El disputado voto de “Los Santos Inocentes”

A mi padre le gusta Karlos Arguiñano. Mucho. Mi madre, que estuvo en el punto de mira del Gobierno, es de la otra mitad de España que piensa que ese derroche de felicidad suyo resulta insultante y que no para de decir tonterías, que parece que está borracho. Parece, dice. Hasta aquí, las dos Españas en mi casa.

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Maradona y las estrellas; los mitos y las farsas

Cuenta ese hombre pegado a la melancolía que es Calamaro que Maradona «no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero», lo cual no deja de ser una perfecta descripción física del «Pelusa». Escuché alguna vez a ese rapsoda del fútbol que es Jorge Alberto Valdano, con su eterna prosa poética, algo así como que «ser Maradona nunca ha debido ser algo fácil». Una noche de vino y rosas, preludio de cánticos y aleluyas por la senda de la Puerta de la Carne, me lo corroboraba ese “pequeño mágico catálogo de seres y estares” que responde al nombre de Lucas Haurie. Maradona es dios, decía, ante la perplejidad de los Reyeros, Murieles, Maldonados y demás periodistas de la vida presentes, todos ellos ateos en el difícil arte de la fe porteña. Y con todo, yo, que no creo en dios pero creo en hombres, respondí que el Diego, más que deidad con cimientos de barro, es héroe clásico, cual Aquiles, con zurda mística e inmortal. Mitad divino, mitad humano. Como el de los pies ligeros, Maradona nació con el don de conquistar el cielo y cuantas copas del mundo hubiera querido ganar él solo, regateando cuanto inglés saliera a su paso, que aún podría estar regateando si quisiera, y con la tara de, a fin de cuentas, ser humano. De ahí la tragedia de la que hablaba Valdano: ser dios siendo hombre; asimilar desde que no eres más que un niño que has sido elegido para la eternidad; comprender que personas de la Argentina toda recorren el país en procesión sólo para contemplar al que dicen es el salvador del país; ser una persona normal sabiendo que todo el planeta te venera – «te quiero más que a mi hijos», le gritaban en Nápoles–; aceptar que allí por donde pasas, se instalan altares en tu honor … como si fueras Aquiles, como si fueras Maradona. Dice Eduardo Galeano en su «Bocas del tiempo» que «doña Tota llegó a un hospital del barrio de Lanús», con un niño en la barriga. «En el umbral encontró una estrella, en forma de prendedor». De una parte, mechero, de otra, astro. «De un lado de plata, de otro de lata». La estrella acompañó a doña Tota en el parto. El recién nacido se llamó Diego Armando Maradona. El mito murió con el último pitido del árbitro, cuando Diego dejó de ser un hombre pegado a una pelota. Ahora, el dios, el diez, la tragedia vestida de pensamiento mágico, deviene triste farsa catódica y mediática.

Yo vi a De la Peña parar el tiempo

Yo vi a Iván de la Peña parar el tiempo. Le vi marcar goles desde distancias siderales, con ese temblor, un instante antes, que se siente en el espacio cuando va a pasar algo. Algo va a pasar, piensas. Sientes. Y el tiempo ya se ha parado. Se produce un destello imperceptible a simple vista. Entonces, Iván de la Peña ya ha armado la pierna y el balón vuela en parábola por encima del portero. Ante esos pequeños milagros, la afición, de uno y otro signo, sólo puede aplaudir. Yo lo he vivido. Iván de la Peña resolviendo un partido que dominaba el Betis de principio a fin. Iván de la Peña articulando el mundo y ganando 0-3. (Hijoputa). Iván de la Peña reencarnado por momentos en Maradona y Laudrup a un tiempo. Lo pelat, el Pequeño Buda, porque algo, algo chiquito -que ahí radican las cosas grandes-tenía de dios. Y dios, si existe, a ratos se viste de futbolista con la maldita virtud de extraer belleza entre lo frágil. La música de los corazones sublimados. Los mediocres -por definición, aquellos incapaces de ver más allá de su ombligo- dirán que era un jugador que no daba equilibrio al juego. El equilibro es la mayor de las mentiras del fútbol, en la que se arropan los entrenadores y jugadores malos. Los tahúres. Un futbolista es bueno o malo, no da o quita equilibrio. Si De la Peña sumaba +10 en ataque, en creación, en pase y en gol -los elementos que diferencian al fútbol de la petanca, mayormente- y defendiendo sólo era +3, con poner un jugador de cierre junto a él sobraba para ganar los partidos. Dicen que fue un poeta maldito, “un jugador de dibujos animados”. Y los malditos fueron los que no supieron apostar por su fútbol. El mayor talento del panorama patrio de los últimos 20 años, desde que irrumpiera con 16 años, o menos, en las categorías inferiores del Barcelona, llegado de Cantabria. Nadie le ha pedido jamás a Makelele que diera un pase de De la Peña. Sin embargo, a De la Peña sí se le pidió que defendiera como Makelele. La autenticidad tiene algo de anomalía. Era diferente, como una calada a un cigarro mentolado. Sus pases cuestionaban las coordenadas espaciotemporales. Una tarde, en El Sardinero, lanzó un balón a la banda izquierda de tal modo que, en la línea de fondo, el esférico, que parecía que salía, volvió hacia atrás, justo cuando llegaba el compañero. Que Einstein explique cómo es posible que un balón que va en una dirección lanzado desde 40 metros se pare unos segundos y vuelva otros dos o tres metros en dirección opuesta. Cómo se puede dibujar el vértice de un ángulo, en distintos tiempos, con un balón. Por menos han beatificado a Juan Pablo II. Como Peter Pan, tuvo que refugiarse en NuncaJamás. Sólo ha sido cinco veces internacional absoluto, bastante antes de los tiempos de Xavi e Iniesta, herederos aventajados del pequeño Iván De la Peña. Pese a ello, pese a que salió del Barcelona, fracasó en la Lazio y el Olimpique, no tuvo minutos, de nuevo, en el Camp Nou, y se refugió en el Espanyol, ya pertenece a ese limitado Olimpo en el que moran, rodeados de mujeres desnudas y un balón, Mágico González, George Best o Paul Gascoigne. La guarida que esperaba a Guti. Cuando la prioridad es la belleza, los títulos, que también ganó, no valen nada. Iván de la Peña ha detenido el tiempo por última vez. Y ya, como el humo de un cigarro mentolado que muere en el sueño de un beso en primavera en los labios, Iván de la Peña -inquilino del claroscuro, ave del paraíso, habitante del misterio, ángel de tempestades-, en su última jugada, ha roto el tiempo y, para siempre, es eterno.