Podemos ad portas

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Íñigo Errejón, en “las setas” de la Encarnación. Por Kiko Hurtado.

La energía potencial de la gravedad no detiene su funcionamiento, como los países con Gobiernos en funciones; la arena no deja de caer en el reloj y el calendario dibuja siete días y seis noches hasta el 26J. La última semana de campaña, aderezada con la estimación de voto del CIS, pesa en el ambiente. Los ataques del PSOE a Podemos van in crescendo. Los morados continúan susurrando aquello de «Pedro, yo no soy tu enemigo». El PP se agarra al voto útil. En Ciudadanos emulan a las tropas del General Santana, «los que tocaban a degüello» con la mira puesta en Rajoy. Socialistas y naranjas han elevado su acuerdo (de intento) de Gobierno a pacto de no agresión. El término «ocasión» proviene del latín «occasio», que significa «oportunidad». Andalucía pasa por el destino final, 61 escaños en liza. Entre la ocasión de unos partidos, la brontofobia y el ocaso de otros.

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La púrpura mortal del César

Sevilla (Andalucía)-Zoido presenta sus propuestas para que las administraciones cumplan su compromiso con Sevilla.18-5-2011.Foto cortesía del PP de Sevilla.

Zoido presentando sus propuestas para que las administraciones cumplan su compromiso con Sevilla. Mayo de 2011, foto cortesía del PP de Sevilla.

El color púrpura fue descubierto por los fenicios y cargado de connotaciones por los romanos. En tiempos de César, un pañuelo de ésos que gasta el director de Fibes, Felipe Luis Maestro –presente en la sala, como José Joaquín Gallardo, Santiago Herrero, María José Segarra y otros representantes sociales–, teñido de púrpura podía costar el sueldo de un mes de un funcionario y, en el siglo III a. C., un kilo de la púrpura de Tiro costaba tres veces el salario de un panadero del corte de Juan Gallardo, el tendero de Su Eminencia, también presente, protagonista de la campaña de Zoido. Sigue leyendo

Mafalda está en “las setas”

Aunque le llamen «spanish revolution», no hay que ser un genio –basta con no ser político– para comprender que la vocación de este movimiento es la de la bacteria, esos organismos capaces de romper la parte más dura del organismo. Con la pretensión de que el graffiti escrito en una pared de San Francisco –«Si el voto cambiara algo, sería ilegal»– se convierta en anatema. El «conseller de Interior» catalán, Felip Puig, se ha convertido en el máximo impulsor del movimiento 15-M, también en Sevilla, ahora que languidecía y las «setas» devenían en Casas Viejas al aire libre, previo paso por el Decathlon, que ha hecho el agosto con las tiendas Quechua, y en clases de capoeira y otras actividades gratificantes para el espíritu humano.

«La Subdelegación dice que somos 215; la Policía , 43; la Junta, que ha llovido y no estamos. La realidad es que somos mucha gente», decían a través del megáfono, con guasa, los organizadores. La realidad, según los agentes que custodiaban la marcha, es que «entre 5.000 y 10.000 personas» partieron de la Plaza de España, al lado del mercado medieval del Prado, rememorando tiempos donde los lacayos trabajaban para los señores con la intranquilidad del mañana. «Como la reforma laboral», acertó a comentar un manifestante. Ahora. Tiempos en los que las ofertas de trabajo derivan del anuncio de Shackleton en la prensa reclamando voluntarios para la Antártida: «Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito». «No somos antisistema, el sistema es antinosotros», gritaron. Y algo de cierto debe haber, porque el gentío hizo en el sentido de la circulación hasta la rotonda del Prado.

Otros muchos se fueron sumando por el trayecto. A las 21:05, en las «setas» –donde se gritó «No estás sola, Barcelona» y «Sin banderas» cuando un espontáneo ondeó la tricolor–, más de 10.000. Por megafonía, aseguraron que la Policía habló de 23.000, pero el Cecop, para variar, un clásico, ni confirmó ni desmintió.

