Gran Pepón (Jurado) de las pequeñas cosas

Al principio fue Pepón, después, quizás, vino la palabra. Pero antes de todo eso, seguro, fue la música. Un poco de blues. Una marcha de Semana Santa. Un soul. Lo demás fue una derivada en un cruce de caminos como el que, dicen, engendró a Robert Johnson.

Pepón no era un hombre, es una cátedra de vida. “Soul man” con cigarrillos Celtas en el bolsillo de una camisa de formas imposibles. No es que Pepón fuera retro, es que, como los grandes clásicos, era atemporal. Un Expediente-X al que aferrarse gravitando por quién sabe qué constelación. Casi dos metros de tío dotado con la empatía rudimentaria de nuestros primos los macacos, que se dice pronto, en una jungla de asfalto y ojana; y con “la intelijensia de saber el nombre esacto de las cosas”, que ya quisiera Juan Ramón. Grande y vetusto como una farola fernandina que alumbrara con luz de gas. Tan intrahistoria es Pepón que al final se coló en la Historia. En la de Sevilla, en la de la prensa de Sevilla. Eso a él le importaba el carajo la vela. A él, tan grande y tan chico a la vez, lo que de verdad le importaba era nuestra historia, que era intra(historia) y era entre todos nosotros.

Pepón siempre estuvo ahí y el quebranto de esa certeza asoma tras el abismo de su ausencia. Y como Pepón siempre estuvo ahí, uno, que mientras él se dedicaba a tender al infinito, a orbitar sobre la Tierra misma, surcar mares, habitar tierras, explorar confines, uno no tendía más que a colgar la ropa sobre el alambre, desnudo en un oficio de sueños -casi todos ya pesadillas-; ingenuo, uno pensaba que Pepón, igual que la Giralda, como siempre estuvo ahí, en una incierta lógica, Pepón siempre iba a estar ahí también. O que aún no había nacido el forense que certificara su muerte o, más aún, que ni siquiera iba a nacer. Pero “la eternidad se hace larga, sobre todo al final” al punto de que las frases de Woody Allen no son lo mismo sin la risa de Pepón –risa peponiana-, que era como si Porky fumara tabaco negro.

Es verdad que de un tiempo a esta parte se estaban muriendo señores que no se morían nunca, es verdad; pero siquiera eso te prepara para la bofetada sin manos de la muerte. Tan callada y tan hijadeputa. Tan estruendosa en su silencio como el final de un disco de vinilo rayado. “La normalidad es una ilusión; lo que es normal para una araña es el caos para la mosca”, decía Morticia Addams‏. Esa extraña sensación que uno tiene en los sueños, que no tienen tiempo, se adueña por dentro con el recuerdo de Pepón. Por eso quizás no se puede precisar el momento exacto en que Pepón entra en la vida de uno como un ermitaño sin intención de ser encontrado‏. Pepón tenía algo de padre que juega con los niños o de hermano mayor tardío en hombre temprano. Como Mr. Propper cuando era niño, uno se lo imagina “desde pequeño rarito”. Especial, vaya. Uno imagina a Pepón de niño igual que ahora, con sus gafas, su tabaco en el bolsillo de una camisa retro, siempre por dentro, su chaleco grana sin mangas, dinámico sin dúo y sin par, sus discos de vinilo, sus maletas siempre por la casa, su pasaporte a todas partes, su bolso bandolera, su barba de madrugada en vela. Entonces, un día tropiezas con una foto de Pepón en Facebook de hace unas décadas y se confirma el axioma: Pepón siempre ha sido exactamente igual y allí está en un estudio de grabación. Con los pelos a lo afro, pero igual.

(Escribo esto con mi hijo, que nunca te pudo decir hola y sin embargo me acompañó a decirte adiós, en brazos, mientras duerme, tecleando a una mano, jugando con los dedos, mano lenta, como Eric Clapton, para no despertarlo. En realidad, llevo meses postergándolo. Te gustará saber, por cierto, que Diego duerme con Yann Tiersen y Amelie desde que nació. “Tears in Heaven”, enseñanzas de Pepón).

