El “código Rancio”, un universo “a la diestra del cielo”

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Julio Muñoz Gijón, gato entre los tres palos, modernito runner (se lo perdonamos), respetuoso cofrade en silencio (también se lo perdonamos), ex delegado de clase de Periodismo en la promoción 99-03, padre de Silvio, insigne organizador de parrandas, bético, comunicador de talento y sevillano con ange’ (que es lo contrario al malaje). Foto de Pepe Lugo

“La’vangelio” es como se dice en Sevilla a los axiomas kantianos, las verdades evidentes. También es una expresión muy de la periodista Inma Carretero, natural de Cumbres Mayores, de donde procedían las chacinas de Hermanos Gómez, que linda con la casa de Lopera. En Sevilla, el que no se encuentra es porque no sabe que anda perdido. Julio Muñoz Gijón (Sevilla, 1981), que no es el alter ego del Rancio Sevillano porque no hay dos personas sino una dualidad en un ser –ying y yang, Sevilla y Triana- se adentra en el origen insospechado de la misteriosa expresión hispalense.  Los inspectores Jiménez y Villanueva se enfrentan en la sexta edición de la saga –“El enigma del evangelio Triana” (El Paseo)- que arrancó con “El Asesino de la Regañá” –y que ha sido adaptada a TV y teatro- “a un secreto que ni el del Código Da Vinci”. Julio Muñoz desentraña los secretos de la hermandad Serva la Bari, guardiana de las esencias de la sevillanía, en la búsqueda de un documento apócrifo que develaría los verdaderos hechos y lugares de la vida de Cristo y las ocultas razones por los que la Gracia se ha mantenido firme en Sevilla.

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Me colé en una fiesta (no puedo vivir sin ti)

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Yo llegué tarde. A este oficio que se extingue y a esta raza de intemperies que es el periodismo. Me colé en la fiesta, en el oficio – preguntándome mil y una veces “qué carajo hago aquí, con lo tranquilo que estaría si le hubiera hecho caso a mi madre y hubiera estudiado magisterio”- y me colé en el “diario que siempre has querido”. El mismo periódico que al que más y al que menos no le devolvió el cariño que le profesó. Quizás, por eso, lo queremos tanto. Y porque, el que más y el que menos, literalmente, lo ha parido de las entrañas, que es donde decían los griegos que está el alma. (Para las cuentas, los números y los contratos, están los buitres con sus largos apellidos y sus cortas miras, ésos que poco o nada saben del cariño y la pasión y subsisten con sucedáneos). Cuando llegamos, llevábamos los años. Ahora, los años nos llevan a nosotros. Al que más y al que menos. Esperando, en palabras de Santa Teresa, “una muerte tan escondida que no te sienta morir”, con la frase, que es oración, de Ernesto Hemingway tatuada en el brazo izquierdo: “El periodismo es la profesión más bonita del mundo… si se deja a tiempo”. Y ahí seguimos. El que más y el que menos. Con dos cojones. Sigue leyendo

Elogio de la croqueta en crisis creciente

Anda la luna en cuarto creciente, como la cola del paro y la crisis, y en el cielo dibuja como una sonrisa irónica, de medio «lao», como la del Gato de Cheshire de «Alicia en el país de las maravillas». La Feria se encamina a su punto álgido. Entre hoy y mañana, el recinto ferial alcanzará la cifra «mágica» del millón de visitantes. Casi tantos como desempleados en Andalucía, como si cada uno de los «hijos de la crisis» -que así titularía ahora Triana sus «Hijos del agobio»- se diera una vuelta por el Real, devolviendo la sonrisa burlona a la luna turca.

La crisis más que en sueño escrito con la tinta de luz de Lewis Carroll deviene en pesadilla escrita con números rojos. Porque «la cosa está mu’ mala». Que se lo digan a Francisco García, que antes de ir al «alumbrao» recibió la llamada, para mandarlo al paro, de unos señores con «apellidos de hermano mayor de cofradía rancia» e igual abolengo. Tan rancios, que, como los números de la crisis, apestan a pescado podrido.

