El disputado voto de “Los Santos Inocentes”

A mi padre le gusta Karlos Arguiñano. Mucho. Mi madre, que estuvo en el punto de mira del Gobierno, es de la otra mitad de España que piensa que ese derroche de felicidad suyo resulta insultante y que no para de decir tonterías, que parece que está borracho. Parece, dice. Hasta aquí, las dos Españas en mi casa.

Mi padre, que no es nada de meterse en política ni de meterse en casi nada, viene a ser el español medio, al que de verdad sólo le saca de su rutina cosas muy gordas y parece que sólo conoce a personajes que trascienden lo mundano respecto a lo cotidiano. “Se ha muerto Cruyff”. Paco de Lucía. “El pequeño ése del Barcelona dicen que es mejor que Maradona”.  El propio Maradona. Ronaldo -el de verdad- , cuando contradecía las leyes de la física. “Se ha muerto Miliki”. El final de Arrayán. Pacquiao. Juan Imedio. En fin, estas cosas. A mi padre, para que se hagan una idea, le regaló mi madre por Reyes el último disco de Arcángel -que resulta que también le gusta, igual que Diana Navarro-, que es paisano suyo y todo, de Huelva, y si se le pregunta si le gustaría que se lo firmara, te contesta que, mientras el disco suene, a él le vale lo mismo la firma de Arcángel, de San Pedro o que el dependiente de la tienda le ponga una X detrás de la carátula.

Mi padre, a ver, para que me entiendan, mi padre es Alfredo Landa. Cada vez que veo “Los Santos Inocentes” me harto de llorar; yo, que tengo una incapacidad congénita para llorar más de una vez al año (y unos berrinches que me cojo el día en cuestión…). No tanto por el personaje y/o la historia de España, la intrahistoria y sus entrañas, me harto de llorar porque Alfredo Landa es mi padre.

Como digo, mi padre, es muy español (aunque no le guste el fútbol). Muy español no porque un día parara el taxi cuando un señor de las vascongadas se cachondeaba mientras contaban en la radio el último atentado de ETA, y el recuento incesante de víctimas, y le soltara un “ya se está usted bajando, me cago en dios”. Aquello no fue por español sino porque se estaba rifando una hostia y el señor de Euskadi tenía todas las papeletas. Ni siquiera fue por nacionalismo. Mi padre está muy a favor de que el que no esté a gusto, que se vaya pero dar por culo, lo justo. Lo de aquella carrera en el taxi fue la versión hispana de la no violencia de Gandhi. No violencia “si no me toca los güevos”. Tampoco es muy español porque lleve pulseritas rojigualdas o de la República. Mi padre lo más que ha llevado en su vida en la muñeca es un reloj Casio, y de los básicos. Mi padre habrá besado la bandera de España únicamente cuando hizo la mili. Para que se hagan una idea, mi padre fue feliz en la mili. No porque tuviera la más mínima vocación sino porque nació en la posguerra y en el servicio militar tenía garantizadas un par de comidas al día. La pasó en Ceuta pelando a los compañeros, mayormente, y maldita sea la hora, que se llegó a creer que tenía idea de pelar y de chico me dejaba como un Cristo. De hecho, después de la mili, mi padre sólo peló asiduamente a mi abuelo, que era calvo y tenía poco que cortar; a un Bretón que estaba de los nervios y tenía nombre de capitán del Chelsea -Terry-; y a mí. A mí, que cuando salía Miguel Bosé en la tele con la coleta cantando “Bandido”, lo flipaba sentado a los pies de la tele, en el poyete de la mesa camilla, mientras mi padre, sentado en la silla como dios manda, al fondo juraba en arameo por el “maricón de los cojones”. Lo que para un niño de cuatro, cinco o seis años resultaba fascinante, para mi padre -el español medio, repito- era una provocación. Más aún siendo Bosé hijo de quien es. Miguel Luchino González Dominguín Bosé, se llama, y algún apellido me falta. Mi padre es muy de los toreros, de hecho varias veces le he sorprendido diciéndole a mi hijo “Tú vas a ser torero, pero de los que se arriman”. Mi padre puesto a valorar, valora más la valentía que el arte. Alfredo Landa total. De bruto, y de tierno. “Dónde cojones irá con esa pinta”, seguía despotricando mi padre mientras yo, en el subsuelo de la camilla, miraba con admiración a Miguel Bosé con el pañuelo en el bolsillo de los vaqueros. Como si lo estuviera viendo. Ahora entiendo que mi padre, como España, como pasa con Antonio Alcántara en “Cuéntame” -que si no pasa por nuestro padre, es clavado a nuestro tío- fue evolucionando o, simplemente, cambiando. De una España gris oscura tirando a casi negro o directamente de luto -a mi abuela Eduarda yo sólo la conocí enlutada hasta la cabeza, toda su vida de negro-, se fueron adquiriendo otros matices cromáticos. Mi padre, criado en el campo, de la Sierra de Huelva, de Zufre, casi extremeño -no dejen de visitar el Bar de los Benitos, que son mis primos-, donde la hermana de Griñán tiene casa, fue aprendiendo lo que era la democracia y las libertades poco a poco. Como el país. Casi sin darse cuenta. A medida que pasaban los años, fue viendo con normalidad lo que es normal, es decir, la diversidad, al punto que cuando a mí me dio por ir con coleta por la vida nunca me dijo siquiera “Niño, dónde vas con esos pelos”; y no saben ustedes la vara que me dio mi madre durante años.

