“Adopta un reportero”: retazos de una especie en peligro de extinción

olmedo

El tatuaje de la Leica M3 del 62 de su abuelo, en la diestra, le delata y esconde en tinta el cruel recuerdo de «la felicidad» hecha cámara. Un vestigio del pasado. Cualquier tiempo pasado fue anterior pero no necesariamente mejor («que también»). Un tratado del oficio de mirar y ver. De detener el tiempo en un mundo que no para. La contradicción de una foto. La antigua alquimia de encerrarse en un cuarto oscuro y parir la luz. Un proceso, un parto, ahora reducido al duelo frente a la pantalla de retina de un ordenador. «Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo», decía Hemingway. Lo único que detiene el tiempo es una fotografía. El retrato de un instante enmarcado en una ilusión de eternidad.

Manuel Olmedo (Sevilla, añada del 62, como la Leica M3), sonámbulo sereno, casi de una pieza como el pabellón de Japón de la Expo, Canito sin ruedo, podría definirse, que no limitarse, como la mirada callada del niño que mira la arena de la playa. Una protesta y una fiesta silenciosa en el universo interior de una vocación monástica. Aquello que decía Belmonte, aplicado a la fotografía: «Se torea como se es» y se fotografía como se es. Aunque tiene en su archivo de infinitos gigas retratos del Rey Juan Carlos, Obama, Indurain, Springsteen, Paco de Lucía o «El Lebrijano», prefiere las instantáneas de los niños, descalzos pero felices o felices aunque descalzos, que juegan en el Vacie. Su exposición es sobre los suyos, los «foteros». Los versos sueltos de la industria –es un decir– de la información –otro decir–, convertida en comida basura ahora que Facebook enlata estribillos de Roberto Carlos –«Quiero tener un millón de amigos»– e Instagram crea la ilusión de que cualquiera es fotógrafo. Seres autónomos, que no autómatas, generalmente con salario de dependiente de restaurante de comida rápida, menos protección social que un toro en Tordecillas y con equipos de 10.000 euros a cuestas.

Se quedó instalado en los chistes de Chiquito y siempre saluda con un «Qué pasa, fistro» o «Dónde vas, peaso». En puridad, es aplastante lógica. Atendiendo a sus iniciales y con un título nobiliario de por medio, Manuel Olmedo Rengel podría firmar perfectamente como «Conde MOR». Nobleza obliga. El tipo, en fin, que firma el pie de fotos de éstas sus páginas, callado –la cantidad de ruido que uno hace suele ser inversamente proporcional a su valía.–, con la ilusión de la víspera de Reyes, y que deja a Stajánov al nivel del perezoso abrazado a la rama del árbol. Sólo el 3% de la población tiene los ojos verdes. El porcentaje de personas con el (maldito) don de mirar y ver puede ser estadísticamente inferior. El tanto por ciento de fotógrafos que pueden vivir dignamente de su oficio es aún más pequeño. «Y si cree que el dinero no tiene importancia, pruebe a pedirlo», sostiene Woody Allen. «Cierran las delegaciones y hay mucho más que reivindicar. La gente suele acordarse del redactor que está contratado pero no del 95% que es colaborador y si un periódico se va a la calle, se queda sin nada», proclama.

«Los creadores de la memoria visual de la sociedad», apunta Luis Serrano, comisario de la muestra. «Los notarios de la ciudad», define Olmedo a los protagonistas de los cuadros, cazados en blanco y negro, «que es la pureza del retrato, la escala de grises destaca a la persona», con «una cámara pequeña que llevo siempre», en alguna de las interminables guardias de los juzgados (que el patrón de los periodistas, San Francisco de Sales, guarde en su gloria a la jueza Alaya), un cruce de caminos bajo un soportal donde siempre sopla el viento y ruge la marabunta de la «rabiosa actualidad». Cuando Groucho Marx se fue a buscar fortuna, su madre le dijo que no volviera y su perro le mordió. Cuando Olmedo confesó en casa que iba a ser fotógrafo, orgullosos, le dijeron «que estaba medio loco». Para Olmedo, el barrio de Los Pajaritos es como la franja de Gaza y subir la Cuesta del Rosario, escalar el K2. Tiene alma de Quijote y talante de Sancho, lo que viene a ser un loco cuerdo o un cuerdo loco. Olmedo trabaja lo imposible. El plano cenital de la Torre Sevilla; el balcón frente a la escena del crimen antes de que al volver hayan instalado un Starbucks; el confesionario desde dentro. Olmedo, dotado de tan buen olfato periodístico como el loro aquél que le salvó la vida en un escape de gas, sabe lo que es «que te pongan una pipa en la sien» por una foto y por la precariedad del oficio.