Pepón era por definición el anti solipsismo, que es un “palabro” que etimológicamente significa que sólo yo existo. Pepón no necesitaba apuntar palabras raras. Sencillamente, lo sabía todo. Pepón fue lo contrario del resentimiento existencial del humillado. Un tipo con la certeza de que pasaría a la historia reflejado en las pupilas de los que pasarán a la historia y que ahora da nombre –que se jodan con sus garnachas de baratillo los que quisieron echarte de allí, que se jodan bien jodidos- a la Sala de Prensa del Ayuntamiento de Sevilla. Los periodistas sabemos desde Walter Cronkite que “si algo anda como un pato y dice cuacuá, lo más probable es que sea un pato”.‏ Cuando la cosa no estaba tan clara, desde el principio de los tiempos, todos preguntábamos a Pepón, que casi siempre nos descubría un cisne o una gallina donde todos creíamos que había un pato que hacía cuacuá. «Lo maravilloso de aprender es que nadie puede arrebatárnoslo». B. B. King‏.

Coincidíamos en que “El último de la fila” es el mejor grupo de los 80 a esta parte y puede que de la historia de España. Coincidimos en que Antonio Vega no era un hombre, era un ángel. Me reprochabas –y con razón- alguna canción de Bunbury subida al Facebook. Pepón era un ser inventado, como el comisario Moretti. Como Mastropiero. A mi pesar. Crítico como Chicote en la cocina del Guirigay. Con el vértigo inmaculado y adicto a la madrugada, donde todas las noches son siempre viejas. Paciente como el que le puso el nombre a Cienpozuelos.‏ Un tipo, al fin, capaz de ordeñar las nubes y regalar mensajes “urbi et orbi”, de ánimo, de buenos días, de cómo estás, que estás perdido. Los cumpleaños sin tus canciones, ahora que los chavales empiezan a preguntarme la hora hablándome de usted, son una putada doble. En tu última carta me decías que te había gustado lo que subí del asesinato de Cariñanos, que en realidad era un reportaje de hace unos años. Me contabas anécdotas de aquella fría tarde-noche. Como dijo Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio…”, acababas.

Repasando tus mensajes también caí en uno en el que una noche me confesabas que derramaste “una lágrima de felicidad” por mí y que se te vino una “canción triste -con la que me identifico bastante- pero que, en esta ocasión, tenía un final feliz”. “De vez en cuando la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un atlas, nos pasea por las calles en volandas, y nos sentimos en buenas manos; se hace de nuestra medida, toma nuestro paso y saca un conejo de la vieja chistera y uno es feliz como un niño cuando sale de la escuela. De vez en cuando la vida toma conmigo café y está tan bonita que da gusto verla. Se suelta el pelo y me invita a salir con ella a escena. De vez en cuando la vida se nos brinda en cueros y nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas por no romper el hechizo. De vez en cuando la vida afina con el pincel: se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla. De vez en cuando Poseidón envía a la mejor de sus hijas para rescatar a Robinson porque si no existieran “náufragos de arena” habría que inventarlos”. Cada una de tus palabras, cada uno de tus recuerdos, son un tesoro, José Luis Jurado, locutor de jazz, friki de Big Bang Theory, Sheldon Cooper de Triana, fan de los análisis de Carlos Mármol –y maldita la hora en que te tuvo que dedicar una entrada-; gran Pepón de las pequeñas cosas, nacido un 13 de octubre y muerto el mismo día que Bécquer. No se puede querer más a Sevilla. “Swing” no fue sólo tu primer programa, swing – Gandalf entre hobbits, como bien define Paloma Jara- es como tú te movías por la vida, que ya lo dijo Silvio: “Hay que tener roll, rooll, hasta para llevar un paso.  Porque es la única manera de que no te pese nada”.

Sevilla es una ciudad muy religiosa pero poco espiritual. Pepón, ser vicervérsico, era poco religioso pero muy espiritual. Pepón era un incunable. Una inmensa colección de discos de vinilo, cuidada como las medias de encaje. Una muerte tan callada, que le tuvieron que poner en diferido al día siguiente.

