El factor Illa y el síndrome Pantani

La campaña de las catalanas comenzó con una suerte de debate telemático con unas fotos de los candidatos sobre unas sillas. La escenografía recordaba al velorio de los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic, desaparecido de súbito en la ficción. La serie, que fue de culto y cuyo final sólo gustó a talibanes, se llamaba «Perdidos». El candidato socialista dijo en su primer acto oficial, ante un fondo cuasinaranja Ciudadanos, que «la prioridad» de su presidencia será «la lucha contra la Covid». Si Illa lo hace muy bien, igual hasta lo nombran ministro de Sanidad, entrando en uno de esos bucles espaciotemporales de la serie de J. J. Abrams. Un ente supuestamente independiente ha colocado a España en el puesto 78 de 100, tras Libia, en la gestión de la pandemia. Un suspenso generalizado en el mundo que sirve para pasar de curso o «de pantalla», que suena más «cool»; con la venia de Mr. Wonderful y de la ministra Celaá –valga la redundancia–, la mercadotecnia de Iván Redondo, la cocina de Tezanos y la audacia de Pedro Sánchez. El CIS condiciona las medidas contra la pandemia y da a Illa el salvoconducto para batirse el cobre por España –la de «las ocho naciones», la de «la nación de naciones» o la de «la camisa blanca de mi esperanza»– en Catalunya. En resumen, el talante de Illa es extraordinario y su manejo del capote –con un gesto entre la mueca sorda y la media sonrisa, el flequillo siempre impertérrito– supuso una bofetada sin manos a una oposición que busca su identidad entre el toro y el torero y ante el minotauro pop del populismo. La gestión de Illa ha sido un homenaje al «marianismo». Una continua alfombra roja a las circunstancias. La línea que separa la audacia del disparate es muy fina. El nivel de la política española es tal que ocurre como cuando en la discoteca daban las 3:00 AM y el personal se quedaba en la barra sujetando el abrigo. El listón está tan alto que todo el mundo pasa por debajo. Y nos gusta Fernando Simón, por buena gente, Silver Surfer en plena ola del coronavirus. Y así aceptamos pulpo como animal de compañía y a Illa, porque es educado y aseado de verbo y formas, como ministro de Sanidad o como candidato a la Generalitat. Los «Illiers» podemos perdonar a Illa, hijo del pensamiento, que no sepa de Sanidad y hasta pasar por alto los muertos del Covid –por todos lares, con perdón, crían malvas y también cuervos–. Un ministro de Cultura no tiene que ser poeta ni el de Fomento saber encofrar. Lo imperdonable es la traición a los valores. «Me lo han pedido mis compañeros», dijo con la cara de Djukic cuando falló el penalti del Deportivo. Illa apareció como Pantani, a contratiempo. Un político con las formas de otra época y, sin embargo, ligero. Como el escalador que daba a sus rivales semanas de ventaja para remontar en la montaña en tanto sus adversarios machacaban la pista como quien convierte en vino las uvas (de la ira). «La singularidad exige la máxima pureza», escribió Segurola del Pirata, y «la traición de carácter moral» de Pantani en el Giro del 99 «le destruyó». Pantani murió un 14F, el mismo día que se celebran las elecciones catalanas. Illa, con ese aire a su tocayo portugués Sobral y un puntito Roberto Carlos – «Quiero tener un millón de amigos», «El gato que está triste y azul»– ratifica que no hay más patria que donde uno puede mandar (y a Puigdemont lo encontré en Bruselas). Como bien saben en Granada, no es la fe la que mueve montañas sino las placas tectónicas. Con el ladrillo aprendimos que los economistas predicen a posteriori y en la pandemia que ni los expertos son de fiar. Lo dijo Camba: «Yo creo que una cupletista es algo mucho más patriótico que un diputado o un senador». «Morir solos, vivir juntos», era el lema leitmotiv de «Perdidos».

Keynes y Hayek o el pase de la final de Glasgow

Juan Bravo y Rogelio Velasco. Foto: Junta de Andalucía

“La prudencia es la elegancia del marino”. En medio de la marejada, las dos almas económicas de la Junta –Velasco y Bravo, Keynes y Hayek– difieren sobre cómo aplacar el temporal y sobre el concepto mismo de «prudencia». El puerto de salida: Andalucía parte de una situación crítica de pobreza ante la crisis de la Covid-19, con 3,7 millones de afectados, el 37,7% del total de la población, según la Red Andaluza de Lucha Contra la Pobreza y la Exclusión Social. A una tasa de paro estructural en torno al 20% se suman los ERTE –ahora, 85.035 trabajadores de 26.000 empresas–, ERE y cierres por la pandemia. Los servicios públicos, sanidad, dependencia y educación, van al límite. Ante este panorama, el consejero de Economía, Rogelio Velasco, de Cs, aboga por «ahora gastar, gastar, gastar sin parar». El consejero de Hacienda, el popular Juan Bravo, que es quien dirige el Presupuesto y cuadra los números, y que fue portero profesional de fútbol sala antes que político en ejercicio, trata de parar el efecto del tiro y bajar el balón al suelo. «La deuda habrá que pagarla», señaló en la Comisión de Hacienda en el Parlamento. «La AIReF dice que se tardará más de una década» en pagar la factura del coronavirus, cifró el consejero. Bravo pidió a Montero un calendario para el retorno a la senda de estabilidad.