Ciento ocho retratos más uno –el suyo, a cargo de Jesús Morón– recogidos ahora en el Ayuntamiento de Sevilla. Los ojos que se esconden tras la cámara, delante del objetivo, «protagonistas por primera vez en algún sitio». El legado de una estirpe de «foteros». «Mi bisabuelo fue uno de los primeros reporteros de guerra y mi abuelo también era fotoperiodista. Los fotógrafos de esas épocas tenían una base cultural bastante grande, sabían de química, estaban metidos en un mundo de artistas y en los libros salen sus nombres». A saber: Carlos Olmedo Carmona, testigo de la toma del Gurugú, y Manuel Olmedo González, que acabó como fotógrafo oficial del Betis. Más de un siglo contando lo que pasa, fotografiando lo que ven, en una sana competencia que no riñe con la hermandad: «Aquí nadie se va sin la foto».

En la muestra «están todos los que son pero no son todos los que están». Ruso, Acedo, Paco Puentes, Aníbal González, Kiko Hurtado, los hermanos Caro… Retazos de una especie «en peligro de extinción» en la reedición de una muestra con la colaboración del Consistorio –como antes de la Cámara de Comercio–, Fujifilm España, Martín-Iglesias y la Asociación de la Prensa. Las fotografías surgieron de una broma con el cámara Mariano Valladolid, profesional XXL. Del decano Ruesga Bono a la benjamina Inma Flores, con los Morenatti –«Siempre están por ahí»– en espíritu. «Adopta a un reportero. Me sobra mes para este sueldo», cosa seria, plasma, latente tras unos ojos, la ilusión del castillo construido en la arena y que, así vengan las olas, se mantiene en pie. Como el espíritu del verdadero periodismo, resquebrajado y a la vez intacto.

Hasta el 7 de octubre en el Patio Mayor del Ayuntamiento de Sevilla.

Anuncios

Le llaman Manuel, se apellida Olmedo

olmedo (1)

Dice que se llama Manuel y que se apellida Olmedo. Pero, sabiendo que el tipo ha sido detective y le han puesto una ‘pipa’ en la sien, es mejor ponerlo en cuarentena. Pertenece a esa rara estirpe de periodistas –fotoperiodista, en su caso- que vive la cotidianidad como algo extraordinario. Para Olmedo, el barrio de los Pajaritos es como la franja de Gaza y subir la Cuesta del Rosario es como escalar el K-2. Tiene alma de Quijote y talante de Sancho, lo que viene a ser lo mismo que decir que es un loco cuerdo o un cuerdo loco. Nuestro Morenatti, que en los altares está, tiene mérito, pero no más que Manolo Olmedo, que el Ruso, que Acedo, que el Gómez y tantos foteros que se la juegan a diario, lo mismo da que sea empotrados en un camión de los Estados Juntitos de América que en una redada en las Tres Mil o sacándole el plano bueno al concejal de turno, algo, a veces, poco menos que imposible. El espíritu es el mismo, sólo cambian las circunstancias. Las circunstancias de Olmedo son sus hijos, que son su vida. No hay sesión de fotos que no comente que su niño tiene un examen o que una de sus niñas está resfriada. Tampoco hay foto que se le resista. Proviene de un linaje de foteros y por sus venas corre el alma de su abuela, de la que siempre lleva una foto de los tiempos de los hermanos Lumière. Los hay igual de artistas que él; más profesionales no los hay. Si los hay, yo no los he visto. Olmedo trabaja lo imposible. El plano desde la planta 15 de un piso; el balcón frente al sitio donde se ha cometido un asesinato; el interior de la sotana del cura. Si hay una cena de Navidad, ahí está el tío sacando fotos. Si está en su balcón conversando con su loro, ahí está el tío fotografiando a unos mangantes que roban cobre de las cocheras del metro. Hace unos años, su loro –tan célebre en su barrio que están pensando cambiar el nombre de Cerro del Águila por el de Cerro del Loro de Olmedo-, le salvó la vida en un escape de gas. El bicho se desmayó y ésa fue la alarma para el incidente. Yo creo que no fue un accidente, sino alguna venganza de su época de detective privado, de antes de ser Tintín, de cuando jugaba a Mortadelo sin Filemón. A los malos, no les gustan los buenos. A los plumillas –que no somos ni buenos ni malos, sino todo lo contrario-, nos podrá gustar más o menos Olmedo, pero todos, da igual el medio en que trabajemos, coincidimos en que lo queremos; en que es un lujo poder llamarlo compañero; y en que su loro debería tener un monumento al lado del de Cayetana de Alba. El honor y los fastos serían para la duquesa, como pasa con las noticias, que toda la gloria se la queda el plumilla. Pero el monumento a la sangre de verdad noble sería el del fotero-aventurero Olmedo, con su loro y su cámara. PD: Hoy es su cumpleaños. Felicidad(es) y salud.