Reconduciendo, como diría Teodoro Montes en la comisión de investigación de la formación, mi padre es lo que era un español medio hasta ahora. Un tío que (casi) lo único que sabe hacer es trabajar, desde que tenía 5 o 6 años y al que su abuelo le liaba los cigarros para que diera sus primeras caladas. Pues eso, el español medio hasta ahora, jubilado ya, con sus achaques, aficionado a los programas de cocina, cocinillas y amo de casa de los 65 a esta parte, con su inteligencia emocional -de la otra nunca ha ido sobrado, el teórico del carnet de conducir se lo sacó a la decimoquinta- es de izquierdas man non troppo, que significa “no demasiado”, papá. Centro izquierda, vaya. Votó al PSOE siempre que pudo, hasta que no tuvo más remedio que “cagarse en la puta madre de estos tíos que nos están robando”. Entiéndase, mi padre trabajaba de 8:00 de la mañana a 1:00 de la noche fácil todos los días, parando a medio día a comer media hora o comiendo cuando podía y en la tele día sí y día también salía Roldán, el hermano de Alfonso Guerra, el otro y el de la moto. Ya he mencionado que se trata de una generación que lo único que sabe hacer, y no es poco, es “trabajar como un cabrón de sol a sol”. Cuando el PSOE de Felipe González ya apestaba, votó por oposición “al del bigote”. (Mi madre le fue fiel hasta el final a Felipe, pero es que mi madre es felipista igual que las niñas de ahora son Believers). España vivió unos años buenos. Los años buenos de la burbuja. Con las bombas del 11M, como el españolito común, fue a votar influenciado por este acontecimiento. Si no, igual ni hubiera ido. Confió en ZP y ocho años después no tuvo más remedio que cagarse también en sus muertos. Mi padre es muy de cagarse en las cosas. Muy como La Casera, se viene arriba con nada y se queda en nada antes. En Andalucía creo que siempre ha votado al PSOE. De Arenas, por lo que sea, simplemente no se fiaba. En las pasadas elecciones nacionales votó a Pedro Sánchez. Desde ayer, ya sabe que hay elecciones anticipadas. La sensación de mi padre, de la calle, o sea, es que “a Rajoy no lo quiere nadie y si no lo quiere nadie, por algo será”. “Pero el tío no se va”. “Como todos quieren que sea vaya, yo también quiero que se vaya”. Pedro Sánchez le parece que ha estado mareando la perdiz, “tonteando” con unos y con otros. Podemos no le gusta “ni un pelo”. “El de la Coleta, ni a tiros. Ése es un radical. Del partido de Hugo Chávez, del que le decía al Rey ‘por qué no te callas‘”. “Así que voy a votar al pequeño”, dice. 

“¿El pequeño quién es, papá?”. El pequeño, obviamente, por eliminación, es Albert Rivera, el niño bonito de Metroscopia, que no es que sea pequeño pero que tampoco es grande y más comparado con Rajoy y Pedro Sánchez. Al españolito medio más o menos informado y preocupado por las cosas del día a día le parece que Rivera “ha intentado hablar con todos”. Por eliminación y por eso, igual le premian. “Eso sí, gana otra vez el PP”, sentencia. El PP, el suelo de los siete millones de votos no hay quien se los quite. Así haga el pino puente Rita Barberá, Rodrigo Rato y el señor Bárcenas. Así pillen a Marcelo, el ángel de la guarda del ministro de Interior, como en aquel temazo de Sabina para un programa de cocina de la época. Con las manos en la masa. 