O que se lo digan a Julio Muñoz, que después de recorrerse el planeta entero, de ver las puestas de sol del desierto de Kenia o bañarse en las aguas del Mar Muerto en busca de los «andaluces que hay por el mundo», la noche del «pescaíto» se sintió «muertito» en «los Madriles» a los que ha emigrado «por el amor de una niña rubia» y buscó la querencia de su tierra.

Cada noche de Feria, Julio «se disfraza» de flamenco, coloca su bonsái «con pinta de naranjo» -al que llama «Daglas, Michael» porque «quiere ser como su padre: Duglas, Kirk»- junto al portátil en el que ve imágenes de la Feria de Abril tomando fino. Milagro pagano de San Patricio mediante, la crisis se olvida y «hasta el bar de la esquina se convierte en una caseta de distrito, entrada libre». La caseta 1.048 está a medio millar de kilómetros del Real.

Si estuvo junto a su portátil el miércoles de Feria a mediodía, Julio pudo ver a Pascual González -cantor de Híspalis, que lo mismo vale para un pregón de Semana Santa que para una presentación televisiva y a quien los viandantes confunden con Pascual Márquez, torero- entrevistando al «alcalde de Triana», Alberto Moriña. Caseta municipal, plató abierto. Alimentos de Mercasevilla, maletines cerrados.

Precisamente en Triana, se han repartido carteles por los comercios en los que «se prohíbe hablar de la cosa». 135 euros vale un aparcamiento fijo en el Real. Entre 2,5 y 6 euros, «los cacharritos». Entre 8 y 12, la jarra de rebujito. Entre 0,80 y 1,30, el viaje en metro, el «cacharrito» con más demanda, con colas de una hora. 1,5 euros, la botellita chica de agua. Entre 12 y 16 euros, el plato de jamón. Cómo está «la cosa de mala» que, aunque los precios se han congelado respecto al año anterior, las estrellas de la barra son la tortilla de patatas y las croquetas, que, según dice Inma Izquierdo, feriante de la caseta del «Emperaó», antigua “el Musulmén”, «dignifican los eventos». Elogio de la croqueta en crisis y cuarto creciente.

Parecida afluencia, pero menos gasto. Menos carruajes, más espacio. Una situación económica que altera «el orden lógico de los yogures» -expresión acuñada por Adrián González, feriante de Las Pajanosas, de los de “a ver si nos vemos en el Real”-, dejando las neveras, las carteras y las cuentas corrientes vacías. Unos números que dejan también sensación de final de un tiempo, de crónica de despedida. Pese a ello, la Feria sobrevive a ella misma y, aparentemente, a la crisis, mientras la luna sigue con su sonrisa burlona de «medio lao». Aún quedan cuatro días de Feria. Incontables de crisis. Entretanto, como dicen por el Real, «que nos quiten lo bailao’» y como deja escrito Luis Márquez en el «feisbuk» antes de irse «a vivir a la Feria»: «En un descuido, crearemos universos». Fiesta creciente, bolsillos menguantes.

Retrato de la parte de atrás del Taj Majal

LUIS MÁRQUEZ

«Huele distinto. Es la primera sensación de cada sitio que piso». A diferencia de «El hombre que nunca estuvo allí» de los hermanos Cohen, los pasos de Luis Márquez Pineda (nacido en La Luisiana, 1981; criado en el Aljarafe -junto al Mateo Alemán- Córdoba y El Puerto de Santa María; residente en Triana), pueden dar fe de que estuvo, con los ojos bien abiertos y el olfato intacto del periodismo herético.

Como su tocayo el que jugaba por la diestra en el Real Betis y al que comparaban con Míchel, está dotado con la técnica de los elegidos y, sin embargo, prefiere contar las cosas, narrar la vida, pisar el mapa, al estilo Kapuscinski: sin alterar en demasía la realidad, porque la realidad ya es bastante poderosa como para andar manoseándola. Ligereza de ego y equipaje o, sencillamente, humildad. Periodismo bien hecho, en alta y sin arabescos, estridencias o florituras más allá, que no es poco, de la realidad. Chaves Nogales con el poso de sus orígenes en la Radio Televisión de San Juan de Aznalfarache entrevistando a los niños el Día de Andalucía con un locutor llamado Manolo Carlos Gil (Luis Márquez es de los que con ocho años dormía con la radio bajo la almohada y se levantaba buscando el periódico). «Déjala así, que así es la rosa». Sin manosear, pero metiéndose en los charcos, que así es la vida.

