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El as de Espadas en la manga

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Juan Espadas, junto a, entre otros, su número 2 (con permiso de Cabrera) Antonio Muñoz, “inaugurando” un ascensor / Imagen de la cuenta de Twitter del alcalde de Sevilla

«Suela y labia, Juan», le aconsejó Alfonso Guerra a Juan Espadas. Al munícipe se le tilda de «quietista» aunque sin alharacas ha reeditado mandato y ha sabido apaciguar la amplia dualidad del imaginario hispalense. Tampoco tiene grandes enemigos en el PSOE ni alianzas orgánicas, como Montero. Fue designado por Griñán en plena descomposición de la etapa de Monteseirín, casi puesto a los pies de los caballos del «efecto Zoido», un momento político concreto en plena crisis que alcanzó –inédito desde Del Valle– una aplastante mayoría absoluta en Plaza Nueva. Espadas aceptó ponerse delante como candidato cumpliendo el encargo envenenado, aún sabiendo que sus opciones eran más que nimias y –algo que forma parte de su identidad– siguió creyendo o se convenció de que había que creer. Cuando en 2011 parecía que Zoido era una hidra electoral de tres cabezas, Espadas mantuvo la calma.Cuando a Zoido le paraba toda Sevilla en el Corpus como  si fuera Obama reencarnado en Fregenal de la Sierra y se apostaba por una era en la capital andaluza sin contestación y casi eterna similar a la de Teófila Martínez en Cádiz, Espadas barruntaba: «Esto es muy largo». Cuatro años después, era alcalde. A favor de Espadas entonces y ahora en las aspiraciones a liderar el PSOE-A, una vez que ratificó que no sujetará el bastón de mando municipal más de ocho años, está su capacidad para ganarse a los adversarios a ambos lados del espectro político, ya sea pactando con Cs o con la marca blanca de Podemos. El regidor de Sevilla no tiene prejuicios a la hora de buscar sinergias o aplaudir a un histórico alcalde popular como Francisco de la Torre en Málaga. Ahí radica uno de sus pluses respecto a Susana Díaz, en cuyo regazo se movió políticamente en su primer mandato y de la que se ha sabido distanciar en tanto que la ex presidenta fue cayendo en desgracia. A Espadas no le gustó que Susana Díaz le impusiera recolocaciones tras la caída de San Telmo en el Ayuntamiento hispalense, a modo de delfines sucesorios, como la ex consejera Sonia Gaya.

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“¿Qué socio?”: Susana Díaz al modo del comisario Renault

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Susana Díaz, durante el balance del primer año de Gobierno de PP y Cs. Foto del PSOE-A

Se atribuye al canciller alemán Gerhard Schröder el aforismo: «Tengo pocos principios, pero, eso sí, flexibles». Unai Emery, en la cuerda floja antes de conseguir tres títulos europeos, lo condensó: «Yo no voy a morir con mis ideas». La secretaría general del PSOE-A, Susana Díaz, hizo balance del primer año de Gobierno de PP y Cs en la Junta, en lo que se mostró muy crítica sobre todo con la Sanidad; reiteró con convicción que se ve con fuerzas sobradas «y todas las ganas del mundo» para seguir liderando el partido en Andalucía; y valoró, displicente y por momentos complaciente, las últimas decisiones del nuevo Ejecutivo de Pedro Sánchez, sus pactos de gobernabilidad y las relaciones con Podemos a escala nacional. Susana Díaz ha pasado de encabezar la revuelta de los barones contra Pedro Sánchez en el infausto septiembre de 2016 a apoyar a su entonces enemigo junto al primer secretario del PSC, Miquel Iceta, en el Congreso durante la investidura. Sobre la designación de la ex ministra Dolores Delgado como Fiscal General, Susana Díaz destacó «su valía y trayectoria notoria», sin dudar de su «entrega y compromiso» como «anteriormente» en otros cargos. De lleno en el acuerdo de Pedro Sánchez con las fuerzas separatistas, Susana Díaz, al modo del comisario Renault en “Casablanca”, negó la mayor: «¿Qué socio? Se abstuvieron», dijo.