Si la campaña electoral no cambia mucho la cosa, que no la va a cambiar, en base a la realidad de la calle de mi padre, todo apunta a que Ciudadanos esta vez sí puede ser la bisagra para que el pacto encaje. Todo dependerá, como hace cinco meses, de si don Mariano se entera de que “todo el mundo quiere que se vaya”. A Javier Clemente también le cuadraban las estadísticas hasta que se tuvo que ir por cojones. Está por ver si Rajoy quiere irse como Luis Aragonés -que eligió su destino, aunque fuera por cabezonería, y quedó como dios- o tiene que venir Chipre a ganarnos para que, como le dijo mi padre a aquel señor de las vascongadas, “se vaya de una vez a tomar por culo”. Los “Santos Inocentes” lo tienen clarinete. Hay que pensarse dos veces la opción de preguntarle a mi padre “si tiene huevos”. Hay que pensarse dos veces, señorito, si conviene matar a la milana y jugar con la paciencia y el pan de los millones de personas que, como “Paco, el bajo” o como mi padre, suponen el último reducto de decencia en un cortijo con pintas de Babel y ventanas a la calle. Lo escribió Delibes: “El pájaro perdiz no abandona el surco cuando apeona a ocultarse”.

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Maradona y las estrellas; los mitos y las farsas

Cuenta ese hombre pegado a la melancolía que es Calamaro que Maradona «no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero», lo cual no deja de ser una perfecta descripción física del «Pelusa». Escuché alguna vez a ese rapsoda del fútbol que es Jorge Alberto Valdano, con su eterna prosa poética, algo así como que «ser Maradona nunca ha debido ser algo fácil». Una noche de vino y rosas, preludio de cánticos y aleluyas por la senda de la Puerta de la Carne, me lo corroboraba ese “pequeño mágico catálogo de seres y estares” que responde al nombre de Lucas Haurie. Maradona es dios, decía, ante la perplejidad de los Reyeros, Murieles, Maldonados y demás periodistas de la vida presentes, todos ellos ateos en el difícil arte de la fe porteña. Y con todo, yo, que no creo en dios pero creo en hombres, respondí que el Diego, más que deidad con cimientos de barro, es héroe clásico, cual Aquiles, con zurda mística e inmortal. Mitad divino, mitad humano. Como el de los pies ligeros, Maradona nació con el don de conquistar el cielo y cuantas copas del mundo hubiera querido ganar él solo, regateando cuanto inglés saliera a su paso, que aún podría estar regateando si quisiera, y con la tara de, a fin de cuentas, ser humano. De ahí la tragedia de la que hablaba Valdano: ser dios siendo hombre; asimilar desde que no eres más que un niño que has sido elegido para la eternidad; comprender que personas de la Argentina toda recorren el país en procesión sólo para contemplar al que dicen es el salvador del país; ser una persona normal sabiendo que todo el planeta te venera – «te quiero más que a mi hijos», le gritaban en Nápoles–; aceptar que allí por donde pasas, se instalan altares en tu honor … como si fueras Aquiles, como si fueras Maradona. Dice Eduardo Galeano en su «Bocas del tiempo» que «doña Tota llegó a un hospital del barrio de Lanús», con un niño en la barriga. «En el umbral encontró una estrella, en forma de prendedor». De una parte, mechero, de otra, astro. «De un lado de plata, de otro de lata». La estrella acompañó a doña Tota en el parto. El recién nacido se llamó Diego Armando Maradona. El mito murió con el último pitido del árbitro, cuando Diego dejó de ser un hombre pegado a una pelota. Ahora, el dios, el diez, la tragedia vestida de pensamiento mágico, deviene triste farsa catódica y mediática.

Los ríos secretos de la Antártida

El duelo es el proceso de adaptación emocional que sigue a una pérdida. El 22M rozó el homenaje al filme «Cuatro bodas y un funeral». El resultado desembocó en tres festejos –el único verdaderamente feliz, el de Ciudadanos– y tres sepelios y medio (UPyD; PA, que igual ya estaba políticamente muerto; IU; y PP, que anda enfermo). En lo que a representación parlamentaria y expectativas se refiere, la comedia británica del 94, el año de la «pinza», pero al revés: «Una boda y cuatro funerales». Se habló también de la defunción del bipartidismo pero los últimos movimientos vislumbran que de la alternancia entre las grandes formaciones, como de un edredón en invierno, no es sencillo salir. El líder del PP-A, Juanma Moreno, por primera vez desde el 22M varió el tono. El primer estado del duelo es la negación. El segundo, el enfado, la indiferencia y la ira: «Susana Díaz manda a negociar a unos ‘hooligans’, nos insultan y después pide que apoyemos».

