Elogio del “manque pierda”: “el sentimiento trágico de la Liga”

Escribió Chirbes («En la orilla») que «si para algo sirve el dinero es para comprarle inocencia a tus descendientes». Decía Rodin que «el modelado es la emoción que la mano experimenta en la caricia». Algo así como la rosca de Jarni –«el mejor jugador de la ‘Juver’», que dijo aquél–; la folha seca que emana del empeine de Assunçao; el abismo a los pies de una barrera que salta en el minuto 92 de un derbi en el Pizjuán a libre y directo de un jugador de la estirpe contrahecha de Garrincha como Beñat; el golpeo eléctrico de Cuéllar en el vértice del área; la manada de elefantes –«Jumanji»– al paso de Emaná; Finidi George en banda gambeteando como la sombra de Peter Pan; o el sutil obús de Calderón (matador) de golpe franco directo. Como le dijeron, todavía imberbe, los veteranos a Valdano en el vestuario de Boca: «No sois vos el que tiembla. Es el estadio». A falta de posibles («desenvolvimiento», también dijo aquél) y uniendo conceptos, el silogismo que resulta es que a través de la emoción también se llega a la inocencia. Es la temporada 91-92 y el Betis remonta al Rayo en el Villamarín, 4-2. Ese día en Heliópolis, cuando se pone el sol en Sevilla, Jaime Pérez –como Alfonso, «qué bonitos» siguen siendo en la memoria «los goles de Alfonsito»– y de segundo Andersen –como el precursor del «Mannequin Challenge», pasaporte a Segunda junto a Sara, susto y muerte en la portería– se «confirma», a lo Unamuno –el filósofo y también el delantero del Betis, como prologa Iwasaki– en «el sentimiento trágico de la Liga». «Como balas de cañón. Sentir Betis: Cómo contárselo a mis hijos» (Samarcanda), presentado el pasado jueves en el Villamarín, supone la biografía particular de la confirmación en el beticismo bajo la máxima del «manque pierda». Una filosofía de vida que se resume en la certeza de que –como le decía Thomas Wayne, y después el fiel Alfred, al «señorito Bruce» en el «Batman Begins» de Nolan– «nos caemos para aprender a levantarnos».

J. P. Andersen (Sevilla, 1972) es zurdo como Rafael Gordillo y «Como balas de cañón» es una obra a banda cambiada, a destiempo si se quiere, o a contratiempo, «con el Sevilla en el mejor momento de su historia y el Betis reconstruyéndose como el ave fénix», para combatir una de las mayores mentiras de la humanidad: la victoria. Igual que el mayor éxito posible pasa por conseguir ser más humilde –«Rafa Nadal igual no lo sabe pero es puro Betis»–, la derrota guarda un poso de sabiduría y aprendizaje en el que se basa la historia misma de la humanidad. La derrota (y también la muerte) iguala al hombre. Ahí radica «la diferencia» del Betis.

J. P. Andersen, que un día se lió la manta a la cabeza, a lo Vidakovic cuando salía del área, y se agarró al sueño de escribir como el Principito «a una bandada de pájaros silvestres», defiende «el manquepierda» como «seña de identidad reconocida en el mundo entero». «De alguna manera se le está empezando a atacar desde fuera», señala delante de un café a lo Tab Ramos –americano–, «pero también desde dentro hay béticos que empiezan a dudar de que sea algo positivo. Es un manquepierda malentendido. Para mí, es un signo de fidelidad mayúsculo, pase lo que pase yo estoy ahí pero también es un símbolo de lucha, no de resignación, para decir: he perdido, me han golpeado, me levanto. Y me levanto para hacerme mejor». «Por eso decidí explicárselo a mis hijos. Son pequeños y ven la bandera de Andalucía y dicen Betis». El Betis, patria chica del paraíso perdido (y encontrado en la liturgia de un partido de fútbol), de la infancia. Un mapa de 13 barras para la comunión tribal, que es la forma de organización humana que acabó haciendo sapiens al hombre pese a que en la tribu impera la emoción. Esos niños que serán hombres y mujeres «el día de mañana tendrán que decidir si continuan la tradición que empezó su abuelo Pepe, que no es de Sevilla y se hizo bético por adopción». «Quería escribir este libro para hacer un legado bético», señala, a través de «pequeños capítulos en los que se responden preguntas» y también se inculca «respeto por el Sevilla» (a pesar del «miedo de que algunos no lo entendieran»). En definitiva, un «libro de enseñanza». «Es un juego, si el rival gana, se felicita. Si eligen ser de otro equipo, es su decisión. Pero para mí ha sido tan importante y me ha dado tanto el Betis, que me gustaría que sigan».

