Ella Baila Sola

El caracol de pie escamoso fue descubierto en 2001 asociado a chimeneas hidrotermales del Océano Índico. Según la biología, se trata del único animal que usa sulfuros de hierro para hacerse una armadura biometálica. La ciencia aún no ha estudiado la composición de Susana Díaz. Ya señalamos hace meses que era tiempo de verdeo y al final todo dependerá del «pecunio». Anda la todavía lideresa del PSOE andaluz de tourné; de nuevo en la carretera, «de Ayamonte a Pulpí», con el calambre de las calles, emulando a Ethan Hawke en «Gattaca»: «Sólo recuerda que fui tan bueno como cualquiera, y mejor que la mayoría». Aquello era un filme, de culto y ficción. El periplo susanista se halla a medio camino entre los trabajos de Ulises, la penitencia de Sísifo y la creación de una suerte de «Orden del Fénix» contra un adversario innombrable. Espadas –puñales mandan– ya no es «mi Juan», obviamente. La banda sonora corre a cargo de Ella Baila Sola (EBS), que además vuelven en un ejercicio de «vamos a llevarnos bien» con el precedente cercano de Ferraz y San Vicente. «Cómo repartimos los amigos» es la primera cuestión a dirimir de cara a las primarias y si no están convocadas ya y el candidato sigue en barbecho es que la cosa tan clara no está todavía. El PSOE, de Zapatero a esta parte, ya no es indivisible como un número primo. Dice Iván Redondo que lo admirable de la Real Sociedad es que «siempre juega para merecer ganar», lo cual no significa que sea la estrategia que el demiurgo de La Moncloa considere para Andalucía. Esta Real tirando a cuqui, de juego más bonito que efectivo, ha ganado la Copa del Rey cuando Pedro Sánchez resalta los valores de la II República. Disney quiere hacer sables láser de verdad y el presidente, tan jedi, igual se refiere a la República de «Star Wars». La Real de Xabi Alonso, De Pedro y el turco Nihat mereció una Liga que a falta de una jornada se llevaron «los Galácticos». Entonces, Casillas se doctoraba en milagros y Ronaldo (el bueno), con las rodillas deconstruidas como los principios socialistas, jamás perdonaba en el área. La caza del tejón está siendo la única alternativa ante el rechazo susanista a sillones como el de la presidencia del Senado. Lo que conduce a la «operación Vara» frente al «tío de la vara». Susana Díaz, al margen de lo orgánico, es una mujer a destiempo. Se dice roja, católica y sentimental (y también bética); pero sabe que la política, como el capitalismo, admite esfuerzo y azar. La existencia misma, y ella mismo lo ha sufrido. (Ay, los días en que los máximos consejeros susurraban al oído señales de semidivinidad. Ay, cuando no supo verse ante el espejo de la ambición de Pedro –Sánchez–. Ay, cuando, magnánima, por los viejos tiempos en Juventudes, accedió a que Alfonsito –Rodríguez Gómez de Celis– se fuera a los puertos, dejándole tiempo frente al mar y un teléfono para armar la rueca de Penélope). El capitalismo, como la política verdadera, es realista. El comunismo es onírico e idealista. Y los idealistas sólo se abren paso con la violencia, como un Boba Fett cazarrecompensas. Susana Díaz, Amidala de Triana, siempre prefirió la sutileza del sistema, como un buen botijo de barro poroso que en el mismo infierno mantiene el agua fría. Los demonios y los gatos le salen de adentro, pero ahora ensaya la mejor de sus sonrisas. «Cuando los sapos bailen flamenco» fue otro hit de EBS. La escalera interna en espiral de la Torre de Pisa cuenta con 294 escalones para siete plantas. Todos de mármol. Para las primarias socialistas faltan tantos escalones como le queden por subir a Ferraz y así asegurarse la victoria. En la política como en la física no existe el vacío. El problema de la fruta madura es que a veces cae ante la ley de la gravedad y otras veces directamente se pudre en el árbol. A Juanma Moreno ya lo confunden con Chaves en los hospitales y desde San Telmo contempla el atardecer de los dos soles que alumbraban el desierto de Tatooine.