Moreno reclamó un «cambio de actitud» a la presidenta en funciones, a la que pidió que aprenda a «escuchar, hablar y dialogar» en contraposición a «la única manera que sabe (de negociar), que es bronca y confrontación», a pesar de que los ciudadanos «han pedido diálogo». Moreno recordó que es a Susana Díaz a quien le compete la responsabilidad de formar Gobierno, pero «pasan los días y veo lentitud y pasividad a la hora de establecer contactos».

«Díaz manda a negociar a unos ‘hooligans’, nos insulta y encima nos pide que le apoyemos; negociar es escuchar, dialogar y ceder; le hace falta un curso intensivo y rápido sobre negociación», añadió el presidente del PP-A, que incidió en que Susana Díaz «no puede estar sentada en San Telmo esperando que se resuelvan los problemas», sino que «tiene que mover pieza». Por ello, pidió a Susana Díaz que «se ponga a trabajar, que ella personalmente se acerque a los grupos parlamentarios, a los partidos», y que «coja el toro por los cuernos». «Es importante que el Gobierno se ponga a trabajar con el objetivo de poner en marcha reformas que nos traigan oportunidades y empleo», añadió, «además de medidas de transparencia que eviten que nos encontremos con más casos de corrupción en Andalucía». En relación a la Mesa del Parlamento, Moreno insistió en que «no tiene sentido» que el PP, con 33 escaños, tenga la misma representación que IU, que tiene cinco. Esta «imposición» del PSOE y de Díaz, «que ha buscado la mayoría para controlar iniciativas parlamentarias», supone «un flaco favor a la democracia parlamentaria y al entendimiento», ya que, agregó, ha sido como dar «una patada en la espinilla a 1.064.000 andaluces» que han votado al PP.

Un hecho social es aquel fenómeno que tiene una pluralidad de dimensiones y no puede explicarse por una sola de ellas. Como la Semana Santa, el fútbol o la política. La definición de «hooligans» utilizada por Moreno apunta directamente a los negociadores socialistas Mario Jiménez y Cornejo. Como una suerte de Vinnie Jones –«Sentía su aliento detrás de mí. Se me acercó y me dijo: ‘Me llamo Vinnie Jones, soy gitano, gano mucho dinero. Te voy a arrancar la oreja con los dientes y luego la voy a escupir en la hierba. ¡Estás solo, gordo, solo conmigo!’», relató Gascoigne), que ahora hace de gángster o sicario en el cine, y de Gentile (recordado por su intento de dejar inválido a Maradona, su «Matar a un ruiseñor»). Decían los griegos que la frivolidad es necesaria para no morir de intensidad. Los puentes de la investidura están rotos. Las relaciones ya son como los ríos secretos de la Antártida.

El secretario de Política Institucional del PSOE-A, Francisco Cornejo, respondió a las «provocaciones» e «insultos» asegurando que «no van a apartarnos de la senda del diálogo». «Por más que se empeñen en dinamitar los puentes y dificultar los contactos vamos a mantener abierta la interlocución, porque los socialistas hemos entendido perfectamente que éste ha sido el mandato de las urnas», indicó Cornejo. El socialista lamentó que «el PP pierda los papeles después de haber caído en picado en las autonómicas. La derecha andaluza está demostrando su nerviosismo. Moreno sabe que su liderazgo está en la cuerda floja y se comporta como una marioneta de Arenas y como lo que siempre ha sido, un mandado de Rajoy». «Desde el 22M, el PP-A anda perdido, sin rumbo, desorientado por el duro golpe recibido en las urnas y, desde ese día, persiste en una estrategia perdedora, comportándose de un modo absolutamente irresponsable». Para Conejo, «los negociadores designados van a seguir desarrollando su tarea en nombre de todos los socialistas, hablando de las cuestiones relativas a la investidura, con total transparencia y desde el impecable respeto y la consideración a todas las sensibilidades, como se ha demostrado en la ronda de contactos». El tercer estado del duelo es la negociación.