“Como un horno en verano, como un frigorífico en invierno”

Sevilla 31-07-08 El calor en el Vacie Foto: Manuel Olmedo

Foto de Manuel Olmedo.

Cuando el reloj en la Campana marca las 19:00 horas, en El Vacie son las 17:30 de hace medio siglo. Cuando a Los Remedios llega el siglo XXI en metro, en el asentamiento hispalense se vive la posguerra. Y cuando el termómetro marca 39 grados en Heliópolis, se comprende que la verdadera Ciudad del Sol está un poco más allá del cementerio de San Fernando, entre Pino Montano, San Jacinto y la nada. La nada despreciable temperatura de 47 grados.

«En invierno es como un frigorífico. En verano, como un horno». Describe Ángel Montoya, portavoz vecinal, la realidad empírica de la cotidianidad de levantarse un día y otro, y otro también, en el asentamiento, un erial lleno de chabolas y casas prefabricadas. Bienvenidos al Vacie, el asentamiento chabolista más antiguo del octavo país más rico del mundo, campeón de la Eurocopa, Wimbledon y el Tour, la Armada Invencible, Fernando Alonso, Pau Gasol y demás. Población estimada: 1.000 personas. Medio de vida habitual: la chatarra y la venta ambulante. Mayor vecino censado: María Díaz Cortés, 116 años. El menor, «las decenas de bebés de pocos meses que hay». Renta media per cápita: sólo mencionarlo es de mal gusto.

En el desierto del Sáhara se registran 45 grados de media, aunque también cuenta con el récord de 58 grados a la sombra. En El Vacie, este verano «está siendo suave». Eso no quita «los 45 ó 50 grados que se alcanzan en una casa con tejado de uralita», explica el portavoz. Algunas chabolas tienen aire acondicionado; la mayoría no tiene nada.

El Ayuntamiento ha decidido instalar un par de contenedores, que dependen del mantenimiento del cementerio. En El Vacie no entra Lipasam. Los vecinos sacan «los diez o doce contenedores para que los camiones retiren la basura cuando pasan de San Jerónimo a Pino Montano». Curiosamente, el Santo Jerónimo conoció el calor del desierto y vivió varios años escondido. El Vacie, parrilla de San Lorenzo, también sirve de refugio a «maleantes y traficantes». Y, a veces, toca redada.

El Vacie es eso: inseguridad y pobreza. Pero también, y sobre todo, un erial lleno de gente a la que le ha tocado vivir allí, como a otros les toca una VPO. Gente que se busca la vida como puede, lo más cerca de la legalidad que puede, como cualquiera. Manuel Olmedo, profesional de la fotografía, da fe de ello con su último encargo. Del razonable «p’al Vacie, ojú» pasó al agradecimiento ante quienes se ofrecen a dar todo sin tener nada. «Meta el coche, que yo me encargo de que no le pase nada», dice un gitano. A la vuelta, el coche bajo la vigilancia de dos de sus hijos, «porque lo dijo el ‘papa’».

