«Maracaibo tal vez», democracia quizás

“La sangre de Carlos José Moreno (17 años) está en tus manos Maduro. Cobarde”. El tuit es de Alejandro Sanz, la referencia temporal es ahora y el contexto espacial, Venezuela. La historia de «Maracaibo tal vez» (Samarcanda) arranca con un robo en el aeropuerto de Caracas. El protagonista es el editor Juan Galván, que viaja hacia el Festival de Poesía de la ciudad. De pronto #todossomosjuangalvan se convierte en trending topic en Venezuela en plena escalada de violencia entre Gobierno y oposición. La batalla se traslada a las redes, ante el vacío informativo. La novela une varias voces, arrancando con la del propio Galván y acompañado en la narración por la periodista Nadezka Álvarez y Perozo, miembro de los servicios de inteligencia. El muro de Twitter se convierte en el cuarto personaje. ¿Quién es Juan Galván? ¿Existe en realidad? ¿Qué ha venido a hacer? Tras estas preguntas, Miguel Ruiz Poó se adentra en la comprensión de lo que realmente está sucediendo en Venezuela.

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Elogio del “manque pierda”: “el sentimiento trágico de la Liga”

Escribió Chirbes («En la orilla») que «si para algo sirve el dinero es para comprarle inocencia a tus descendientes». Decía Rodin que «el modelado es la emoción que la mano experimenta en la caricia». Algo así como la rosca de Jarni –«el mejor jugador de la ‘Juver’», que dijo aquél–; la folha seca que emana del empeine de Assunçao; el abismo a los pies de una barrera que salta en el minuto 92 de un derbi en el Pizjuán a libre y directo de un jugador de la estirpe contrahecha de Garrincha como Beñat; el golpeo eléctrico de Cuéllar en el vértice del área; la manada de elefantes –«Jumanji»– al paso de Emaná; Finidi George en banda gambeteando como la sombra de Peter Pan; o el sutil obús de Calderón (matador) de golpe franco directo. Como le dijeron, todavía imberbe, los veteranos a Valdano en el vestuario de Boca: «No sois vos el que tiembla. Es el estadio». A falta de posibles («desenvolvimiento», también dijo aquél) y uniendo conceptos, el silogismo que resulta es que a través de la emoción también se llega a la inocencia. Es la temporada 91-92 y el Betis remonta al Rayo en el Villamarín, 4-2. Ese día en Heliópolis, cuando se pone el sol en Sevilla, Jaime Pérez –como Alfonso, «qué bonitos» siguen siendo en la memoria «los goles de Alfonsito»– y de segundo Andersen –como el precursor del «Mannequin Challenge», pasaporte a Segunda junto a Sara, susto y muerte en la portería– se «confirma», a lo Unamuno –el filósofo y también el delantero del Betis, como prologa Iwasaki– en «el sentimiento trágico de la Liga». «Como balas de cañón. Sentir Betis: Cómo contárselo a mis hijos» (Samarcanda), presentado el pasado jueves en el Villamarín, supone la biografía particular de la confirmación en el beticismo bajo la máxima del «manque pierda». Una filosofía de vida que se resume en la certeza de que –como le decía Thomas Wayne, y después el fiel Alfred, al «señorito Bruce» en el «Batman Begins» de Nolan– «nos caemos para aprender a levantarnos».

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