Pantone

Del caballo mata de los 80 se pasó al «fumar mata» de principios de siglo hasta desembocar, sin solución de continuidad, en «el azúcar mata» presente. Los niños que abrimos los ojos al mundo ante la ingravidez de Maradona y Sabrina jugamos a la lima en las plazas cuando eran montañas de arena en las que te podías encontrar una jeringuilla. En los 80, Delibes era una referencia y en 2020 Coelho es millonario. Igual que hay aerolíneas que venden vuelos a ninguna parte, hay dirigentes que venden políticas a ningún destino. De los aprobados a la carta de Celáa a la gratuidad de las carreras científico-técnicas para mujeres. Lo dijo la ministra Montero: «Desde la educación, tenemos que poder revertir esas tendencias que, sistemáticamente, llevan a las mujeres a preocuparse más de materias relacionadas con los cuidados que con las tecnológicas». Con la pandemia latente, cuando aún desconocíamos el sabor del gel hidroalcohólico en los labios, y en vísperas del 8M, la camarada Montero se presentó en el Rectorado de la Universidad de Sevilla. Proactiva, resiliente y asertiva. Emponderada con sinergia. Y también «cigarrera». La ministra de Igualdad citó en la antigua fábrica de tabacos –cuyo origen desconocía– al gremio de la Carmen de Merimée y Bizet como paradigma de permanecer «unidas en la conquista de derechos». La cita la viene usando Montero antes de ser ministra. En abril de 2019, en Barakaldo. En la moción de censura que desalojó a Rajoy del Gobierno, tras acordarse de Rosa Parks. Entre el cuquismo de celofán de Montero y el nauseabundo «Senado Deluxe» de la ex alcaldesa de Elda, uno es más de Sandra Bullock en «Miss Agente Especial» cuando se hacía pasar por modelo en un certamen y sus compañeras reiteraran la proclama antibelicista. «Qué es lo que fundamentalmente necesita nuestra sociedad». «Debería haber penas más duras para los violadores… y la paz en el mundo». En España no hay un Banksy pero sí pintadas como un evangelio. En Lugo: «Homeless go home». Y la de Alcalá de Guadaíra que nunca debió ser borrada: «Emosido engañado». La ministra Montero, que igual recibe a ‘influencers’ que graba la sororidad en su Ministerio ante una tarta de cumpleaños, en otra cita para la historia señala: «Es un honor que el color morado del feminismo sea también el del horizonte republicano». El cuquismo republicano y el republicanismo cuqui son una máquina de hacer monárquicos. Un Pantone para dominarlos a todos (y a todas, claro que sí, guapi).

“El sitio de mi recreo”

Maradona, Sabrina, la Guerra Fría, esa sensación de que todo se podía ir al carajo en cualquier momento. Ese vivir como un semáforo en ámbar que dio paso a la modorra del verde y al rojo de ahora con (casi) todo prohibido. Hasta abrazarse. Es probable que el mejor momento de la historia de la humanidad -que me perdonen Da Vinci y Miguel Ángel- sea la década de los 80. A mí me pilló con chupete, y hasta los cuatro o cinco años me resistía a dejarlo. Mamón de serie que era uno. Con chupete y casi pañales pero con la vista siete años más allá por la influencia de mis hermanos. Así que era como un bebé de 15 años, en lugar de cinco. Cabrón e inocente -hacía que les echaran la culpa de todo a ellos y prevalecía mi presunción de inocencia- a un tiempo. Del barrilete cósmico a los pechos con querencia de Houdini de Salerno una Nochevieja eterna. Las empanadillas de Móstoles y Roxette. “Seré tu amante, bandido“. Pasando por “La vuelta al mundo en 80 días”, “Érase una vez la vida”, la Quinta del Buitre, Gordillo, Platini, Van Basten, Gullit, Rijkaard (que increíblemente lo he escrito bien sin mirarlo) y Baresi. Las faltas de Koeman y los pases de Laudrup hasta llegar a Romario y descubrir la noche. Desde 2020 con su giros de guión (con tilde, como en aquella década) y el corazón encogido en plan “Lost”, los 80 se antojan el culmen crepuscular de la humanidad. No por “la Movida” -que fue un invento de niños bien de Madrid-, aunque dejó un puñado de grupos espectaculares. “Me asomo a la ventana” y es la memoria de ayer, “jugando con las flores de mi jardín”. El primer casette de “Hombres G” y el cine de verano de la calle Lepanto poniendo “Sufre, mamón” después de alguna de Astérix. En los 80 confluyeron todos los factores para que -y perdón a Velázquez, Murillo, Cervantes, Lope, Quevedo y Góngora- el mundo fuera un lugar maravilloso (al menos por estos lares que nos tocaron vivir en suerte) en tanto -y quizás sobre todo por eso- estaba cargado de esperanza y milagros por descubrir. La magia de la primera vez. La primera vez de verdad, sin haberlo visto antes por internet, sin Wikipedia ni YouTube. El discurrir del mundo mientras se cargaba una cinta del Amstrad o el Spectrum. En mi casa había una réplica de Atari, una ventana a un universo de píxeles muertos. El VHS y los vinilos sin postureo. “El Equipo A”, “El Coche Fantástico”, “El Halcón Callejero”, “MacGyver“, “El gran héroe americano“, “MASH”, “Los Goonies”, “ET”, “Indiana Jones”, “Regreso al Futuro”, “El chip Prodigioso”. David Bowie. “El Pájaro Espino”, “Autopista hacia el Cielo” y “Falcon Crest”. Los Tente y los Airgam Boys . Los muñecos de He-Man con las piernas de Rivaldo, “Por el poder de Kreyskull”. El juego de la lima y el palodú. Arconada, Zubizarreta, Buyo, Pumpido y el coche de Dasáyev en la fosa del Rectorado. Camarón y Silvio el rockero gritando “Viva la Benemérita”. La canción que nunca más podrá tocar Sam, entre otras cosas porque la cita de “Casablanca” es apócrifa -«Play it once» y «Play it, Sam»– y porque desde Heráclito se sabe que no te puedes bañar dos veces en el mismo río y que por más que tumbes la bombona para apurarla, el agua al final va a salir fría. “El sitio de mi recreo”.