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“El dolor vendrá después”

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Susana Díaz, en el Parlamento de Andalucía. Foto de Manuel Olmedo

A pesar de contar con cuatro (más uno de Unidas Podemos, Alberto Garzón) ministros andaluces (la vicepresidenta Carmen Calvo; María Jesús Montero en Hacienda y la portavocía; Luis Planas en Agricultura; y el sevillano Juan Carlos Campo en Justicia), cerca del 25% del Ejecutivo (sin contar a los socios comunistas), el predicamento del PSOE-A en el nuevo Ejecutivo de Pedro Sánchez es nulo. Lo citó Aitor Esteban en su cinéfila alocución –a la que le faltó recurrir a «El golpe»– durante la investidura: «No estamos en el fin del mundo pero desde aquí se ve» («Thelma & Louise»). El axioma colindante con la sucesión en Andalucía se completa con la cita del Rey a Pedro Sánchez tras la promesa del cargo: «El dolor vendrá después». El debate de investidura transcurrió con la presencia de Susana Díaz –presa de batallas pretéritas y de sus palabras: «Los votos de los andaluces no servirán para pagar privilegios a Colau», por ejemplo– en la grada junto a Iceta mientras su «enemigo íntimo», Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, vicepresidente del Congreso, por «el azar y el apoyo» de sus compañeros» se convertía «casualmente» en «el diputado 166 del desempate» para hacer a Pedro Sánchez presidente. Una vez conformado el Gobierno, Ferraz ya no tiene excusas para abordar el cambio de ciclo en la comunidad, con los sectores críticos pujantes en provincias como Sevilla, Málaga, Huelva y Jaén. El nombramiento de María Jesús Montero como portavoz se interpreta en los mentideros como un paso casi definitivo para que sea candidata a la Presidencia de la Junta –de hecho, PP y Cs en Andalucía llevan meses haciendo oposición a esta opción, con su reprobación en el Parlamento, primero, y las críticas al ajuste en las cuentas por el déficit heredado de su etapa después–. No obstante, fuentes socialistas apuntan que esta opción no está cerrada. Desde Ferraz se deslizó a modo de liebre el nombre del diputado jiennense Felipe Sicilia como posibilidad. El alcalde de Sevilla, que no repetirá como candidato en la capital al sumar dos mandatos al término del actual, puede ser el tapado. La investidura coincidió con los 38 años –casi el tiempo que el PSOE gobernó Andalucía– del estreno de la mítica serie «Fame», cuyo cita más célebre era «la fama cuesta». El tiempo de la tregua toca a su fin y las partes tienen claro que la sucesión andaluza, tras deslizarse la salida de Díaz mediante la vía de un nombramiento y descartarlo el PSOE-A confirmando que irá a las primarias, también costará y se venderá cara.

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«Cien años de soledad» en el PSOE andaluz

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Susana Díaz, ante el abismo. Foto de su cuenta de Twitter

Apenas un año y un mes antes, en plena campaña de las autonómicas, en la sede del PP-A, como en los bares cofrades, se contaban los días al revés. «Faltan 33 días para el cambio», anunciaba un cartel con la foto del hoy presidente de la Junta. El entonces candidato popular, en cuatro años de oposición, echó canas y cambió el estilo de sus zapatos (las borlas por el sport, los calcetines a rayas). Apenas una manzana le acompañaba para la travesía sobre la mesa del despacho junto al portátil. A Newton le bastó para hacer historia. A Juanma Moreno, también. «La región involucionará, iremos a recesión en menos de un año, se disparará el gasto público y se va a politizar todo mucho más», vaticinaba sobre un hipotético gobierno «socialcomunista». Un año después preside una comunidad «bloqueada», sin posibilidad de salir a financiarse a los mercados por incumplimientos heredados. Su posición débil en el partido ahora es de fuerza, convertido en el principal barón junto a Feijóo y en la cara amable del «cambio». La fontanería se reserva para Bendodo, vicepresidente de facto –a Juan Marín ya le ha traicionado varias veces el subconsciente– y convertido en la bestia negra de la oposición como el consejero con más influencia que se recuerda en la Junta, salvando las distancias, desde los mejores años de Zarrías. La mano derecha de Chaves pasaba por promesa como carrilero colchonero y el malagueño es corredor de fondo.

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Sanidad, pronóstico reservado; oposición, cuidados intensivos

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El consejero de Salud y Familias de la Junta de Andalucía, Jesús Aguirre, en el Pleno monográfico sobre Sanidad. Foto del Parlamento de Andalucía .

