Chicote en la cocina del Guirigay. Con el vértigo inmaculado y adicto a la madrugada, donde todas las noches son siempre viejas. Paciente como el que le puso el nombre a Cienpozuelos.‏ Un tipo, al fin, capaz de ordeñar las nubes y regalar mensajes “urbi et orbi”, de ánimo, de buenos días, de cómo estás, que estás perdido. Los cumpleaños sin tus canciones, ahora que los chavales empiezan a preguntarme la hora hablándome de usted, son una putada doble. En tu última carta me decías que te había gustado lo que subí del asesinato de Cariñanos, que en realidad era un reportaje de hace unos años. Me contabas anécdotas de aquella fría tarde-noche. Como dijo Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio…”, acababas.

Repasando tus mensajes también caí en uno en el que una noche me confesabas que derramaste “una lágrima de felicidad” por mí y que se te vino una “canción triste -con la que me identifico bastante- pero que, en esta ocasión, tenía un final feliz”. “De vez en cuando la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un atlas, nos pasea por las calles en volandas, y nos sentimos en buenas manos; se hace de nuestra medida, toma nuestro paso y saca un conejo de la vieja chistera y uno es feliz como un niño cuando sale de la escuela. De vez en cuando la vida toma conmigo café y está tan bonita que da gusto verla. Se suelta el pelo y me invita a salir con ella a escena. De vez en cuando la vida se nos brinda en cueros y nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas por no romper el hechizo. De vez en cuando la vida afina con el pincel: se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla. De vez en cuando Poseidón envía a la mejor de sus hijas para rescatar a Robinson porque si no existieran “náufragos de arena” habría que inventarlos”. Cada una de tus palabras, cada uno de tus recuerdos, son un tesoro, José Luis Jurado, locutor de jazz, friki de Big Bang Theory, Sheldon Cooper de Triana, fan de los análisis de Carlos Mármol –y maldita la hora en que te tuvo que dedicar una entrada-; gran Pepón de las pequeñas cosas, nacido un 13 de octubre y muerto el mismo día que Bécquer. No se puede querer más a Sevilla. “Swing” no fue sólo tu primer programa, swing – Gandalf entre hobbits, como bien define Paloma Jara- es como tú te movías por la vida, que ya lo dijo Silvio: “Hay que tener roll, rooll, hasta para llevar un paso.  Porque es la única manera de que no te pese nada”.

Sevilla es una ciudad muy religiosa pero poco espiritual. Pepón, ser vicervérsico, era poco religioso pero muy espiritual. Pepón era un incunable. Una inmensa colección de discos de vinilo, cuidada como las medias de encaje. Una muerte tan callada, que le tuvieron que poner en diferido al día siguiente.

Luto contenido, tristeza contrapuesta. Seres desalojados. Los espejos te hacen estar en ningún sitio y el cielo adquiere color mortaja. Un barranco, un precipicio que amuebla por dentro. Dennis Hopper, Peter Fonda, Easy Rider en autobús. Gino Paoli, Senza fine. El tiempo amarillea, Fernán Gómez de Ronda de Triana, y llora más el ateo que el creyente. Lisboa, cementerio dos praceres. Al de Sevilla llega la vía del viejo tranvía para el último viaje. San Jerónimo. Fuego fatuo. Pepón en realidad quiso ser negro como Lorca en sus poemas de Nueva York y cantar jazz. Manojo de respuestas, temblor de preguntas. Cabeza que fluye a la velocidad de la luz. “Larvatus prodeo”. Avanzo ocultándome. Sevilla es muchas cosas y es también “la cocina del infierno”. Pepón, que empezó lavando platos, era su voz con resquicios de ultratumba. La Macarena, en el año I d. P. (después de Pepón) llora, tan humana como nosotros, porque echa en falta en un vahído de imposibles, radiando la salida por las ondas, la caricia y el compás de tu voz.

Pd.:Le cuento a Diego, entre notas de Amelie, que fuiste feliz “como un niño cuando sale de la escuela”.

“Siete crisantemos” junto al Palacio de San Telmo

A los mitos sólo los juzga el tiempo. A Joaquín Sabina, Hijo Predilecto de madre putativa, jiennense de Madrid, madrileño de Úbeda,  lo llamó «Susana», «la tarde de febrero» que cumplió «67 tacos». «Presidenta, le dije, no me tiente, con medallas impropias de un gualtrapa, aunque si es de mi tierra y de mi gente será un honor lucirla en la solapa», recitó con  mucho arte, escasa voz y calaveras en los calcetines. «Alguna vez he dado más de lo que tengo, me han dado alguna vez más de lo que doy», cantó una vez Sabina, que sabe que «en Las Ventas se trabaja y en La Maestranza se  torea». Sabina llegó a Sevilla, recitó unos versos y cogió el AVE de vuelta a Madrid. Tiempo justo para los abrazos de Susana Díaz y selfis varios, entre ellos con el consejero de Medio Ambiente, José Fiscal, que confesaba que «Sabina ha sido siempre predilecto para mí. Desde hoy es Hijo Predilecto de toda Andalucía».

El día previo al 28F, en los fastos del PSOE en el Casino de la Exposición, Mercedes de Pablos recordaba que la consejería de Presidencia «cabía en un taxi». Treinta y seis años después, la Junta es el pesebre del 10% de la población activa andaluza De ahí, quizás, que hubiera que habilitar más alas del Teatro de la Maestranza que otros años. De ahí, por ejemplo, que se dejara ver el ex alcalde Monteseirín, flamante nuevo alto cargo a dedo de la Consejería de Salud. El titular del ramo, Aquilino Alonso, sonreía orgulloso cuando le decían, a las puertas del teatro que tres de los galardones eran para Ángel Salvatierra (especialista en trasplantes en Córdoba), Miguel Ángel Arráez (Neurocirugía en Málaga) y Medicus Mundi.