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“Adopta un reportero”: retazos de una especie en peligro de extinción

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El tatuaje de la Leica M3 del 62 de su abuelo, en la diestra, le delata y esconde en tinta el cruel recuerdo de «la felicidad» hecha cámara. Un vestigio del pasado. Cualquier tiempo pasado fue anterior pero no necesariamente mejor («que también»). Un tratado del oficio de mirar y ver. De detener el tiempo en un mundo que no para. La contradicción de una foto. La antigua alquimia de encerrarse en un cuarto oscuro y parir la luz. Un proceso, un parto, ahora reducido al duelo frente a la pantalla de retina de un ordenador. «Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo», decía Hemingway. Lo único que detiene el tiempo es una fotografía. El retrato de un instante enmarcado en una ilusión de eternidad.

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La “reprobación De Llera” y el “Periodismo Cien Montaditos”

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Susana Díaz y De Llera, en plena reprobación. Foto de Manuel Olmedo.

Empezó el día muy poético en el Parlamento andaluz, con Maíllo citando a León Felipe (supuestamente): “Las palabras no sirven, son palabras”. Mercedes de Pablo apuntaba después en Twitter que la cita en realidad es de Alberti. “Rafael no se enfadaría”, añadió Maíllo. Si el coordinador de IU en Andalucía, que sabe latín, puede equivocarse, cualquiera puede hacerlo. Y no es en este caso por las confluencias. (Que también). Continuó en la sesión vespertina Mario Jiménez con la lírica y le pidió “unas palabras a Machado” no sabemos si vía ouija, vía wikipedia o vía biblioteca.

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La saga/fuga de Íker Ícaro Iscariote (el portero de Píxar y una habitación para llorar)

Como al Chapo, el narco de México, a Casillas le fueron haciendo un túnel sigiloso con su altura y todo desde el Santiago Bernabéu al retiro con parada y fonda en Oporto. Florentino Pérez  pasa por una suerte de Galactus, a saber: “un ser cósmico que necesita consumir planetas para calmar su hambre, por lo que recurre a la ayuda de heraldos –ay, don José Llourinho- que él  mismo nombra”. Asimismo, “ha sido descrito como una fuerza que el Universo necesita para su propio equilibrio”. Florentino, por todos es sabido, tiene querencia por los galácticos e Íker, todos  lo saben también, sólo es un tipo de Móstoles. Con alas como Ícaro, a veces, elevado a santidad sobre la hierba, pero de Móstoles al fin y al cabo. Íker nació como Ícaro y se va como Iscariote, “el apóstol traidor que reveló a los miembros del Sanedrín el lugar donde podían capturar a su Maestro”. Nada que no se anunciara en la Última Cena, a la que también acudieron Di Stéfano, Del Bosque, Valdano, Hierro, Raúl, Fernando Redondo, Claude Makélélé, Figo, Guti o Fernando Morientes. Íker Casillas se fue del Madrid entre lágrimas, solo, aplaudido por sus amigos de la prensa –algo que jamás se le perdonó porque ser amigo de mala calaña como los periodistas es pecado mortal y casarse con una reportera es Sodoma y Gomorra- y dejando un titular que recogió el mundo entero: “C’est fini”. Al día siguiente –Florentino, tan del Opus, no pudo esperar ni al tercer día para la resurrección- se volvió a despedir y el presidente, “ser superior” –el Evangelio según Butragueño-, dejó medias verdades –“Se va porque él quiere”, ajam- y una gran verdad recogida off the record: “Estaba hasta los huevos”. Las palabras se afilan como las navajas de Albacete. “A los padres, los héroes y los mitos se les respeta, niño”, enseñan los abuelos. Florentino y sus acólitos ni tienen abuelos ni falta que les hace. Florentino pasa por una suerte de Hannibal Lecter, devorador de mitos. “Saturno devorando a sus hijos”. Textual: “Hannibal desde una posición esquizoparanoide, comienza a desarrollar fantasías de persecución de los objetos “malos”. Estas fantasías funcionan como una defensa para negar la realidad externa. Pero también como una forma de defenderse de su realidad interna (del miedo, la frustración, el odio y la agresión).También desarrolla fantasías de grandiosidad, a través de las cuales idealiza su propio Yo como “superior”. Esta grandiosidad constituye una manera de defenderse frente a otras ansiedades depresivas inconscientes, en las cuales el objeto esta irreparablemente destruido. En conclusión Hannibal utiliza procesos de escisión y negación primaria, que no le permiten elaborar la pérdida y alcanzar una posición depresiva.Desde un Análisis estructural, Hannibal presenta una estructura de personalidad limítrofe de bajo funcionamiento. Esto quiere decir que presenta una difusión de identidad, en la cual no es posible mantener un concepto integrado de si mismo y de los demás. Esto se evidencia en la incapacidad de adjudicar atributos positivos y negativos a él mismo y a los demás a través del tiempo y en distintas situaciones. Él es completamente bueno o malo, y los demás también son percibidos bajo esta lógica”. Up up and away, fin de la cita. Sigue leyendo