La jornada previa se cumplieron 37 años –el tiempo que el PSOE gobernó la Junta– de «Acorralado» pero el Pleno monográfico sobre Sanidad dejó indemne al consejero del ramo, Jesús Aguirre, quien acabó citando el «No es lo mismo» de Alejandro Sanz –a la postre, sobrino del histórico socialista Luis Pizarro–. Aunque el guión de la oposición, las protestas de los sanitarios y la erosión del consejero a cuenta, principalmente, de sus declaraciones y la crisis de la listeria –aunque en San Telmo lo que más escuece son las transfusiones de fondos de última hora– prometían una jornada de suspense en las Cinco Llagas, el debate viró hacia el género de terror bajo el síndrome de «Candyman», en cuya trama sólo aparece el monstruo al otro lado del espejo si se menciona tres veces. Aguirre se acordó de la ahora ministra Montero –el estreno de «La princesa prometida» cumplió 32 años– en varias ocasiones a cuenta del bloqueo de las cuentas que impide la salida a los mercados y mentó –55 años de «La pantera rosa»– «el caso ERE». Con los 680 millones cifrados en la condena de Chaves, Griñán y otra veintena de cargos socialistas que comprenden una década de gobiernos, «se podrían hacer 37 hospitales de alta resolución o lograr la equiparación salarial». Ante la petición de dimisión del portavoz socialista José Fiscal, se defendió Aguirre: «¿Y no debería dimitir Susana Díaz por los ERE? ¿Y usted dónde estaba?». Aguirre «desencadenado».

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Radiografía de la década ominosa

«Era un político puro –como señalaba Cercas de Suárez en «Anatomía de un instante»– y un político puro no abandona el poder: lo echan». Era un Domingo de Ramos de hace (mañana) una década, con las redacciones de costero a costero, cuando los teletipos marcaron en rojo la marcha de Manuel Chaves de la Junta. La permanencia en el poder del PSOE sobrevivió a la caída del Muro de Berlín pero no a la salida del que parecía presidente vitalicio. Griñán postergó la debacle, con aquella «mayoría relativa» y «fracaso absoluto» de Arenas –que titularon las portadas– y Susana Díaz conservó la inercia del poder tras romper el pacto con IU y negociar con Cs en 2015. Chaves, que parecía nacido para cabalgar la eternidad de la Junta, acabó descabalgado de la historia, como el PSOE-A, a raíz de aquella salida súbita hacia la Vicepresidencia del Gobierno –poco después de inaugurar el Metro de Sevilla– y que no se explica sin la irrupción y erosión del «caso ERE».

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La «paradoja naranja»

LA PARADOJA NARANJA

En la anterior campaña autonómica, Rivera ya se presentaba como Prometeo de la nueva Transición e igual citaba a Adolfo Suárez que a Alfonso Guerra. Entonces, Ciudadanos aparecía como un partido de centro pero sus guiños lo situaban en el centro-izquierda, más aún en Andalucía, donde el electorado se sitúa en el centro –30,9% según el Egopa– aunque los resultados autonómicos denotan una clara querencia zurda. En la presente precampaña, sobre todo tras la irrupción de Pablo Casado como líder del PP, la formación naranja, después de una legislatura apoyando al Gobierno socialista de la Junta, ha dado un golpe de timón: un viraje hacia el centro-derecha. La paradoja naranja radica en que, estadística y matemáticamente, para una formación que predica la necesidad de «un cambio» después de 40 años de gobiernos socialistas, toda posibilidad de alternancia en la Junta pasa, ante la imposibilidad empírica de una mayoría absoluta, por captar votos en el caladero del PSOE-A y Cs, usando un símil muy del gusto de Rivera, ha tirado la caña al caladero popular. La suma Cs-PP, de producirse un trasvase de votos de un partido a otro, resulta inocua ante la fortaleza del suelo electoral de la formación de Susana Díaz. «El antílope no necesita ser más rápido que el depredador para sobrevivir. Le basta con ser más rápido que los otros antílopes», reza un proverbio africano.

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El Gobierno del cambio, la bandera de Mozambique y el cortisol

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El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, desde la barrera. Foto de su cuenta personal de Twitter.