Los cerca de 40 grados a la sombra no riñen con el negro riguroso de los patriarcas. Gentes de donde pisan sus botas, con la biografía plasmada en la cara. Una cicatriz aquí, arrugas allí, sudor en la frente bajo el sombrero oscuro. Muchos soles han visto bajo los techos de uralita. 76 años esperando la sombra, escuchando promesas.

Las calles del Vacie se dividen en letras, que son diferentes formas de llamar a la pobreza. Para refugiarse de los calores, se sacan barreños y piscinas de plástico. Ahí se entretienen los niños. En la calle A vive la abuela María, posiblemente la mujer más anciana de España, 116 años contemplados por sus ojos y una realidad incierta nos contempla, sobre todo tras el rechazo a un piso del Ayuntamiento porque «es para seis meses»; «no, hasta que la abuela viva»; «entonces, nos quedamos en la calle»; uno por el otro, la casa sin barrer y la abuela en una estancia de pocos metros, «agobiada» y al resguardo del aire que le ha puesto su nieta. Hoy la han llevado a la ribera, para que se refresque. A los 116 años no aspira a la filosofía de bañarse dos veces en el mismo río; al menos, sí a bañarse sus últimos días en la misma bañera.

De la semiótica, la guasa y la investidura de Susana Díaz. (“La’vangelio, según la cámara de Manuel Olmedo)

Sevilla es una ciudad “puntera” en la semiótica. De la Semana Santa a la Feria de Abril o la semiótica del bar de Pepe el Muerto, destapada por Julio Muñoz Gijón, alias @rancio, el periodista con epicentro en Bami y que escapó del ataque de un campanario murciano en pleno terremoto lorqueño. Como le contó a Paco Camero y a servidor. La “liturgia del taburete”: “Sólo se lo da a tres personas; sólo tres lo pueden tener, y el nota que ha estado sentado, cuando se va, le devuelve el taburete, que ahí cualquiera no se puede sentar. No es el único código secreto. Ese sitio es pura semiótica”. Sevilla puede que tenga un color especial, que compuso César Cadaval, el Moranco bajito -en verdad, no es tan chico; es que Jorge Cadaval es más alto-; lo que es seguro es que Sevilla tiene mucha semiótica. Tanta, que a centenares de licenciados en Periodismo en vez de Periodismo nos enseñaron semiología y “comunicología”. Un recuerdo para el emisor, el receptor y allegados. Mensaje, código, canal, contexto (y desempleo o empleo precario). Ferdinand de Saussaure, Loius Hjelmslev, Roman Jakobson y Ludwig Wittgenstein. La delantera estuca de la Linguïstica. Lo que también tiene de sobra Sevilla es mucha guasa. Susana Díaz es de Triana, aunque en el señero barrio en los últimos años la fuerza más votada es el PP. Paradojas de la vida y de la política. Como es residente en el Tardón, no es tan raro que la investidura de Susana Díaz haya acabado en salve rociera más de 80 días después de la elecciones del 22M. Phileas Fogg tardó menos en dar la vuelta al mundo. Susana Díaz va sobradita también de semiótica. Y de guasa. Pedro Sánchez se llevó todas su vocales a comer con Pablo Iglesias. En Andalucía, la líder de Podemos no se merece ni un beso, no se vaya a pegar algo, oiga. El “abrazo cariñoso” será el método por el cual el PSOE va a dejar sin escaños a C’s. Que le pregunten a Maíllo. Diego Valderas y Marín pueden compartir algo más que pelazo. Busquen las siete diferencias entre la serie de Susana Díaz con el “tito” Juan Marín y con Teresa Rodríguez. Habemus investidura. Cuando Manuel Olmedo hace ‘clic’ en la cámara, retrata el evangelio.