Entre los asistentes, «perroflautas», haberlos los hubo, para qué negarlo. Y en paridad. También es cierto que una de cada cinco asistentes –según todos los dentistas del país, el 20%–, carece del carné de socia de cualquier tienda de lencería en, quizás, una velada llamada a la libertad. La mayoría eran personas en apariencia –no se ofenda nadie– «normal». Jesús Maeztu, el Comisionado para el Polígono Sur, por ejemplo. Padres y madres de familias con niños, jubilados, personas con discapacidad, grandes y chicos. Muchos, con camiseta de Mafalda, con la carga idealista que conlleva. Violencia, en este caso, ni contra la sopa. Lo más radical fue un sonoro abucheo frente a la sede del Santander y el cántico del himno oficioso del movimiento, el «Pena, penita, pena», en el Metropol. «Tú sí que vales», le respondieron.

La «revolución» en los tiempos de la crisis canta «Banquero, suelta mi dinero», «Le llaman democracia y es mentira», «No nos representan», «No hay democracia si gobiernan los mercados», «Televisión, manipulación», «Manos arriba, esto es un rescate», «Un banquero se beneficiaba de la burbuja inmobiliaria, como veía que no se rompía fue a llamar a otro banquero», «Islandia mejor que Disneylandia». A esta «revolución» le pasa lo que a las Quechua. Se montan solas. A ver quién es capaz de desmontarla.

mafalda_democraciaY otra metáfora puede ser la hiena, con su mala prensa. El carnívoro que, a diferencia del león –hermoso y poderoso–, trae la comida para su familia y come el último. El sarcasmo es una forma de asumir la derrota y la existencia. Con cinco millones de parados, España es un país habitable, igual que los testículos de cerdo son comestibles. Depende del hambre. Las hienas no protagonizarán películas de Disney, pero se ríen de las circunstancias. Como la tira de Quino en que Mafalda lee en el diccionario la definición de democracia: «Gobierno en el que el pueblo ejerce la soberanía». Y se pasa varias viñetas riendo. El movimiento 15-M decidió seguir en «las setas», sonriendo, aunque con temor al desalojo.

“La catedral del siglo XXI”

«Fagamos una iglesia tal e tan grande que los que la vieren nos tomen por locos». Sevilla, 1401.

El 27 de marzo de 2011, con cuatro años de retraso y un 70% de sobrecoste, «la ciudad de Sevilla inauguró este espacio siendo su alcalde don Alfredo Sánchez Monteseirín», según reza una placa, con la forma del contorno que dibuja la estructura de «las setas» desde el cielo, en el Metropol Parasol. Según el regidor, con esta obra, «inauguramos la Sevilla del siglo XXI».

La placa, la última descubierta por Monteseirín como alcalde, se ubica en la Plaza Mayor de un complejo, paradójicamente, privado durante, al menos, 40 años; el tiempo de concesión a la constructora Sacyr. En el acto y en su concurrida y particular foto de las Azores –salvando distancias–, en el epitafio de Monteseirín tras tres mandatos, ausentes sus socios de Gobierno de IU, la oposición formada por el PP y hasta las altas esferas del PSOE. Si en la puesta de largo del Cercanías se presentó el ministro de Fomento y vicesecretario general del PSOE, José Blanco, para arropar al candidato Juan Espadas, Monteseirín se vio solo en su último acto. Ni presidentes, ministros ni consejeros. Apenas el subdelegado del Gobierno, Faustino Valdés, y socialistas próximos como Evangelina Naranjo o Carmen Hermosín, en su condición de amigos. Tampoco estuvieron los ex delegados de Urbanismo Emilio Carrillo y Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, impulsores, junto a Monteseirín y el presidente de la Agrupación de Interés Económico, Manuel Marchena –que estuvo, faltaba más–, de lo que denominan «la catedral del siglo XXI».