 El Betis está entre los seis equipos de España en seguidores, por delante de la Selección y «es el segundo equipo de mucha gente. A pesar de la falta de resultados deportivos, de que el equipo está judicializado, de tantas cosas». «La leyenda que recorre el mundo entero» –Del Sol, Rogelio, López, Alabanda, Cardeñosa, Pumpido, Capi, Joaquín, Dani, Oliveira, Rincón, Miki Roqué…–. «Ya lo he entendido», sintió el pensamiento Jorge Pérez Andersen en aquel Betis-Rayo de Segunda. El Betis, finalmente, ese año «no ascendió». Y el estadio, como en la promoción con el Tenerife y el Dépor, como contra el Valladolid una última jornada de Liga, siguió gritando «Beeetis, Beeeetis». «Sale el grito y nos levantamos otra vez» con «una impronta en el ADN que te hace invencible». A pesar de la derrota.
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La retórica victimista y la simpatía por el “Alcorconazo”

La teoría marca que la retórica victimista «es una técnica demagógica que consiste en descalificar al adversario mostrándolo como atacante en lugar de refutar sus afirmaciones». El sujeto «adopta el rol de víctima dentro del contexto de la discusión, de tal forma que el otro interlocutor queda posicionado implícitamente frente a terceros como un impositor autoritario y su argumentación como mera imposición o ataque». La última comisión parlamentaria de Hacienda fue un caso práctico. «Hay que ser contundentes contra la corrupción», señaló María Jesús Montero, instando a los populares a «pedir perdón» ante las «difamaciones y permanentes insidias hacia personas con cargos a los que se le ha archivado la causa, pero el PP tiene afán por arrojar sombras de duda y no le interesa recuperar el dinero público». El PP preguntó por los expedientes de reintegro caducados y las transferencias a IFA/IDEA, el ente del «fondo de reptiles».

Con el 26J a la vista, la actualidad judicial –el sobreseimiento del consejero Ramírez de Arellano en el «caso Centrius» y el auto judicial que asegura que en Jaén no se ha producido fraude en la formación, cargando contra la Policía– ha cargado a la Junta de argumentos para rescatar la teoría de la «causa general». La consejera María Jesús Montero se escudó en los citados casos. «Tienen que pedir perdón», señaló repetidamente aludiendo a Arellano, por más que, por ejemplo, en el bando popular haya sido absuelta la ex alcaldesa de Jerez María José García Pelayo y tampoco nadie haya pedido perdón públicamente. «El chicle no estira más», insistió sobre la formación, acusando al PP de «empozoñar» la vida pública y de seguir «intentando prolongar la comisión de formación y los casos que les aporta rédito electoral, pero ya no estira más». «La misma cantinela, el mismo tam-tam, erre que erre y sin pedir perdón», señaló Montero al ser cuestionada por los fondos recuperados en el «caso ERE» –855 millones en entredicho– o en la formación –tres millones de 90 reclamados, de 2.896 millones repartidos–. «La Junta, junto a la Agencia Tributaria estatal, hará lo imposible para recuperar hasta el último euro», defendió Montero.