Recibimiento a Juan Marín:

Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo

Recibimiento a Teresa Rodríguez:
Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo

Un catarro invernal y 116 primaveras

La abuela del Vacie, cedida por Manuel Olmedo: http://manuelolmedofotografo.blogspot.com.es/

La abuela del Vacie, cedida por Manuel Olmedo: http://manuelolmedofotografo.blogspot.com.es/

María Díaz Cortés hace tiempo que no lleva los años, sino que los años la llevan a ella. Cuando nació en Granada el 4 de enero de 1892 no existían las cámaras que ahora la filman y la sacan en la televisión. Filipinas y Cuba ondeaban bandera española. «Más se perdió en Cuba», que el número diez de la calle A del asentamiento chabolista más antiguo de España –una casa prefabricada sin agua caliente – no tiene pérdida, aunque la administración no halle salida.

La Asociación Pro Derechos Humanos denunció ayer la «enorme insensibilidad» y la «falta de humanidad» del Consistorio ante la «grave situación de violación de los derechos fundamentales» de la familia de María, vecina del Vacie desde hace casi cuatro décadas. Entonces, llegó de Triana, entonando el himno oficioso de la raza calé, el Gelem Gelem: «Anduve, anduve por largos caminos. Encontré afortunados romaní. Ay, ¿de dónde venís con las tiendas y los niños hambrientos?».

La solución que Bienestar Social ofrece a la mujer más vieja del país –en otros tiempos gitanita «cestera», según reza su DNI; ahora, abuela, bisabuela y tatarabuela, con 300 euros de paga para sobrevivir– es el asilo, una opción considerada por la etnia gitana como poco menos que un sacrilegio. «El asilo es la muerte de la abuela», argumenta Dolores Martín Díaz, de 72 años, la quinta y última hija, que solicita «una vivienda digna» para el final de los días de María.

«Las casas del Vacie son como frigoríficos», cuenta Ángel Montoya, portavoz del asentamiento. Según Montoya, en el barrio habitan, al menos, cuatro o cinco personas que rondan los 100 años. «Cocoon» en el sur del sur de España. El secreto de la vida eterna en el poblado más pobre del octavo país más rico del mundo. Como si ese cúmulo de alternativas casuísticas al que algunos llaman destino otorgase a los más viejos del lugar el derecho a pedirle excedencia a la muerte, por vivir en un submundo escondido detrás de las paredes del cementerio de San Fernando. «En verano, el calor es insoportable. En invierno, el frío se mete en los huesos», narra Dolores. «Mona, Mona, tápame», dice María a Dolores cada noche. Así anda, resfriada.

El cuarto de la anciana tiene una grieta por donde entra el frío de la calle y la estancia apenas suma cuatro metros cuadrados. Desde la ventana, el único horizonte es la pobreza. Escasez en la calle A. Miseria en la B. Delincuencia y droga dos calles más allá. Y niños que creen que los Reyes vienen «de la basura», porque de ahí recogen los juguetes.

María Díaz Cortés celebró su centésimo decimosexto cumpleaños en compañía de María, Magdalena, Dolores, Juan y Diego. Su hija, dos nietas y dos bisnietos. Sus apóstoles cotidianos. Desayunó doble ración de galletas, aunque le trajeron dos tartas, además de la que motivaba la convocatoria-protesta de Pro Derechos.

La oposición del Ayuntamiento le trajo un juego de sábanas y un edredón. La delegada de Bienestar Social, Ana Gómez, dejó un mensaje a Efe: «A finales de noviembre, los técnicos presentaron un informe ante Otainsa para poder otorgar una vivienda». Stop. «La anciana tiene la posibilidad de acceder a una residencia, pero la familia se niega». Stop. «Las casas no se otorgan con una varita». Stop. «La familia llegó al Vacie en 1996, y se ha beneficiado de muchas ayudas». Calle sin salida.