Ecce Homo

Resulta más fácil hallar una ciudad egipcia de 3.500 años bajo el desierto de Luxor o vislumbrar un Caravaggio en una obra atribuida al círculo de Ribera que la «finezza» en Hispania. Después del oprobio de meses en que nuestros vecinos y, a pesar de ello, socios europeos miraban a la piel de toro por encima del hombro –como siempre, o sea– explicando la incidencia patria en supuestos hábitos antihigiénicos, ahora con menores restricciones que ellos, hay menos casos de covid que en Europa y las vacunas se ponen al ritmo del tiqui-taca con el que ganamos un Mundial y dos Eurocopas, precisamente, a Holanda y Alemania (e Italia). Para variar, deberíamos inhalar un mínimo de esperanza y exhalar algo de orgullo; principalmente porque el personal anda fatigado de pandemia y cansado del ayuno de casi todo aquello que el tiempo ha demostrado que hace que los días merezcan la pena: una cerveza a deshora, el abrazo del encuentro y la despedida, los arrebatos en las esquinas. Conviene decirles, de entrada, a nuestros colegas europeos que en la vieja Híspalis se levanta un bar para una reforma y aparece un baño árabe de cuando al Regnum Teutonicorum aún lo estaban peinando –le faltaban dos siglos–. Pero no. En España estamos ocupados en la enésima reposición guerracivilista con Vallecas como escenario. La falacia de las dos Españas y la verdad suprema de cuatro necios. Caín aparecerá un día en una fosa común con una confesión de Abel firmada por Conchita, la poligrafista de «La Máquina de la Verdad». En los ratos libres del revanchismo, se utilizan las vacunas de la esperanza como arma arrojadiza de la confrontación. El personal ya ha olvidado aquello de «vamos a salir mejores». El presidente de turno dice: «La cosa va a ir fenomenal». Y el político de la oposición, de medio ‘lao’ en el atril señala: «Todo es un despropósito; se ha perdido el tiempo; viene el fin del mundo». Alguna vez estaría bien escuchar un balance sincero, profundo, autocrítico. Conviene decir de vez en cuando algo así como que «hemos hecho esto y eso, pero –cago en la mar salada– hemos fallado en aquello». Y el político opositor, mano tendida: «No se preocupe, lo importante es seguir adelante». Y no. La cosa política desde hace tiempo viene a ser algo así como los hermanos Calatrava, que, por un lado, estaba el feo y, por otro, el más feo todavía, esto es, el horroroso. Ocurre que, al lado del segundo –el que se daba un aire a Mick Jagger–, el primero puede pasar, con dos copas y en un día bueno, por resultón. Pero no. La política Calatrava se construye a base de puentes resultones con escaso aguante y caros para la sociedad. El mercadeo de las vacunas deviene en la venta de motos averiadas. Pedro Sánchez «racanea» vacunas a Andalucía, reitera el portavoz andaluz, porque el criterio de la UE es que debe llegar «el mismo porcentaje de vacunas que de población». A renglón seguido, el titular de Salud –el señor que gestiona los pinchazos y al que cualquiera compraría un coche de segunda mano– explica que en las provincias andaluzas el reparto es como en España, por edad y riesgo, y que la responsabilidad del retraso es de «las farmacéuticas». No chirría imaginarle mercadeando investiduras pero a la especie de que el inquilino de La Moncloa sisa dosis en plan Gollum – «Es mi AstraZeneca»– igual habría que darle una vuelta. «Salir mejores» es vacunar antes a un jubilado con EPOC, de Cuenca o Setenil, que al Rey. Vacunas hay las que llegan y hacen bien Bendodo, Ximo Puig, Agamenón y su porquero en pedir más. «Quien no llora no mama» es de lo primero que enseñan en el Carranza. Pero el decoro del relato hay que salvarlo de la licantropía electoral porque no votan sólo los militantes y, así como detrás de algunos cuadros tenebristas se esconde un «Ecce Homo» de Caravaggio, después de algunas restauraciones sólo queda el trampantojo homónimo de Borja.

