“Adopta un reportero”: retazos de una especie en peligro de extinción

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El tatuaje de la Leica M3 del 62 de su abuelo, en la diestra, le delata y esconde en tinta el cruel recuerdo de «la felicidad» hecha cámara. Un vestigio del pasado. Cualquier tiempo pasado fue anterior pero no necesariamente mejor («que también»). Un tratado del oficio de mirar y ver. De detener el tiempo en un mundo que no para. La contradicción de una foto. La antigua alquimia de encerrarse en un cuarto oscuro y parir la luz. Un proceso, un parto, ahora reducido al duelo frente a la pantalla de retina de un ordenador. «Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo», decía Hemingway. Lo único que detiene el tiempo es una fotografía. El retrato de un instante enmarcado en una ilusión de eternidad.

Manuel Olmedo (Sevilla, añada del 62, como la Leica M3), sonámbulo sereno, casi de una pieza como el pabellón de Japón de la Expo, Canito sin ruedo, podría definirse, que no limitarse, como la mirada callada del niño que mira la arena de la playa. Una protesta y una fiesta silenciosa en el universo interior de una vocación monástica. Aquello que decía Belmonte, aplicado a la fotografía: «Se torea como se es» y se fotografía como se es. Aunque tiene en su archivo de infinitos gigas retratos del Rey Juan Carlos, Obama, Indurain, Springsteen, Paco de Lucía o «El Lebrijano», prefiere las instantáneas de los niños, descalzos pero felices o felices aunque descalzos, que juegan en el Vacie. Su exposición es sobre los suyos, los «foteros». Los versos sueltos de la industria –es un decir– de la información –otro decir–, convertida en comida basura ahora que Facebook enlata estribillos de Roberto Carlos –«Quiero tener un millón de amigos»– e Instagram crea la ilusión de que cualquiera es fotógrafo. Seres autónomos, que no autómatas, generalmente con salario de dependiente de restaurante de comida rápida, menos protección social que un toro en Tordecillas y con equipos de 10.000 euros a cuestas.

Se quedó instalado en los chistes de Chiquito y siempre saluda con un «Qué pasa, fistro» o «Dónde vas, peaso». En puridad, es aplastante lógica. Atendiendo a sus iniciales y con un título nobiliario de por medio, Manuel Olmedo Rengel podría firmar perfectamente como «Conde MOR». Nobleza obliga. El tipo, en fin, que firma el pie de fotos de éstas sus páginas, callado –la cantidad de ruido que uno hace suele ser inversamente proporcional a su valía.–, con la ilusión de la víspera de Reyes, y que deja a Stajánov al nivel del perezoso abrazado a la rama del árbol. Sólo el 3% de la población tiene los ojos verdes. El porcentaje de personas con el (maldito) don de mirar y ver puede ser estadísticamente inferior. El tanto por ciento de fotógrafos que pueden vivir dignamente de su oficio es aún más pequeño. «Y si cree que el dinero no tiene importancia, pruebe a pedirlo», sostiene Woody Allen. «Cierran las delegaciones y hay mucho más que reivindicar. La gente suele acordarse del redactor que está contratado pero no del 95% que es colaborador y si un periódico se va a la calle, se queda sin nada», proclama.