Luis Márquez, reciente Premio Ondas con el programa «75 minutos» de Canal Sur TV, narra a lo largo de las 171 páginas de «Los años viajeros» (Editorial Gramática Parda) las vivencias de diez viajes (República Dominicana, Senegal, India, Qatar, Sudáfrica, Palestina, EE UU, Irlanda del Norte, Noruega y Egipto) y otras tantas aventuras y desventuras de un periodista de, entonces, apenas 26 años, cuando comenzó a gastar hojas de un pasaporte recién estrenado de la mano de «Andaluces por el mundo» y vivía «empalmando lavadoras», con una maleta, entre 2007 y 2011, siempre preparada en la puerta. (Igual que ahora con «75 minutos», pero por todo el mundo).

«La bizarra relación entre judíos y musulmanes en Jerusalén», los contrastes de República Dominica, Senegal con su mirada profunda… En todas las coordenadas, cuenta Luis Márquez, «los niños nacen igual, pero se malean diferente». En determinadas latitudes, la picardía, la maldad, la capacidad de supervivencia, como si de felinos se tratara, arranca «a los pocos meses». «Los años viajeros», más que un libro de viajes, es un tratado de vida. «La India es atroz», explica Márquez Pineda. «Las amputaciones». «La mayor de las miserias». Slumdog Millonaire antes de ser filmado. Cualquier guía al uso e, incluso, la Lonely Planet, resaltan el brillo del Taj Majal y su leyenda. «Al arquitecto le cortaron las manos para que no repitiera una obra igual». Luis Márquez le da la vuelta a la leyenda y retrata la parte de atrás del Taj Mahal, donde un niño de unos 10 años, con su hermano pequeño, ve pasar la vida ante la supuesta grandeza del palacio construido por amor, junto a un riachuelo contaminado. En la majestuosidad del Taj Mahal se refleja una realidad cotidiana marcada por la ausencia. La diferencia entre lo que ve el turista y lo que contempla el viajero. Tras las playas de la República Dominicana está la delincuencia y la pobreza. «Lo que más me ha impactado, sin duda, es la vida de los niños en muchos sitios del planeta», cuenta Luis.

Luis Márquez llegó para dos programas, y estuvo cuatro años, 30 viajes, mucha vida, en «Andaluces por el mundo». A la mirada del viajero, se suma un innato olfato de periodista. Egipto: septiembre de 2011. Meses después de las protestas de enero-febrero. «El pueblo había derrocado a Mubarak, pero no. Era una un espejismo. Un país sitiado por la policía y el ejército. Un Gobierno obsesionado con no dar mala imagen. En la Plaza de Tahrir no querían que grabáramos». Márquez titula ese capítulo «Una revolución, una decepción». Irlanda: el periodista va a Belfast y no acaba de cañas –que también–, sino que se encuentra a un etarra. El oasis de petróleo de Qatar. El sueño/pesadilla americano en Texas. El frío como modo de vida en Laponia. «Un libro de historias, sensaciones, olores, colores, muy descriptivo», define. Un libro con ilustraciones de Alfredo Rodríguez, al que conoció en Taiwan.

«Huele distinto. El aire que flota sobre el descolorido suelo de moqueta y los asientos gastados está viciado. Una cristalera sucia trata de enseñar los restos del atardecer. Los trabajadores del aeropuerto no tienen prisa y cruzan bromas mientras empiezan a desfilar las caras de cansancio de los viajeros que venimos de Europa. Bienvenidos a la República Dominicana». Así empieza «Los años viajeros». «Los cínicos no sirven para este oficio», de vuelta a Kapuscinski. Buen viaje.