Big Bang Theory

Dice la ciencia que del Big Bang –no confundir con la orquesta de jazz– pudieron salir dos realidades diferentes. «Fringe» –y perdón por usurpar al todavía vicepresidente con las series– basa gran parte de su argumento en dos mundos alternativos, como espejos, que coexisten en el tiempo y, en parte, se retroalimentan sin saberlo. Así, un «poné», en un mundo A, Pedro Sánchez se impuso al soso pero lúcido Madina y luego a Susana Díaz. Pero en un mundo B, quién sabe, fue Madina el que ganó y, al menos, ciertos detalles –donde, dicen, mora el diablo– serían distintos. No vemos a Madina en una performance aplastando armas de Eta. Quizás Planas, que reconoce que el aparato andaluz es más duro «que un tribunal de oposición en Bruselas con tres alemanes», venció a Susana Díaz en otras hipotéticas primarias andaluzas. En este mundo A, Pedro Sánchez pacta con Pablo Iglesias. Pero en un mundo B, quizás, Albert Rivera no dilapida la confianza de millones de ciudadanos en busca de cobijo ante la radicalidad de los extremos compitiendo en Colón por ver quién tiene más grande la bandera. En otro mundo u otro tiempo, quizás Cs no se desangra ante la tierna mirada de Inés Arrimadas mientras su ex líder con hechuras de dependiente de Zara, otrora Prometeo de la Nueva Transición y yerno de todas las madres de España –mayormente las del Ibex–, acaricia a un gatito en su regazo, con la sobrina de Paco de Lucía cantando nanas por seguiriyas de fondo y el tito Fran (Hervías) haciendo currículum como para trabajar en un desguace o directamente en una cloaca. En este mundo, nacen más linces en una camada que escaños le quedan a Cs en el Senado. El partido naranja está ahora mismo más en peligro de extinción que el felino y también se definió como ibérico. Cs se presentó como Grønkjær, un aceptable futbolista nacido del frío, en Groenladia (las pastas danesas son muy de partido liberal europeísta), que jugaba a dos bandas y pasó por el Atleti antes de militar en la irrelevancia. Su debut en España fue una goleada (4-0) ante el Galapagar. La línea que separa el éxito del fracaso es siempre tenue y difusa. (La escena de «Match Point», de Woody Allen, es cita clásica de Lucas Haurie. Aquí somos más de Scarlett Johansson, que luego hizo de Viuda Negra, como Inés Arrimadas, la única dolorosa esta Semana Santa). En el gol que da a España el Mundial de Sudáfrica hay hasta cuatro lances muy claros en que la moneda cae de cara. Un rebote distinto y la historia hubiera sido otra. Por no hablar de que ningún holandés consiguió hacer «fault». Los oranje ahí también tuvieron menos reflejos que Gª Egea en Murcia. El histórico 2D en Andalucía, el PP-A igualó el peor resultado de su historia. Las circunstancias –los 12 apóstoles de Vox, la descomposición del PSOE-A, la permanencia de Susana Díaz, su enfrentamiento con Cs y el momento álgido del suflé de naranja amarga– convirtieron una cornada de enfermería en puerta grande. Siguiendo con la teoría del Big Bang, es probable que entre Madrid y Murcia exista una falla cuántica. Lo que explica cómo, en un mismo universo, la ministra Montero puede pasar de alentar las catalanas –«Si no fueran seguras, ¿un ministro de Sanidad llamaría al voto?»– a criticar las madrileñas –«Es una locura en una pandemia»– . El vórtice murciano, al que los científicos deberían llamar Ninette, también explica que Casado vapulee, emocione y rompa toda conexión con Abascal en otra moción y, previo paso por Idealista, vaya a Murcia a bendecir tránsfugas. El lazo cósmico puede que esté realmente en el acuerdo antitransfuguismo, que debería llamarse –pregunten a Teresa Rodríguez– pacto de Padrón: unos tránsfugas valen y otros no. Hasta el BOE hace guiños a estas dos realidades paralelas desde el momento en que corrige un nombramiento en Cádiz y señala, literalmente, que «donde dice Digo, debe decir Diego».

Perseverance

Cuatro décimas separaban a Almería capital la semana previa de pasar el corte de 1.000 casos por 100.000 habitantes para el cierre de los servicios no esenciales. Sorpresivamente, el comité de expertos de la Junta por «ajustes administrativos» se reunió un día después del previsto y Almería salvó las restricciones. «Si parece un pato, nada como un pato, y hace cuá cuá, probablemente sea un pato». El razonamiento inductivo frente al peso de las persianas bajadas de los autónomos en un país en el que las ayudas y el ahorro son seres mitológicos. El peso de las persianas bajadas de los autónomos frente a los cientos de muertos diarios y hospitalizados. Los breves de estos días retratan la intrahistoria de la pandemia: «Detenido el dueño de un salón de bodas de 79 años que transformó el negocio en un invernadero de marihuana»; botellones disueltos, la nueva pero vieja «ley seca»; un señor de Murcia detenido en Alicante tras saltarse el confinamiento porque «el sexo es una necesidad básica». El mundo sigue en «stand by» mientras el Perseverance, a medio camino entre «Cortocircuito» y «Wall-e», llega a Marte con el personal siguiendo el asunto espacial como las retransmisiones, Kubrick mediante, de la llegada a la luna en 1969, cuando los Beatles lanzaron Abbey Road y se estrenó «Barrio Sésamo». El artilugio amartizó a las 21:55, así que los bares estaban cerrados con las restricciones y los de la patronal, Horeca –que suena interjección de Arquímedes–, y el comité de expertos de la Junta pudieron contemplar la de sitio que hay en el planeta rojo para poner veladores guardando la distancia de seguridad. Está Marte, con ese aire de desierto de Almería, para ponerle adoquines de Gerena y un cine de verano. A los 30 años del estreno de «El silencio de los corderos», no cuesta imaginarse a Pedro Sánchez Juanma Moreno, con sudores fríos, escuchando cada noche a Hannibal Lecter –precursor del uso de la mascarilla– susurrarles al oído «Clarise» con cada decisión. Casi un año después del Covid, para sostener el peso de la búsqueda incesante del equilibrio se precisa la capacidad de aguante –perseverancia– y la arquitectura de una columna de Bernini. El siglo XXI tiene BSO de Anthony (Hopkins, que ganó el Oscar con menos de 25 minutos en escena) and the Johnsons (como la marca en la que están puestas las esperanza de la vacunación masiva). «Nada nos hace más vulnerables que la soledad, excepto la avaricia», sostenía el guión de Jonathan Demme. Leído en Twitter: «Ha muerto mi vecino. 46 años. Covid. Las paredes no contienen los gritos desesperados de la madre y tengo que contener a la mía para que no acuda al consuelo. El Covid es esto». «El tifus y los cisnes –lo dijo el doctor Lecter– todo procede del mismo sitio».