Luto contenido, tristeza contrapuesta. Seres desalojados. Los espejos te hacen estar en ningún sitio y el cielo adquiere color mortaja. Un barranco, un precipicio que amuebla por dentro. Dennis Hopper, Peter Fonda, Easy Rider en autobús. Gino Paoli, Senza fine. El tiempo amarillea, Fernán Gómez de Ronda de Triana, y llora más el ateo que el creyente. Lisboa, cementerio dos praceres. Al de Sevilla llega la vía del viejo tranvía para el último viaje. San Jerónimo. Fuego fatuo. Pepón en realidad quiso ser negro como Lorca en sus poemas de Nueva York y cantar jazz. Manojo de respuestas, temblor de preguntas. Cabeza que fluye a la velocidad de la luz. “Larvatus prodeo”. Avanzo ocultándome. Sevilla es muchas cosas y es también “la cocina del infierno”. Pepón, que empezó lavando platos, era su voz con resquicios de ultratumba. La Macarena, en el año I d. P. (después de Pepón) llora, tan humana como nosotros, porque echa en falta en un vahído de imposibles, radiando la salida por las ondas, la caricia y el compás de tu voz.

Pd.:Le cuento a Diego, entre notas de Amelie, que fuiste feliz “como un niño cuando sale de la escuela”.

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Millennium (II): El plumilla que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

La esencia de la vida consiste en ir hacia delante. Dar marcha atrás no es viable. El pasado, como decía Soledad Villamil en “El secreto de sus ojos”, no es mi jurisdicción. “Me declaro incompetente”. Adelante, siempre. De derrota en derrota, hasta la victoria final, como dijo Ho Chi Minh o el Che o vaya usted a saber. (La frase le pega a Silvio, el rockero). A trompicones. Como sea. Por inercia. Adelante, siempre.

El periodismo –mayormente el impreso- anda estancado en un bucle melancólico. Las historias que alguien, siempre, todavía, toda/la/vida, ha intentado mantener ocultas permanecen ocultas. No hay medios, ni motivación, para llegar más allá de la convocatoria de rigor, del periodismo de agenda, del canutazo o de la rueda sin preguntas. El perro guardián de la democracia apenas es un yorkshire, con su lacito y todo. Un “lamechichi”, que le llaman las malas lenguas. Bastante tuvimos con sobrevivir, podremos escribir en nuestra lápida.

El producto informativo ya siquiera es producto. Se regala en internet. Se copia y pega de un medio a otro, de una agencia a otra. Sea verdad o mentira. El sindicalista Marcelino Camacho, al parecer, se murió la otra noche y resucitó varios minutos después. Muerte súbita, no. Muerte mediática, se llama la película. (Un purista del plumillaje, en otro tiempo, habría contratado a un par de sicarios para cargarse al menda. Todo menos que la veracidad del medio quede en entredicho).

Sarcasmo aparte, resulta evidente que el periodismo se ha perdido el respeto a sí mismo. Todo empezó el día que vendieron la maravillosa idea del increíble hombre orquesta o, mejor, el increíble becario orquesta. Las víctimas no son los periodistas, es el periodismo, herido de muerte mucho antes de que existiera internet. Los periódicos de papel comenzaron a morir cuando a un lumbreras encorbatado –con la complicidad silenciosa de los directores y demás seres galácticos- se le ocurrió que era más rentable vender malos periódicos que buenos periódicos. Se recortaron –y se recortan- las plantillas, los costes de producción, la calidad del papel y los contenidos para, en teoría, obtener más beneficios. Y la ilegalidad se casó con el fraude, como si fuera una viñeta de El Roto. Los mejores profesionales están fuera de las redacciones. Como si en una cafetería italiana esperaran ganar más cambiando la máquina de 18 bares de presión por una de hospital y cobrando al mismo precio el ‘aguachirri’ que el café expreso. Un lumbreras, el tipo. Y una falta de respeto al periodismo mismo.