«El victimista se disfraza de víctima, consciente o inconscientemente, simulando una agresión o menoscabo inexistente; y/o responsabilizando erróneamente al entorno o a los demás», continúa la teoría. La estrategia y la mercadotecnia –sucesivos cortes en la televisión pública incidiendo en la idea– hacen el resto. El trasfondo psicológico es el mismo que hace que durante una eliminatoria entre el Real Madrid y el Alcorcón o el Barcelona y el Numancia el aficionado vea con simpatía al rival más débil o que en Roland Garros se abucheara a Nadal o en Tour a Indurain. «La Junta no tiene interés en recuperar los fondos porque quedaría al descubierto la red clientelar», señaló el PP. La consejera aseguró que «los reintegros de la Junta los gestiona la Agencia Tributaria de Montoro».

Los objetivos de esta estrategia pasan por polarizar (se señala a un enemigo externo, a un antagonista reconocible); desacreditar («El PP va a dar lecciones, teniendo que pagar una fianza por la reforma de su sede», recordó Montero); y reforzar (la pertenencia a un grupo). La polarización y el refuerzo tienen un efecto evidente sobre el voto propio (Chaves utilizó esta estrategia del agravio con rédito durante los años de Aznar). El descrédito del rival, por su parte, persigue debilitar el voto ajeno más susceptible de cambiar de opción política así como los indecisos. Otro efecto es el del «recuerdo negativo», provocando que a la hora de la decisión electoral se asocie determinada marca con determinado caso. PP-Gürtel, PSOE-ERE o Formación, por ejemplo. Se trata de una técnica recurrente y en muchas eficaz a corto plazo –caso de Camps en Valencia, que con las acusaciones iniciales de los trajes ganó un escaño– en los casos en los que se exige la asunción de responsabilidades y se cuenta con un importante caladero de votos y otros tantos que fluctúan en su intención.El PP denunció que “todo lo que ocurre pone en evidencia que la Administración carece de mecanismos para controlar lo que se recupera. No sabemos la cuantía reclamada y la cuantía reintegrada”, señaló la diputada Ruiz Sillero, dudando de las “cifras redondas” que ofreció la Junta tras meses sin respuesta. Miranda, también por el PP, señaló que la Junta “ha denunciado al funcionario” que denunció la “falta de procedimiento” en el “caso Invercaria” en lugar de perseguir el fraude. “No es lo mismo un ilícito penal que errores contables. No utilice la fiscalización cuando le interesa”, respondió Montero, cuestionando continuamente “de qué año habla” y acusando a la oposición de crear “una apariencia de que es ahora mismo” cuando “la Junta toma nota de todos los órganos de fiscalización y no difamamos como ustedes”.

Barcelona o la (re)creación del fútbol: Hefesto en el Olimpo

El día en que se marchó del Fútbol Club Barcelona, Ricardo y Nacho lo dibujaron en un barquito (de cáscara de nuez) dejando atrás una gran nave, llevándose el timón. Igual que Hefesto, tuvo que irse del Olimpo. Porque la lucidez duele.

Tiene el frío de los que han vivido mucho -que ya decía Avicena que las vidas se miden por su intensidad, no por su duración-, pero su mirada fija, penetrante, irradia esquirlas de oro robadas del mismo infierno. De infierno amable. Tiene los ojos de Vulcano en la fragua y perfil de navaja buena. Irradia la naturalidad y la calma con que los líderes se mueven en medio del caos. Y tiene los pies en el suelo, aunque su material genético descienda del mismo Apolo, el que robó la luz a los dioses. “Yo tengo la obligación de saber el porqué de las cosas”, dijo un día a sus colaboradores. Como en el campo, el eje sobre el que todo gira.