Ajena a la política, María descansa en su cama. Comenta a su nieta que «claro», que se acuerda de las niñas de Amparo y riñe a Manolo Olmedo, el fotógrafo que apunta con un aparato que jamás imaginó de niña a unos ojos que han visto, con el de hoy, 42.370 soles y que parecen comprender por qué el reloj de la estancia que hace de comedor anda parado a las 15:40 horas y por qué sus zapatillas chocan contra una de sus cuatro paredes, como mostrando el «largo camino» al que ir «con las tiendas y los niños hambrientos» en busca de un lugar mejor, donde, al menos, haya agua caliente.

“¿Dónde vas, Adolfo Ponce?” o de cómo el soldado Bonilla se convirtió en Juanma Moreno

Título: “Paseo por Sevilla de Juanma Moreno, Juan Bueno y Virginia Pérez”. Autor: Manuel Olmedo.

La instantánea fue tomada la mañana previa al debate a tres en Canal Sur. Entonces, el hombre que, de entrada, pidió que le llamaran Juanma aún era, incluso para los suyos, el candidato Bonilla. El “soldado Bonilla”, según el PSOE, al que Mariano Rajoy visita en Andalucía todas las semanas desde que se anunció el adelanto electoral, igual que las madres llenan a sus hijos las neveras de tuppers, “que no me comes nada”, “ay, qué sufrimiento”.

Esa mañana, nadie daba un duro por el “candidato Bonilla”. En el flanco izquierdo de la imagen (para el lector), puede verse a John Good (Juan Bueno), número 1 por Sevilla en la lista del PP al Parlamento andaluz y hasta se le intuye a modo de bocadillo de cómic la frase “qué hostia te vas a meter, miarma”. A John Good, en relación al PP de Sevilla, se le puede aplicar, salvando las distancias y los tiempos -ya se sabe, cualquier tiempo pasado fue anterior-, lo mismo que a Manuel Fraga respecto a España. Le cabe el partido en la cabeza. Good va a muerte con el “soldado Bonilla”. La mañana en la que pidió el apoyo para José Luis Sanz como presidente provincial del PP quedó olvidada esa misma tarde cuando el dedo de Rajoy sujetado por Soraya nombró al “soldado Bonilla” como presidente del PP andaluz. “Para un día ser dragón, hay que tragar muchos sapos”. Eso o hacerse vegano.

A la derecha de la imagen puede apreciarse a un ciudadano vestido de rojo, con los botines bien conjuntados con las gafas, al que se le lee en la expresión de la cara, que es el espejo del alma, “¿Dónde vas, Bonilla?”, en velado homenaje al histórico capítulo de “Farmacia de Guardia” titulado “¿Dónde vas, Adolfo Ponce?”.

En la fotografía de Manuel Olmedo ya se aprecia el talante con que el “soldado Bonilla” afrontaba el día, dispuesto a saltar por encima de cuanto barril de cerveza se le pusiera por delante. Bonilla no tenía nada que perder y todo por ganar. Bonilla, como Clark Kent, se quitó las gafas, se apretó los boxers -en el PP puede que aún les llaman “bradleys”- y a la sonrisa y ‘caidita’ de ojos que le acompaña a diario le sumó el poquito de colmillo que se le echaba en falta. En el PSOE y en el propio PP ya saben que el señor Bonilla es Juanma Moreno. Como poco, ‘habemus líder de la oposición’. Efectivamente, las “hechuras” del salto no son lo que se dice olímpicas, pero en el debate de Canal Sur, cumplió de sobra ante una Susana Díaz quizás confiada en exceso, pelín sobrada, superada por momentos en el debate, y que, como mucho, sólo salvó los muebles. En defensa de Susana Díaz, hay que decir que llevaba tres años siendo víctima de lo que se ha demostrado que era la estrategia última del PP en el Parlamento andaluz: dejarla sin adversario dialéctico alguno y sin oposición real durante tres años para que en el momento último, llegado el debate, se confiara. La táctica de la aparente mandanga, se llama. Está por ver si da para salvar un descalabro electoral.

Nota a pie de página: No está confirmada ninguna relación del señor que conduce el palé de barriles de cerveza con Javier Arenas, presidente de honor del PP andaluz, número 4 en la lista por Almería, ni que hubiera ningún tipo de intencionalidad en el presunto intento de atropello.