Más de 123 millones de coste en un proyecto que ha consumido fondos con voracidad de oca y continuos retrasos y cinco fechas de culminación incumplidas, probablemente, tienen la culpa de tanta ausencia. El amargo don de la promesa y la lacerante soledad en la muchedumbre, se llaman las películas. Pese a todo, Monteseirín –«dos medias verdades no hacen una verdad», dijo Multatuli (etimológicamente «he sufrido mucho»)– defendió que con el Metropol «se respetan los restos arqueológicos, el mercado –‘olvidado tras 30 años de indolencia’, dijo, doce de ellos con él en el cargo, por cierto–y se recupera un espacio público, con la financiación del sector privado». Sí, «con la financiación del sector privado», insistió. Tal cual. Con el desahogo de quien no gasta ni chistes. Como si la extinción del 40% de los fondos de la ciudad para su desarrollo urbanístico en una década, como si 65 millones en subvenciones a fondo perdido, no repercutieran en los futuros proyectos ni hubieran salido del bolsillo del contribuyente.

Monteseirín también defendió que las «setas» en «sólo un año cubrirán la inversión acometida» –123 millones, que se sepa, nos contemplan–, repercutiendo en el turismo, los hoteles, la hostelería y la imagen y proyección de la ciudad. «El proyecto se comenzó en una época de bonanza económica. Ahora estamos en crisis y es cuando más se necesita para crear empleo», aseveró, ofreciendo una receta –él, que es médico– para la recuperación económica con aires a la prescripción de los galenos del siglo XIX, que usaban la sangría y las sanguijuelas para sanar, cuando muchos –se decía– «morían de médico».

El alcalde defendió que la «arriesgada obra» no es «un capricho» suyo. A los que le preguntan «por qué», se limitó a responder «y por qué no» y recurrió al discurso de que «el pasado y el inmovilismo no traen bienestar», citando a Felipe Benjumea tras recibir el Premio Sevilla Nodo Entre Culturas. «Hubo un concurso, con un prestigioso jurado, y ganó la increíble idea de Jürgen Mayer –‘un macareno nacido en Berlín’–», defendió; obviando que el Parasol nació sin proyecto ejecutivo y que durante casi tres años la corporación ocultó que no sabía cómo abordarlo, algo que sólo logró saltándose las indicaciones del Consejo Consultivo y reduciendo su escala.

El alcalde agradeció «a los que han creído» y «a los que han mantenido una distancia» hasta ver los resultados. Sobre lo que llamó «sevillanía rancia» no dudó de que «hará este espacio suyo, como las peatonalizaciones, el carril bici o la Plaza de España» y pidió que «no tengan miedo a cambiar de opinión». «Será uno de los lugares más sevillanos de Sevilla, símbolo secular de la Sevilla eterna», que abre otra era. Algo así dijeron un día del Titanic. También pidió «disculpas» por «las obras y los retrasos».

Monteseirín dijo adiós con una obra colosal, «la catedral del siglo XXI», en un día como de boda pero con iluminación de entierro. Decía Bergamín que «sólo el toro puede juzgar al torero». El tiempo juzga a los dirigentes y dirá si el alcalde más longevo de Sevilla, como el obispo Waleran de «Los pilares de la tierra», subió a las alturas sólo para caer o de verdad inauguró una nueva era.

«A la sombra» que proyecta la Encarnación

El Metropol, que algo tiene de panal, se inauguró el mismo día que en 1987 Cela recibió el Príncipe de Asturias por obras como «La colmena». El del 27 de marzo de 2011 no fue el del discurso del 13 de mayo de 1940 en el estreno de Churchill en Gran Bretaña; ni el del 19 de noviembre de 1862 de Lincoln en Gettysburg; ni el de febrero del año 4 a. C. de César tras cruzar el Rubicón; pero algo tuvo del de Marco Aurelio ante el cadáver de Julio César -este alcalde ya huele a muerto (político) o, quizás, era el olor a pescado en el Antiquarium, procedente del mercado- y del de Napoleón a la sombra de las pirámides, de las «setas» de la Encarnación en este caso. Tantas críticas como visitantes recibió el Metropol en su apertura, con pintura aún fresca. Así es Sevilla. También un 27 de marzo «Forrest Gump» se alzó con seis Oscar. Un tonto o un ejemplo. Según. Monteseirín se despidió en la obra que tantas dificultades le ocasionó. Su legado. «El mayor riesgo es no asumir ninguno», dijo, solemne, citando a Juan Ramón: «Tira la piedra de hoy, olvida y duerme. Si es luz, mañana la encontrarás, ante la aurora, hecha sol».