Filtros

La «nueva política» nació bajo el signo de Benjamin Button. El «nuevo tiempo» se va pareciendo tanto al «viejo» que coincide en añejos «tics» como negociar de espaldas a la ciudadanía, sin conocer lo que se plantea, y llegar a la casilla de salida de cada legislatura con los ciudadanos con el asombro intacto y la misma capacidad de respuesta que ante la metafísica culinaria. «¿Puede el metacrilato reinventar la sopa de pollo?», cuestionaba Ferrán Adriá. Con el vicepresidente segundo siempre se tiene la sensación de que es incluso capaz de quedar subcampeón en un concurso de tontos. Si se pone, puede hasta empatar porque es listo como para medrar como profesor de Ciencias Políticas y comparar a un fugado, un prófugo a sueldo del erario público en Waterloo, con exiliados como Antonio Machado, que cruzó la frontera con su madre anciana «ligero de equipaje», o Chaves Nogales, que se fue a París y a Londres a pensiones infames con «méritos suficientes para ser fusilado por los unos y por los otros». La imperfección, la posibilidad de mejora, lejos de convertir una idea, una persona o un sistema en «anormal», lo convierte en verdadero y fieramente humano. De hecho, en los sistemas que se dicen «perfectos», los próceres emparentan con la divinidad o han sido señalados por dios, escuchan hablar a los gorriones, no se admite la crítica y la disidencia termina en una prisión del Caribe o Siberia. Un gulag –conviene recordarle a Echenique que no hay prevista quinta parte de «Dumb and Dumber» para que deje de ensayar–, no es un chiringuito en la nieve donde sirven destilados de plutonio –«agitado no mezclado»– con unas aceitunas también presas de aranceles. Históricamente, por menos predicciones que las que hizo Pedro Sánchez en sus mítines –«¿Os imagináis esta crisis en Cataluña con la mitad del Gobierno con Podemos dentro defendiendo que hay presos políticos y defendiendo el derecho a la autodeterminación?»– nombraban al personal profeta. Otegi y sus colegas pueden dejar atrás un pasado de condescendencia con el crimen –«El daño causado por ETA está reconocido. Justo o injusto… Aquí cada uno tendrá su relato»– y eso es y debe ser «normalidad democrática». ¿Si hubiera mediado una denuncia falsa por malos tratos –recuérdese al ex ministro López Aguilar– estarían más en entredicho los Otegi de la vida que como allegados del terror? Los crímenes prescriben antes que las heridas y Otegi puede seguir ejerciendo de Mandela vasco y Junqueras de Gandhi en Las Ramblas. Los ciudadanos, cansados ya de sandeces, hacemos como la señora que grababa una clase de aerobic mientras daban un golpe de Estado en Birmania. Seguimos, mientras Kiko Rivera borra el teléfono de su madre, Chimo Bayo se convierte en líder de la insurrección hostelera y Leticia Sabater se hace «Una proposición indecente» a la inversa y entonces los tanques ocupan la calle y que sea lo que Dios quiera o lo que Pedro predijo. El vicepresidente le ha puesto un filtro de dictadura a la democracia española, reconocida como plena por organismos independientes. Como el abogado que hizo un Zoom con filtro felino y dijo: «Yo no soy un gato», que es justo lo que diría un gato o Pablo Iglesias. Un estudio de la web Cultture.com dice que 8 de cada 10 españoles suele jugar a juegos de zombies. Los otros dos deben estar dirigiendo un país que se debate entre la antigüedad del manifiesto futurista –«Un espectro recorre Europa» todavía– y el consenso deshecho y deconstruido como la sopa en metacrilato.