Sólo hay una bandera en el mundo –Mozambique– que incluye entre sus símbolos un kalashnikov. El Gobierno «del cambio» ha gozado de los 100 días de gracia y el fin de la tregua política coincide con el varapalo electoral al PP del pasado 28A. El cortisol es una hormona clave para la supervivencia. El homo sapiens 3.0 vive en un estado de alerta permanente. El organismo, para sobrevivir, sobresaltado, manda señales al hipotálamo y activa otras zonas cerebrales. Así comienza una respuesta involuntaria del organismo a través de señales hormonales y nerviosas. Es lo que se conoce como estrés. Tras ello, las glándulas suprarrenales liberan adrenalina y el cortisol, que no es malo pero en exceso es contraproducente. Las elecciones del 28A han supuesto el principal test de estrés para el Gobierno del cambio. Sigue leyendo

Susana Díaz y el mito del pebetero olímpico (“¿Velaske, yo soy guapa?”)

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Antonio  Rebollo, retratado por Efe, grabado en la memoria de una generación. Foto de Efe.

La luna, según los astronautas que estuvieron allí, huele a pólvora quemada. Igual que la sede de la calle San Vicente la noche del 2D o la de Génova y San Fernando a la caída del sol este 28A. El clásico bipartidismo cae al 51,4% en Andalucía –13,3 puntos menos que en junio de 2016, con una pérdida de casi 405.000 votos– y queda bajo la lupa demoscópica, por diversos motivos. Unos por el fracaso sin paliativos y sobrepasado de lamentaciones, caso de Génova; otros por un éxito sobrevenido que plantea cuestiones con mar de fondo. El Gobierno andaluz cierra filas a pesar del «sorpasso» de Cs en la comunidad -aunque en lontananza se oye el galope de Abascal amenazando con no apoyar los presupuestos- y Ferraz mira de reojo a Susana Díaz, todavía «enemiga» necesaria al menos hasta que las próximas elecciones municipales y europeas confirmen la ruta de las especias que emprendió Pedro Sánchez, al que en Alemania llaman “el guapo”, siguiendo los cantos de sirena de Pablo Iglesias, cual Magallanes y Elcano. La ex presidenta de la Junta se aferra al mito del pebetero olímpico. La noche del 25 de julio de 1992 pasadas las 22:38 horas, un arquero paralímpico,  Antonio Rebollo, lanzó una flecha en llamas en el Estadio de Montjüic. Milésimas de segundo después, el pebetero ardió en llamas. El mito y la inocencia defienden que efectivamente Rebollo alcanzó a acertar, con su flecha en el momento y el lugar exactos, su objetivo. La razón, prima hermana de la malicia, atribuye a la técnica mecánica aquella proeza. Se pulsó un botón y el pebetero ardió mientras la flecha, en expresión de la abuela de Sara Arguijo, “sabe Dios dónde andará” y unos operarios la buscaban allende la montaña mágica de Montjüic. De hecho, por aquella época, “Quién sabe dónde” era un programa de gran éxito. El botón estas elecciones ha sido la fábula de Pedro y/o el lobo. Al final, pudo más que el “efecto Vox” su contraefecto. “El defecto Vox”. Susana Díaz defenderá que en Andalucía ella lanzó la flecha en llamas y ardió el pebetero. 

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“El jardín de los senderos que se bifurcan” en el CIS

Continuacion del Debate sobre el Estado de la Comunidad en el Pa

Susana Díaz. Foto de Manuel Olmedo

“En el desierto/acontece la aurora./ Alguien lo sabe”. El haiku de Borges emparenta con el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de Tezanos. Como un réquiem existencial, toda vida y, por tanto, todo acontecimiento, se sustenta sobre tres pilares: lo que creemos ser, lo que quisiéramos ser y lo que de verdad somos. La realidad de las elecciones andaluzas del 2 de diciembre se sustenta en impresiones. El conflicto catalán influyó en el escrutinio de las urnas pero no tanto como sostiene el PSOE-A como coartada, más que como argumento, a la abstención. Casi 37 años de gobiernos socialistas, una corrupción epidérmica y el rechazo suscitado por el hiperliderazgo atrófico de Susana Díaz –quien ayer señalaba que no le ha dado tiempo a leer el «Manual de resistencia» de Pedro Sánchez porque lleva todo el día «currando»– dieron paso al ahora denominado «Gobierno del cambio». Las primeras impresiones carecen de segundas oportunidades. Aún conociendo los resultados, a toro pasado, el 68,6% de los encuestados por el CIS habría votado por el mismo partido. Sólo el 3,6% de los electores habría cambiado su voto conociendo el resultado.

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