“Cuando las órdenes son razonables, justas, sencillas, claras y consecuentes, existe una satisfacción recíproca entre el líder y el grupo”. Esta sentencia atribuida a Sun Tzu en el El Arte de la Guerra condensa el respeto de los campeones de Europa hacia Guardiola, al que tratan como a un hermano mayor. El mérito es de él, dicen. “El entrenador nos ha hecho triunfar y somos esclavos de su credibilidad”, asegura Messi. Y él se quita de en medio y se quita el sombrero y dice que nones, que se siente “un hombre afortunado”, consciente de que –como Toni Nadal aconseja a Rafa Nadal- creerse superior por ser bueno dándole patadas al balón –o a una pelota amarilla con una raqueta de tenis- es tan absurdo como creerse superior por ser bueno jugando al escondite. Y es por eso que son superiores: porque juegan como si no lo fueran.

“Tres títulos a la primera es sólo para los elegidos”, le dijo ZP a Guardiola en su primer “éxito” como pseudoministro de Deportes. “No sé si podré estar mucho tiempo”, respondió Pep. Capricornio, obsesivo, perfeccionista. Perfecto. Se dignifica y dignifica a los que le rodean. En la sala de prensa, a cada plumilla llama por su nombre. Quiere saber todo. Conocimiento y respeto. Porque sabe que todo gira sobre él. Elegante y seductor, como Humphrey Bogart en un banquillo dándole una calada al tiempo.

Guardiola convenció a sus jugadores de que podían ganar todo el primer día que entró en el vestuario, llegado de la Tercera División del fútbol español. “Si me creéis, ganamos todo”. Y ganaron la Liga de calle, exhibición en el Bernabeu incluida. La Copa del Rey, sacando el balón jugado en cada saque de puerta desde las esquinas del área. Y la Liga de Campeones, contra el equipo que nunca había perdido una final, el que dirige el mismo entrenador –Alex Ferguson- que llegó a Old Trafford cuando él era un recogepelotas que abrazaba a Víctor Muñoz tras alcanzar la final de la Copa de Europa contra el Gotemborg en 1986. La triple corona (de laurel). Los títulos quedan en los museos y las hemerotecas. El fútbol queda en la memoria.

“Dedico esta Copa al fútbol italiano y especialmente a Paolo Maldini, que no se preocupe porque tiene la admiración de toda Europa”, manifestó Guardiola tras la final de Roma, donde jugó medio año y donde sufrió a Capello. Los mediocres temen a los machos alfa de la manada. Su sola presencia les asusta porque para ganarse el respeto de los compañeros sólo necesitan ser ellos mismos. Nada más. Está hecho de hueso y talento. Y eso da miedo. En Roma, siempre cenaba donde cenó por última vez Pasolini, en el barrio de San Lorenzo, que así se llama el sol y, como la cabra tira al monte, Prometeo tira hacia la luz. Restaurante Pommidoro. Cuando llegó a Italia, le vinieron a decir: dónde vas, canijo. El Pep acabó como capitán del Brescia, un equipo menor de gladiadores. Un Numancia en el que jugaba un niñodios, Roberto Baggio, que reconoce que Pep era el entrenador en el campo de aquella escuadra. El equipo se mantuvo en la Serie A.

A Pep Guardiola le gusta llevar a sus hijos al colegio cada mañana. Tras ganar la Copa del Rey o, antes, tras el partido del Bernabeu, los niños se asomaron por la ventana y empezaron a aplaudir. “¿Por qué aplauden, papá?”, preguntó Màrius. “Porque están felices, hijo”. Prometeo le robó la luz –la felicidad- a los dioses. Y los niños aplaudimos. Es un enorme ser, Guardiola. Un misterio, Pep. Por las cuestas de Roma, donde dicen que conducen todos los caminos de la tierra y el Olimpo, se le ve desaparecer con su barba de siete días, cabalgando sobre una sonrisa. Igual que Vulcano, tiene la mano de Afrodita. En la ciudad eterna, conquistó la gloria y la memoria. Morituri te salutant.