El factor Illa y el síndrome Pantani

La campaña de las catalanas comenzó con una suerte de debate telemático con unas fotos de los candidatos sobre unas sillas. La escenografía recordaba al velorio de los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic, desaparecido de súbito en la ficción. La serie, que fue de culto y cuyo final sólo gustó a talibanes, se llamaba «Perdidos». El candidato socialista dijo en su primer acto oficial, ante un fondo cuasinaranja Ciudadanos, que «la prioridad» de su presidencia será «la lucha contra la Covid». Si Illa lo hace muy bien, igual hasta lo nombran ministro de Sanidad, entrando en uno de esos bucles espaciotemporales de la serie de J. J. Abrams. Un ente supuestamente independiente ha colocado a España en el puesto 78 de 100, tras Libia, en la gestión de la pandemia. Un suspenso generalizado en el mundo que sirve para pasar de curso o «de pantalla», que suena más «cool»; con la venia de Mr. Wonderful y de la ministra Celaá –valga la redundancia–, la mercadotecnia de Iván Redondo, la cocina de Tezanos y la audacia de Pedro Sánchez. El CIS condiciona las medidas contra la pandemia y da a Illa el salvoconducto para batirse el cobre por España –la de «las ocho naciones», la de «la nación de naciones» o la de «la camisa blanca de mi esperanza»– en Catalunya. En resumen, el talante de Illa es extraordinario y su manejo del capote –con un gesto entre la mueca sorda y la media sonrisa, el flequillo siempre impertérrito– supuso una bofetada sin manos a una oposición que busca su identidad entre el toro y el torero y ante el minotauro pop del populismo. La gestión de Illa ha sido un homenaje al «marianismo». Una continua alfombra roja a las circunstancias. La línea que separa la audacia del disparate es muy fina. El nivel de la política española es tal que ocurre como cuando en la discoteca daban las 3:00 AM y el personal se quedaba en la barra sujetando el abrigo. El listón está tan alto que todo el mundo pasa por debajo. Y nos gusta Fernando Simón, por buena gente, Silver Surfer en plena ola del coronavirus. Y así aceptamos pulpo como animal de compañía y a Illa, porque es educado y aseado de verbo y formas, como ministro de Sanidad o como candidato a la Generalitat. Los «Illiers» podemos perdonar a Illa, hijo del pensamiento, que no sepa de Sanidad y hasta pasar por alto los muertos del Covid –por todos lares, con perdón, crían malvas y también cuervos–. Un ministro de Cultura no tiene que ser poeta ni el de Fomento saber encofrar. Lo imperdonable es la traición a los valores. «Me lo han pedido mis compañeros», dijo con la cara de Djukic cuando falló el penalti del Deportivo. Illa apareció como Pantani, a contratiempo. Un político con las formas de otra época y, sin embargo, ligero. Como el escalador que daba a sus rivales semanas de ventaja para remontar en la montaña en tanto sus adversarios machacaban la pista como quien convierte en vino las uvas (de la ira). «La singularidad exige la máxima pureza», escribió Segurola del Pirata, y «la traición de carácter moral» de Pantani en el Giro del 99 «le destruyó». Pantani murió un 14F, el mismo día que se celebran las elecciones catalanas. Illa, con ese aire a su tocayo portugués Sobral y un puntito Roberto Carlos – «Quiero tener un millón de amigos», «El gato que está triste y azul»– ratifica que no hay más patria que donde uno puede mandar (y a Puigdemont lo encontré en Bruselas). Como bien saben en Granada, no es la fe la que mueve montañas sino las placas tectónicas. Con el ladrillo aprendimos que los economistas predicen a posteriori y en la pandemia que ni los expertos son de fiar. Lo dijo Camba: «Yo creo que una cupletista es algo mucho más patriótico que un diputado o un senador». «Morir solos, vivir juntos», era el lema leitmotiv de «Perdidos».

Peaje

Anne Igartiburu y Ana Obregón. Captura de La1 de TVE.