Cuando llegó internet, los medios impresos estaban tan destripados que no pudieron ni protestar. ¿Y qué han hecho? Regalar el producto que sale a la mañana siguiente el día antes. El valor añadido del papel es la melancolía. Ni más análisis ni, por supuesto, más calidad que la web. La misma mierda, que diría Felipe González, alias Isidoro. Cojan el mejor periódico nacional, a ver cuántas páginas se pueden salvar de la quema en un día bueno. Nunca más de cinco. Leo en el twitter de Peperoni Ruiz que “The Guardian llevó ayer al pulpo Paul a portada, más destacado que Afganistán. Ya sabéis: la crisis de la prensa es culpa de Internet”. Pues eso.

Después está la falsa ilusión de pensar que el periodismo es un oficio que puede ejercer cualquiera. Un poné’, Belén Esteban. O un bloguero. Un bloguero lo primero que tiene que hacer es inventarse un nombre serio, por favor. Y el anonimato es la madre de la calumnia y la mentira. No sé si leí en algún lado o tuve el momento anual de lucidez el otro día y lo parí yo mismo, que “si se vieran las tripas de los partidos, no habría estómago para votar”. Los periodistas somos profesionales de la casquería. Y los partidos, los grandes, los que mandan, no se equivoquen, funcionan de un modo muy parecido a lo que se cuenta en “El Padrino”. “La familia” y esas cosas. Me contaba Paco Cifuentes, y lo escribía el maestro Correal, que cuando las elecciones norteamericanas, al Cabrero, entre Obama y McCain, le caía más simpático el de la cara oscura. “Las ovejas se están preguntando: ¿Quién será nuestro pastor? El pastor es lo de menos. Detrás del pastor hay un dueño y un carnicero”. Las verdades del Cabrero.

Como dice José Antonio Sola, “todo está inventado”. Evidentemente, no tratamos de descubrir la pólvora. Estas ideas las defiende, entre otros, David Simon. El creador de “The Wire” recuerda que “el periodismo, cuando se practica adecuadamente, es un acto increíblemente delicado, ético y exigente de tiempo que requiere conocer un asunto, mantener las fuentes, saber qué usar y qué no usar de estas fuentes, volver cada día para saber qué es nuevo y relevante en la institución que estás cubriendo y escribir de un modo sofisticado que a la larga desvele cosas complicadas sobre esa institución. Es algo que no puede hacerse desde el cuarto de estar, sino desde la calle y con llamadas telefónicas. La mejor gente que he conocido lo hacía, y cubría las instituciones durante ocho, nueve o diez años. En los periódicos de hoy en día, los reporteros con 10, 15 o 20 años de experiencia se han ido y no confío en que vayamos a descubrir lo que deberíamos descubrir en el ayuntamiento, en el departamento de policía o en el sistema escolar porque el reportero de 24 años que lo cubre lleva sólo seis meses”. Hay más medios y más voces que nunca, pero nos enteramos de menos cosas que nunca. O sea.