Del líder de C’s, Juan Marín, lo último que trascendió es que la primera sesión plenaria, como quien aparece en un fotograma del 23F junto a Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, le pareció «tranquila». Por parte de Podemos, Teresa Rodríguez pidió responsabilidad y sensibilidad con los andaluces «no con la voluntad del PSOE», criticando la «poca generosidad» del PSOE en la Mesa, «que debería tener una representación más compensada». Sergio Pascual, el hombre de Pablo Iglesias en Sevilla, asegura que «votaremos ‘no’ a la investidura si no aceptan nuestras propuestas».

La Mesa del Parlamento, en su primera reunión tras su constitución, aprueba hoy la estructura organizativa de los grupos. Se prevé que el presidente del Parlamento inicie la semana próxima los contactos para la investidura, con el rumor de nuevos comicios en septiembre al acecho. El cuarto y quinto estado del duelo son el dolor emocional y la aceptación.

Yo vi a De la Peña parar el tiempo

Yo vi a Iván de la Peña parar el tiempo. Le vi marcar goles desde distancias siderales, con ese temblor, un instante antes, que se siente en el espacio cuando va a pasar algo. Algo va a pasar, piensas. Sientes. Y el tiempo ya se ha parado. Se produce un destello imperceptible a simple vista. Entonces, Iván de la Peña ya ha armado la pierna y el balón vuela en parábola por encima del portero. Ante esos pequeños milagros, la afición, de uno y otro signo, sólo puede aplaudir. Yo lo he vivido. Iván de la Peña resolviendo un partido que dominaba el Betis de principio a fin. Iván de la Peña articulando el mundo y ganando 0-3. (Hijoputa). Iván de la Peña reencarnado por momentos en Maradona y Laudrup a un tiempo. Lo pelat, el Pequeño Buda, porque algo, algo chiquito -que ahí radican las cosas grandes-tenía de dios. Y dios, si existe, a ratos se viste de futbolista con la maldita virtud de extraer belleza entre lo frágil. La música de los corazones sublimados. Los mediocres -por definición, aquellos incapaces de ver más allá de su ombligo- dirán que era un jugador que no daba equilibrio al juego. El equilibro es la mayor de las mentiras del fútbol, en la que se arropan los entrenadores y jugadores malos. Los tahúres. Un futbolista es bueno o malo, no da o quita equilibrio. Si De la Peña sumaba +10 en ataque, en creación, en pase y en gol -los elementos que diferencian al fútbol de la petanca, mayormente- y defendiendo sólo era +3, con poner un jugador de cierre junto a él sobraba para ganar los partidos. Dicen que fue un poeta maldito, “un jugador de dibujos animados”. Y los malditos fueron los que no supieron apostar por su fútbol. El mayor talento del panorama patrio de los últimos 20 años, desde que irrumpiera con 16 años, o menos, en las categorías inferiores del Barcelona, llegado de Cantabria. Nadie le ha pedido jamás a Makelele que diera un pase de De la Peña. Sin embargo, a De la Peña sí se le pidió que defendiera como Makelele. La autenticidad tiene algo de anomalía. Era diferente, como una calada a un cigarro mentolado. Sus pases cuestionaban las coordenadas espaciotemporales. Una tarde, en El Sardinero, lanzó un balón a la banda izquierda de tal modo que, en la línea de fondo, el esférico, que parecía que salía, volvió hacia atrás, justo cuando llegaba el compañero. Que Einstein explique cómo es posible que un balón que va en una dirección lanzado desde 40 metros se pare unos segundos y vuelva otros dos o tres metros en dirección opuesta. Cómo se puede dibujar el vértice de un ángulo, en distintos tiempos, con un balón. Por menos han beatificado a Juan Pablo II. Como Peter Pan, tuvo que refugiarse en NuncaJamás. Sólo ha sido cinco veces internacional absoluto, bastante antes de los tiempos de Xavi e Iniesta, herederos aventajados del pequeño Iván De la Peña. Pese a ello, pese a que salió del Barcelona, fracasó en la Lazio y el Olimpique, no tuvo minutos, de nuevo, en el Camp Nou, y se refugió en el Espanyol, ya pertenece a ese limitado Olimpo en el que moran, rodeados de mujeres desnudas y un balón, Mágico González, George Best o Paul Gascoigne. La guarida que esperaba a Guti. Cuando la prioridad es la belleza, los títulos, que también ganó, no valen nada. Iván de la Peña ha detenido el tiempo por última vez. Y ya, como el humo de un cigarro mentolado que muere en el sueño de un beso en primavera en los labios, Iván de la Peña -inquilino del claroscuro, ave del paraíso, habitante del misterio, ángel de tempestades-, en su última jugada, ha roto el tiempo y, para siempre, es eterno.