Cuando acabó el peaje Sevilla-Cádiz en la vieja noche de fin de año del 19 –varias vidas han pasado– nadie imaginó su escaso tránsito el año del Covid. Enero se inició con el virus, quién sabe, agazapado. Meses después Fernando Simón dijo que aquí no había peligro. Circulen. Miramos para otro lado cuando las multinacionales empezaron a huir despavoridas del Mobile de Barcelona, y culpamos al Procés. Al independentismo le cabe casi todo, pero no una pandemia. Así que en marzo nos comimos el confinamiento, la palabra del año según la FundéuRae. El cambio vital se escribe en el diccionario. Estábamos en los «emojis» (2019), con «amigovio» de finalista, o en los «selfis» (2014) y, de pronto, viene la vida y te retrata. Cuando y cuanto decimos, eso somos. También ha sido el año en el que los ciudadanos libres enarbolamos nuestra minoría de edad. Todo siempre es culpa de los otros. De Pedro Sánchez, de IllaDíaz Ayuso o Juanma Moreno. Las autoridades fueron salvando las distintas olas, mal que bien, y modificando horarios y realidades, intentando evitar el colapso sanitario, por un lado, y el crack económico, por otro. Pero a nadie se le obligó a ir en masa a los chiringuitos o la calle Larios o a una “rave” en Barcelona. Se podía elegir libremente, quedarse en casa. La heroicidad de no hacer nada. Lo único estrictamente achacable, y no es poco, a las administraciones es la falta de cooperación, la descoordinación y el ridículo con las banderas en vacunas y material sanitario, como si el ciudadano además de menor fuera gilipollas. Incluso la bochornosa falta de material de seguridad inicial tiene el pase de que a ninguno en casa nos pilló tampoco confesados. Entre tanto adulto haciendo de menor de edad –salvado el bello e inútil trance tribal de los aplausos al vacío y las proclamas de «vamos a salir mejor» mientras a los sanitarios se les ponían carteles en el ascensor invitándolos a no volver al bloque–, queda el ejemplo de entereza de niños y ancianos. El Washington Post pidió a los lectores que describieran 2020. Clarke Smith, de 9 años, parió un retrato de Antonio López: «Es como si vas a cruzar una calle, miras con cuidado a ambos lados y, de repente, te atropella un submarino». El coronavirus ha resultado más letal que Bin Laden. Por eso no rechina que la señora que primero recibió la vacuna en España, Araceli («Ara Coeli», altar del cielo), dijera «gracias a Dios» cuando recibió la dosis y no le salió un rombo en la cabeza como a los Sims. Quizás con el tiempo 2020 sea la temporada que jugó Cafú en el Zaragoza y nadie recuerda. El año en que murió Aute, Michael Robinson, Gistau, Quino, Maradona, Anguita, Lucía Bosé o Manzanero. No es 2020 un año para boleros sino más bien de fados, a los 20 años de la muerte de Carlos Cano. En su «Diván del Tamarit», alegato lorquiano, está la vida entera, más en pandemia. Porque la vida exhala a borbotones cuando es supervivencia. De la «terrible presencia» a «la gacela del niño muerto», «la raíz amarga» y «la muerte oscura». La gacela, también, de «la huida», para acabar en la del «amor con cien años», que son los que casi cumple Araceli, de 96 y a la que las «fake-news» enterraban al día siguiente. El año acabó, de nuevo, con el «feminismo a lo Pedroche» –algo así como llevártelo calentito por pasar frío– frente a Ana Obregón convertida en metáfora de la entereza de España como madre a la que se le muere un hijo y proclama «ciencia» y «esperanza», dibujando, por fin, la «Casida de la mano imposible». Somos también el silencio que dejamos.