«Los creadores de la memoria visual de la sociedad», apunta Luis Serrano, comisario de la muestra. «Los notarios de la ciudad», define Olmedo a los protagonistas de los cuadros, cazados en blanco y negro, «que es la pureza del retrato, la escala de grises destaca a la persona», con «una cámara pequeña que llevo siempre», en alguna de las interminables guardias de los juzgados (que el patrón de los periodistas, San Francisco de Sales, guarde en su gloria a la jueza Alaya), un cruce de caminos bajo un soportal donde siempre sopla el viento y ruge la marabunta de la «rabiosa actualidad». Cuando Groucho Marx se fue a buscar fortuna, su madre le dijo que no volviera y su perro le mordió. Cuando Olmedo confesó en casa que iba a ser fotógrafo, orgullosos, le dijeron «que estaba medio loco». Para Olmedo, el barrio de Los Pajaritos es como la franja de Gaza y subir la Cuesta del Rosario, escalar el K2. Tiene alma de Quijote y talante de Sancho, lo que viene a ser un loco cuerdo o un cuerdo loco. Olmedo trabaja lo imposible. El plano cenital de la Torre Sevilla; el balcón frente a la escena del crimen antes de que al volver hayan instalado un Starbucks; el confesionario desde dentro. Olmedo, dotado de tan buen olfato periodístico como el loro aquél que le salvó la vida en un escape de gas, sabe lo que es «que te pongan una pipa en la sien» por una foto y por la precariedad del oficio.

Ciento ocho retratos más uno –el suyo, a cargo de Jesús Morón– recogidos ahora en el Ayuntamiento de Sevilla. Los ojos que se esconden tras la cámara, delante del objetivo, «protagonistas por primera vez en algún sitio». El legado de una estirpe de «foteros». «Mi bisabuelo fue uno de los primeros reporteros de guerra y mi abuelo también era fotoperiodista. Los fotógrafos de esas épocas tenían una base cultural bastante grande, sabían de química, estaban metidos en un mundo de artistas y en los libros salen sus nombres». A saber: Carlos Olmedo Carmona, testigo de la toma del Gurugú, y Manuel Olmedo González, que acabó como fotógrafo oficial del Betis. Más de un siglo contando lo que pasa, fotografiando lo que ven, en una sana competencia que no riñe con la hermandad: «Aquí nadie se va sin la foto».

En la muestra «están todos los que son pero no son todos los que están». Ruso, Acedo, Paco Puentes, Aníbal González, Kiko Hurtado, los hermanos Caro… Retazos de una especie «en peligro de extinción» en la reedición de una muestra con la colaboración del Consistorio –como antes de la Cámara de Comercio–, Fujifilm España, Martín-Iglesias y la Asociación de la Prensa. Las fotografías surgieron de una broma con el cámara Mariano Valladolid, profesional XXL. Del decano Ruesga Bono a la benjamina Inma Flores, con los Morenatti –«Siempre están por ahí»– en espíritu. «Adopta a un reportero. Me sobra mes para este sueldo», cosa seria, plasma, latente tras unos ojos, la ilusión del castillo construido en la arena y que, así vengan las olas, se mantiene en pie. Como el espíritu del verdadero periodismo, resquebrajado y a la vez intacto.

Hasta el 7 de octubre en el Patio Mayor del Ayuntamiento de Sevilla.

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De móviles requisados, retenciones de periodistas, la juez Alaya y la falta de medios de los juzgados

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La juez Mercedes Alaya. Fotografía de Manuel Olmedo.