Salvatierra habló «por un quiebro de Sabina». El protocolo no entiende de mitos. Así que, bautizados como «hermanos predilectos», ambos tomaron la palabra. «No digo que sea injusto pero sí que sobrepasa mis méritos, me lo tomo como premio a los miembros del hospital», dijo Salvatierra. Habló de «un sistema sanitario que considero la joya de la corona, imperfecto pero al que todos pueden acceder y de muy alta calidad». «Hacen falta más recursos. Públicos y privados. Salud y Educación», reclamó. En «una época materialista», aludió a «la felicidad que da la entrega» con «gratitud a mis pacientes por lo que me han enseñado de la vida». Sabina bromeó sobre «la magia de Andalucía», de ahí «un hermano predilecto de tal fuste». El trovador jiennense tiró de Machado: «Estos días azules y este sol de la infancia». «Uno acepta encomiendas federales si no son desiguales y gregarias. Urge por eso, en tan inciertos días construir puentes, destruir barreras, que sea la verdiblanca la bandera de la cultura, el pan y la alegría». Señaló que «por ser buen andaluz no es necesario tocarle tantas palmas al ombligo. Mejor pasar a limpio los pecados, los ERE, la ignorancia, el desempleo. Andalucía sabe demasiado lo ingrato que es bailar con el más feo», refirió, para repasar después «el vivan las ‘‘caenas’’», «que aquí nacieron Lorca y su asesino» y «por eso a los tribunos que gobiernan les pido una patria decente, audaz, moderna, humana, justa, libre y progresista». De epitafio: «Dos versos, un cuaderno, un sacramento póstumo del mejor de los Machado, que nos dejó de noble testamento su cómo ser un andaluz honrado».

Entre el gentío, numerosos representantes de la llamada «casta»: Juanma Moreno siguió rompiendo con la tradición de Arenas de no acudir; Zoido; Antonio Sanz; Maeztu, defensor del Pueblo Andaluz, con muletas; Los del Río, cuya «Macarena» bailara Clinton; Diego Valderas, ex vicepresidente de Susana Díaz, y Juan Marín, portavoz de C’s en el Parlamento, unidos por el poderío capilar y como socios capitulares del PSOE en la Junta; los concejales Antonio Muñoz y Carmen Castreño; el ex presidente del Parlamento Torres Vela; o los consejeros de la Junta, entre ellos el actual vicepresidente, Manuel Jiménez Barrios, que al término del acto salió a fumar y a cuya pareja la Policía no dejaba volver a entrar, igual que a los concejales del pueblo de Manuel Carrasco. De los «anticasta» apenas se dejaron ver los diputados Begoña Gutiérrez y Moreno Yagüe. También, como cada 28F, «mucha, mucha Policía» –como cantó Sabina–, pendiente de la clásica manifestación a las puertas del Maestranza, que volvió a sacar en procesión a la «Santa Vagina».

Dentro del coliseo, hubo tiempo de levantar la bandera de la igualdad y, merecidamente, elevar a los altares a Alejandro Sanz, tanto por Susana Díaz –se barrunta nuevo Hijo Predilecto–, como por Sabina. Las condenas por botellas rotas en rostro de mujer son cosas del pasado, al punto que hasta la diputada y ex directora del IAM, Silvia Oñate, subrayó su talento. Parte del discurso de la presidenta sobre la importancia de los entes supramunicipales, en respuesta al pacto de Pedro Sánchez y Albert Rivera y la tentativa de supresión/cambio de nominación, debieron recordar a Sabina las que siempre ha dicho que fueron las últimas palabras de su padre -el comisario con el que se casó Adelita- en su lecho de muerte: “Ya quisiera yo saber de dónde sacan tanto dinero las diputaciones provinciales”.

La presentadora, Carmen Rodríguez, habló de un «progreso innegable» en Andalucía. Como la inercia en el autobús. Se recordó a Carlos Cano  un par de ocasiones, con los acordes de «La verdiblanca». En la antesala de las Medallas, la fiesta del PSOE a la que no invitaron a Chaves y Griñán, Escuredo, también presente ayer, se acordó de García Caparrós y señaló que «Blas Infante también era nuestro». Está al caer que se presente a Carlos Cano como socialista. «La rosa, por tener tantos significados, ya los ha perdido todos», señaló Umberto Eco. Sabina citó «El nombre de la rosa».« La barba es un hecho semiótico que permite distinguir un capuchino de un dominico», decía su autor. En el estrado había un jesuita y periodista –doble devoción y clausura–, Jaime Loring, que aguantaba para no dormitar durante el discurso, rojo en la vestimenta, de la presidenta. Israel Galván, zapatos verdes, demostró que los bailaores se mueven distinto hasta para recoger un premio. Los de IU, con Centella desprovisto ya de la luz del Congreso, esperaban a la viuda de Marcelino Camacho, Josefina Samper, que recogió el galardón con los brazos en alto, para hacerse fotos en plan «Beliebers». Pilar del Río abrazó la medalla. Susana Díaz entregó el premio a los andaluces más mediáticos entre los citados y Juan de Dios Mellado, Gracia Rodríguez, Migasa, Manuel Carrasco y María Luisa Escribano, mientras Canal Sur retransmitía con inverso entusiasmo que ante el encargo de televisar una comisión de investigación.  Al penúltimo que abrazó Díaz, tras el himno de Andalucía de Dorantes y Arcángel,  fue a un muchacho con síndrome down, días después de tumbar en el Parlamento una ley que garantice la atención temprana en Andalucía. «Siete crisantemos», que cantó Sabina, junto al Palacio de San Telmo.