El discurso del Rey

Foto: @CasaReal

La palabra «Sinsajo» sirve de título a la novela de Suzanne Collins que forma la tercera parte de «Los juegos del hambre» y proviene de los pájaros híbridos que aparecen en la obra y son el cruce de un sinsonte y un charlajo, un pájaro genéticamente alterado por el Capitolio. Se describe a los sinsajos como «un importante símbolo de esperanza y rebelión». Collins compara a la protagonista Katniss con un sinsajo por el hecho de que «nunca debería haber existido». El sinsajo, como Pablo Iglesias, es un ser en contra del sistema pero auspiciado, sobradamente preparado y amamantado por el propio sistema. De la Transición a esta parte, ninguna formación ha manejado la política con más perspectiva que Podemos, el partido que ha levantado la bandera de la antipolítica bajo un doble colchón marxista. De un lado, Karl y la lucha de clases, por más que termine con Carmen Lomana ofreciéndose a planchar las camisas a Monedero; y de otro, Groucho: «Estos son mis principios; pero si no les gustan, tengo otros». La pirotecnia sociopolítica de Podemos busca ahora una fotografía histórica, al estilo de la del «niño con el puño en alto» de la Transición, con la Monarquía. Fue por el Rocío de 2014. Frente a un bar de mala muerte de Camas pero con buenas tostadas y café decente, bajo el coche. Un siamés de semanas, ciego de legañas, arrendatario de parásitos, maullaba sin parar cerca de una colonia callejera desafiante. Era sorprendente porque era un gato de raza, aunque tenía la última vértebra del rabo rota. Igual por eso lo abandonaron. Sobrevivió tras un mes como gato-burbuja. Pasó a llamarse Siete, por motivos obvios de supervivencia. Y como justo en esos días juraba el cargo el Borbón chico y el gato pasaba de vagabundo a vivir a cuerpo de rey, se ganó de sobrenombre Felipe. Desde entonces en España está Felipe VI y el gato (Felipe) Siete, ilegítimo heredero al trono. Y la vida siguió con sus crisis, su comida húmeda y sus Corinnas. El gato, con el tiempo, se convirtió en el mejor amigo que puede tener un hijo. Tiene el cielo ganado. El gato, compañero de juegos y peluche a tiempo completo. Al parecer, el monarca, en el nombre del padre, también. Hubo un tiempo en que España fue «juancarlista» y a los niños se le ponía de nombre Juan Carlos. (Luego se hizo también «felipista», por González, Isidoro en la clandestinidad, pero no hubo tanto Felipe en el padrón). «Los principios morales y éticos nos obligan a todos sin excepciones y están por encima de cualquier consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personales o familiares», dijo el Rey en su discurso. Hay quien echó en falta una foto de familia con “el Bribón” cortado de cuajo. Es bien sabido que en las fotos de Nochebuena es pertinente colocar a las parejas y a los borbones en los laterales, por si hay que meter tijera. Una Constitución sobre la mesa y una foto con la heredera durante el homenaje a las víctimas del Covid, y ya. Igual debió salir Felipe en plan Pantoja y decir aquello de «estoy tan cansado de la familia Rivera» pero con la estirpe borbónica. Al momento del discurso del Rey, el más seguido en años, el clamor fue inmenso y en las cenas se dejó de hablar de Schopenhauer, incluso de Nietzsche, y se pasó al debate Monarquía o República. Los mundos de Pablo. Nada de si se te ha muerto alguien, aunque sea el gato; si te pudiste despedir siquiera; si te has contagiado; si tu empresa está en ERTE o ERE; si estás en paro. Lo vio venir el vicepresidente segundo pero primero padre, marido, amante, crítico de series, periodista en ratos libres, niño en el bautizo, novia en la boda, muerto en el entierro, el puto amo, al fin, el señor Pablo Iglesias, cuyo medio de cabecera -dirigido por señoras cuyos móviles requisa «para protegerlas»- deseó al periodista Chapu Olaizola, colocándolo en la diana al modo de los mejores tiempos del terror en España, una feliz Nochebuena. Dice LaSexta, ese medio tan de derechas, que la monarquía repunta frente a la república y su apoyo sube 20 puntos en tres meses en caso de referéndum. Así las cosas, la evolución natural del ciudadano medio va del republicanismo al nuevo felipismo, en tanto Rafa Nadal no aspire al trono de España. Hay cuestiones elementales a la hora de elegir. ¿A quién le compraría usted un coche usado? ¿A Pedro Sánchez, a Casado, a Pablo Iglesias, a Arrimadas, o al Borbón? ¿Con quién dejaría una tarde a su hijo y a su gato? Con los políticos, futuribles candidatos a presidente de la República, le pasa al pueblo como a Jaime Peñafiel con la Corona -«Es imposible que yo sea monárquico, porque les conozco»- pero a la inversa, por más que la última vértebra del rabo, o del cetro, pueda estar rota.

“La cabina”