La voz de la juez Alaya, como la nariz de Cleopatra VII, es un misterio. A Mercedes Alaya, como a los emperadores de la dinastía Ming, nadie la nombra en los juzgados de Sevilla. En el Prado de San Sebastián, por los pasillos, la llaman «Su Señoría». Los más intrépidos, se atreven con un «doña Mercedes». La innombrable. La jefa de todo. La emperadora de todo. La instructora de las megacausas que tienen en jaque a las que pasan por las dos instituciones con más fieles de Sevilla: el Real Betis Balompié y la Junta de Andalucía. No necesariamente en este orden. Si a Alaya le molesta la presencia de los periodistas enrededor de su juzgado, el juez decano acepta y exilia a la prensa a un banco varias plantas más abajo. La capital de Andalucía, conviene recordarlo, alberga su sede judicial en unos edificios infradotados, sin medios, a la espera de una Ciudad de la Justicia que legislatura a legislatura se promete pero no llega. Los periodistas no tienen ni una sala en la que ejercer la libertad de prensa de una manera digna. Las quejas de la Asociación de la Prensa de Sevilla caen continuadamente en saco roto ante el TSJA. Se da la circunstancia de que el único enchufe que funciona en la planta del juzgado de Alaya está junto a su despacho. La magistrada, tras regalarle al periodista de LA RAZÓN la oportunidad de escuchar su voz –escasas personas, y menos sin imputar, la han escuchado– y mantener una conversación sobre su móvil, que se estaba cargando, cuestionó al redactor si «¿no hay en todo el edificio más enchufes que el que está junto a mi despacho?». Minutos después, la juez apareció con un Guardia Civil que instó al periodista a acompañarle, tras lo que se le «requisó» el teléfono y posteriormente se le «identificó» debido a que «Su Señoría ha dado orden de averiguar si se ha grabado algo». Tras algo más de 30 minutos de retención, en una labor que a los propios agentes de la Guardia Civil les resultaba ingrata e inspeccionar que efectivamente el móvil ni siquiera había sido encendido, el redactor de LA RAZÓN, que en todo momento estuvo apoyado por los compañeros presentes de otros medios, pudo salir de las dependencias policiales del Juzgado de Guardia para continuar con su labor. Una anécdota -o un magnífico homenaje a modo de charlotada en el aniversario del nacimiento de Chaplin- que revela el grado de nerviosismo de doña Mercedes y la presión que sufre. Su Señoría.

La corrupción que no cesa

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La jueza Mercedes Alaya. Cedida por Manuel Olmedo.

En los debates de campaña, los partidos han acordado denominar «Transparencia» al apartado en el que sacan la artillería sobre la corrupción. En el primero y penúltimo, en Canal Sur, Juanma Moreno tiró de recurso fotográfico para retratar a Susana Díaz flanqueada por Chaves y Griñán. Díaz respondió a Moreno con una portada en la que aparecía entre «los bienpagados» del PP en relación al «caso Bárcenas». La corrupción, tan instalada en el día a día de la política andaluza, entra en campaña.

La estrategia contemplada por Susana Díaz cuando decidió adelantar las elecciones se enturbió cuando el Supremo llamó a declarar a Chaves y Griñán. La presidenta contaba con ser la primera fuerza en intención de voto. También preveía posibles movimientos desde el juzgado de Mercedes Alaya, de ahí que se apresurara a blindar a los consejeros señalados en la Diputación Permanente del Parlamento. Los imponderables se han presentado de forma exógena y endógena. Pedro Sánchez «cortó» la cabeza de Tomás Gómez en Madrid, acabando con uno de los posibles apoyos de la presidenta andaluza de cara al hipotético asalto al tablero nacional. El fuego amigo hizo pupa y Sánchez sólo está en cartel para los mítines andaluces en dos ocasiones. El viernes en Almería apenas se trataron fuera del escenario. Ayer Díaz dio por hecho que Rajoy gobernará los próximos 4 años.

El Supremo citó en calidad de imputados a los ex presidentes de la Junta Manuel Chaves y José Antonio Griñán, esto es, quien la colocó a ella a dedo como presidenta y quien a su vez hizo lo propio con su valedor. Además, están citados varios ex consejeros: Zarrías, Moreno y José Antonio Viera, de quien Díaz fue mano derecha y sucesora en el PSOE de Sevilla. Casi paralelamente y hasta hace unos días, la operación «Edu» culminó una nueva fase, con cientos de detenciones. Los ERE, las facturas falsas, los fondos de formación, Invercaria, el caso Madeja o antes el «caso Malaya» forman parte de la crónica andaluza desde hace más de una década. Esta inestabilidad se fraguó en forma de bipartito en 2012.