Hubo un tiempo en que los niños de España queríamos ser Martín Vázquez. De súbito, en los años casi yeyé de la Quinta del Buitre, el foco pasó brevemente –temporada o temporada y media– de Butragueño y Míchel y las piruetas de Hugo Sánchez al jugador que decían que, jugando muchas veces a pierna cambiada, era el más dotado de su generación. Técnicamente, se entiende, porque hay fotos del 7 «a calzón quitao’» que atestiguan lo contrario, el 8 tenía un guante en la pierna derecha y ejercía de organizador desde la banda y el propio SanchísHarpo moreno, era un central de categoría con el balón en conducción. Martín Vázquez se dejó bigote, empezó a meter goles de falta y a desequilibrar. Después lo fichó el Torino, que a falta de los engañadores sin pelo y con parabólica, parecía que iba a ser la alternativa al Milan de Sacchi o al Nápoles de Maradona. Por entonces, que un futbolista saliera de España como fichaje de campanillas era un acontecimiento. Los niños queríamos ser Rafael Martín Vázquez ese tiempo, luego el centrocampista volvió al Madrid tras un periplo sin pena ni gloria en Turín y Marsella y acabó en el Deportivo de La Coruña. Eran los tiempos en que no existía ningún Instituto Holístico de Acupuntoras Descalzas. Casi nadie menciona hoy a Martín Vázquez, como casi nadie recuerda a Coloccini, un central, que también jugó en el Dépor, con el pelo del Actor Secundario Bob y que repartía más estopa que Alfonso Guerra en sus mejores tiempos. Tampoco recuerda nadie los billetes de a 1.000 pesetas con la cara de Galdós, que también tenía bigote. Estos días pesan más sus letras con la Pardo Bazán -precuela reguetonera, tiran más que dos carretas- que «Los Episodios Nacionales». Ahora el agua cotiza en bolsa y la RAE ha incluido el término berlanguiano, puede que como aproximación a la definición de 2020. Se nos vendió que el siglo XXI arrancó con la caída del muro de Berlín o, estirando, el atentado de las Torres Gemelas. Toda una vida albergando el resplandor de «Blade Runner» –¿Acaso sueñan los coronavirus con humanos probeta?– para llegar a un presente en el que se venden oficinas para colocar en el jardín y trabajar desde casa. Para el que tenga casa, tenga jardín y tenga trabajo. “Caelum non animum mutant qui trans mare currunt”. «Quienes cruzan el mar cambian el cielo, pero no de alma», vio venir Horacio. En Nápoles, aún de luto por el Diego, se temen más desastres porque la sangre de San Gennaro no se ha licuado. «La cuestión no es si nosotros creemos o no creemos en Dios. La cuestión es si él cree en nosotros, porque si no cree, estamos jodidos», decía Amador en «Los lunes al sol». Hace 46 años del estreno de «El jovencito Frankenstein», preludio del Gobierno de Pedro Sánchez; y un cuarto de siglo de «Jumanji» justo cuando la vida parece la continuación de la partida de Alan Parrish. Tiempos con cursos para ligar basados en entrar en la discoteca y saludar al personal como si conocieras a todo el mundo. «Hey, qué pasa, crack». Es más cruda la soledad en una pista de baile –templos para cuestionarse la metafísica de la existencia: «Qué carajo yo hago aquí si ni sé bailar»– que en los cementerios. El 2020 ha derrumbado las certezas. Bruselas ya no parece ese sitio aburrido en el que Zoido mira los días lluviosos por la ventana junto a una tapa de melva canutera sino la nueva Sodoma y Gomorra de Europa, con cuadrantes para la orgías más allá de las oficinas instaladas en los fríos jardines de las casas del Viejo Mundo. Mientras en Wuhan ya hacen maratones y van a las discotecas, hemos pasado de albergar el sueño de un día ser Martín Vázquez a la pesadilla de José Luis López Vázquez en «La Cabina» pero con Rafael Amargo de fondo diciéndole a la juez que de su casa, que uno se la imagina a medio camino entre oficina, tablao y embajada de la UE, «nadie-se-va-con-más-droga-de-la-que-llevó». Estaba escrito que un día Azcona se haría cargo de los guiones del cielo en tanto «arden las naves más allá de Orión».

Pecunio

La segunda ley de la termodinámica señala que un sistema aislado permanece estable o cambia hacia un estado de mayor desorden. El PSOE en general y el andaluz en particular suponen un tratado de física (cuántica) y escasa química entre puntos cardinales. Los platos rotos no se reconstruyen, las sopas tienden a enfriarse y los muertos no vuelven a la vida, salvo en «The walking dead» o en el caso de Pedro Sánchez. Lo de Susana Díaz se acerca más a «El sexto sentido» o «Los otros». Lo «normal» es que el universo tienda al caos. Entropía es el concepto en la termodinámica, sustentado en un principio de tiempo absoluto. No obstante, como pasó en las elecciones del 2D en Andalucía, en ocasiones, un factor inesperado cambia las leyes (del Parlamento, al tiempo con la Memoria Histórica). El factor Vox. O una pandemia. Una moneda al aire de la que depende el destino –entre el fatum y el iter– tanto de Pedro Sánchez como de Susana Díaz y su rol en el presente de España. Todo vuelve al punto de partida pero el reparto de piezas es muy diferente. La lucha intestina entre los «pedristas» y Susana Díaz se evidencia con el paso de los días y, de momento, ni el coronavirus esconde ya las puntas en lanza. Por Huelva, lo dijo Pepe Lugo, entra el agua y andan de catilinarias por un «quítate tú que me ponga yo» en la Diputación. Muchos sueldos dependen del ente supramunicipal y muchos votos de los salarios, que es el nombre que se daba en Roma al «pecunio» –que diría Susana– del jornal al pagarse en la especia que mejor conserva los alimentos y más escuece en las heridas. Ferraz ya amagó en Sevilla con hacer y deshacer en la elección de los presidentes de las diputaciones, lo que supone un golpe de calado al «susanismo». Donde Caraballo, que no Caracalla, lo ha llevado a cabo Pedro, colocando al frente de la gestora a María Luisa Faneca. La particular Cuesta de la Media Fanega de Celis entre Híspalis y Onuba, donde Mario Jiménez acaricia un gato y sonríe cual felino de Cheshire. En la olivarera y manijera Jaén, Ángeles Férriz aplaude la lipogénesis, el fin de la salmuera onubense. «Muchos ratones, pocos agujeros y más ratas que ratones», diagnosticaron desde la calle San Vicente hace ya tiempo. El padre de Joaquín Sabina, según su propia leyenda, lo apuntó en su propio lecho de muerte: «Quisiera yo saber de dónde sacan tanto dinero las diputaciones provinciales». Es tiempo de verdeo.

Susana Díaz y María Luisa Faneca. Foto del PSOE-A