«Malaya» pasa por el mayor caso de corrupción urbanística en España. La investigación arrancó en 2005 y provocó que por primera vez una gestora se hiciera cargo de un Ayuntamiento. El fraude rondó los 2.400 millones. El «caso Edu» investiga las supuestas irregularidades en la formación a cargo del Servicio Andaluz de Empleo, arrancó en 2014. El ex consejero de la Junta Ángel Ojeda, presuntamente, es uno de los grandes beneficiados. Podría haber recibido más de 50 millones. La «operación Edu» suma ya 245 imputados. Las ayudas superan los 2.000 millones, aunque está por ver qué cantidad es la defraudada.

El «caso ERE» nace del «caso Mercasevilla» (2009), en el que se grabó a los directivos pidiendo «mordidas», «para carteles de Felipe y los niños saharauis». «La Junta ayuda a quien le ayuda» es una de las frases más recordadas. El «caso de los ERE» ha pasado de un fraude de «cuatro golfos», como sostenían los socialistas, a la imputación de hasta los ex presidentes. La llamada «paz social» –el argumento base del «fondo de reptiles»– ha salido muy cara a las cuentas públicas y está por ver quién paga la cuenta. La paz social en Andalucía, como la muerte en la película de Sergio Leone, tenía un precio. Desde 1991 hasta ahora, alrededor de 128.000 millones bajo el marchamo de la legalidad. Con ese montante, se podrían haber adjudicado 32 obras como las del Canal de Panamá. La causa cuenta con unos 270 imputados y el fraude estimado por la juez Alaya es de 855 millones. Más de 60 son cargos y ex altos cargos de la Junta; más de 40, de empresas; una quincena de sindicalistas; otros tantos de mediadoras; una decena de abogados; cerca de 75 intrusos; y varios testaferros.

El «caso Invercaria» estudia las inversiones de capital-riesgo de un ente de la Junta. Hay una treintena de empresas investigadas que recibieron ayudas pese a que sus proyectos tenía una mínima base. El fraude puede elevarse a unos 50 millones.

El «caso Madeja» o «Fitonovo» se centra en el pago de mordidas por parte de esta empresa en diferentes administraciones para la obtención de contratos públicos; rebasa las fronteras andaluzas. Las mordidas superan los 4 millones. Sólo en el Ayuntamiento de Sevilla, la empresa habría obtenido contratos de más de 45 millones.

Los sindicatos de clase, a diferencia de las pasadas elecciones, cuando apoyaron a Griñán, están mostrando un perfil bajo. UGT está salpicado por el «caso de las facturas falsas» y, como CCOO, por el «caso ERE», en el que se les acusa del cobro de sobrecomisiones. La Junta ya ha pedido la devolución de más de 15 millones sin justificar a UGT.

La corrupción es el segundo problema para los andaluces, con un 49%, tras el paro, con casi el 89%. El mismo estudio del Cadpea previo a las elecciones de 2012 posicionaba a la corrupción como el tercer problema (20,7%), tras el paro (90,5%). El PSOE logró el peor resultado que se le recuerda en la comunidad, perdió las elecciones pero le valió para seguir gobernando. Ahora, parece que el hartazgo por la corrupción es aún mayor. El «efecto Susana» se la juega al todo o nada.

Entre los citados casos, el fraude puede rondar los 5.500 millones, esto es, la mitad del Presupuesto de la Consejería de Igualdad, Salud y Políticas Sociales para este año, apenas 500 millones menos que el montante de la Consejería de Educación, Cultura y Deporte; o el doble que lo destinado a la Consejería de Economía, Innovación, Ciencia y Empleo.

Díaz, oficialmente, rompió el pacto por la inestabilidad que le daba el teórico acercamiento nacional de IU a Podemos. De confirmarse las encuestas, la presidenta se verá abocada de nuevo a pactar. El desgaste político se antoja obvio. Si bien, en las pasadas elecciones Griñán estaba tanto o más señalado por los casos de corrupción y el castigo electoral le dio para seguir gobernando. El pueblo tiene razones que la Justicia no entiende.