A la hora de la verdad, los lumbreras –el enchaquetado de la máquina de café de antes- confundieron internet con un formato publicitario. Internet es otra cosa. En relación a la prensa escrita, la forma de ahorrar costes en la distribución, la parte que se lleva el bocado más grande del pastel. En lugar de difundir los libros electrónicos y los ipad, ipod y toda la pesca –el futuro que no llama a la puerta, sino que va a tirarla abajo-, los periódicos –con los lumbreras encorbatados del café de las cagaleras a la cabeza- se han dedicado a bonitas promociones de, a saber, medio kilo de pepinos, caldito del puchero, pulseritas, televisores, mp3, bicicletas, magdalenas, pasos de Semana Santa en miniatura y un largo etcétera de productos que, lejos de crear clientes, de incentivar la lectura y la información, invitan a pasarse –siguiendo con el símil, es que uno es muy cafetero, oiga- del café al te o al cocalao. Regalar un periódico sin forma humana –o tecnológica- de vender publicidad de manera efectiva –los banner aún no aportan nada- es el suicidio del oficio. Cuesta dinero mandar a un redactor a Madrid, Barcelona, Jerusalén o a la esquina de la Macarena. Normalmente, el taxi lo paga el propio redactor, dicho sea de paso. Ergo, el producto tiene que costar algo. Tratado de Economía, página 25, autor: Perogrullo. El coste de distribución de internet es casi mínimo. Promocionen ustedes, señores encorbatados, las conexiones. Y como queda demostrado que son algo limitados, estimados jefazos de los medios grandes, pequeños y medianos, más clarito: cobrar por los periódicos en internet es la única forma de salvar las redacciones y, con ellas, el periodismo, con lo que ello conlleva. Aparte, el concepto rentabilidad sigue siendo relativo. ¿Acaso el editor de libros, el chatarrero o los primos de Angelina Jolie, los del grupo de homofónico apellido –qué guionista está perdiendo Buenafuente conmigo- cenarían con el Borbón o los presidentes de aquí y allá si se dedicaran, exclusivamente, a vender libros, chatarra o a ‘noséqué’ tanto como ahora? Callar a un periodista equivale a enmudecer la democracia. Si quieres influir en la política, no compres periódicos, compra periodistas.

Los lumbreras pusieron la pistola, pero los periodistas –no escurramos el bulto- estamos apretando el gatillo. Como le dijeron a Rita Amaya la primera vez que puso un pie en una redacción, somos como putas. Al principio, se sintió agraviada. Con el tiempo, comprendió que “los agraviados no somos nosotros. Y si me encontrase con aquel compañero le diría que sólo una cosa nos distingue de las prostitutas: la dignidad. Ellas la tienen”.

Mientras la sangría de profesionales sigue su curso, unos y otros miramos para otro lado. Apenas alguna protesta. Algún paro infructuoso. “Perro no muerde a perro”. El sofisma –como recuerda Aurora Flórez- tras el que nos escondemos para no hacer nada. No somos víctimas de un asesinato, no. La excusa de que “la tecnología cambió” no es válida. No somos el cochero de caballos que no supo sacarse el carné de conducir. La base de este invento que nació mucho antes de la imprenta de Gutenberg es elaborar información precisa y de calidad que ayude a comprender el mundo que pisamos. Si el producto fuera mejor, si cada noticia estuviera escrita como si fuera la noticia más importante del mundo –como hace Paco Correal, por ejemplo-, aunque sea la chorrada más grande del globo, podríamos exigir cobrar por las líneas que escribimos y tendríamos un nuevo sistema de distribución con unos costes limitadísimos. Periodismo Humano se basa en esto. No estamos siendo asesinados. Somos colaboradores directos de nuestra muerte; permitiendo que, por ejemplo, en Sevilla el decano de la facultad de Comunicación, hasta hace dos días, fuera un tipo que jamás ha pisado una redacción. Un amateur –dotado para la pedantería- de la comunicología, o sea. Y con una generación futura que cuando tuvo frente a ella el digno ejemplo de la lucha y la dignidad de El Correo de Andalucía siquiera tuvo el arrojo de cruzar de acera para aplaudir contra la injusticia. No es que perro no muerda a perro. Es que las ratas no nos relacionamos entre nosotros. Y apestamos a indignidad.

Cuenta uno de los más grandes plumillas de este país –un privilegiado en esto de contar historias que ha sido corresponsal en Roma, Londres, Nueva York…, un tipo con arrojo para llamar pan al pan y garrafón al vino malo- que no está “seguro de estar todavía en el oficio”. Humildemente le digo que si él no está en el oficio es que el oficio ya no existe y que en tanto llega el fin del mundo, como dice Sabina, que nos coja bailando. Y contándolo.
Hoy se celebra el Día de San Judas Tadeo, abogado de las causas difíciles y desesperadas, recuerda Sale Cao en el ‘feisbuk’. Adrián González, que se tuvo que coger las maletas para el lado oscuro siendo un plumilla multidisciplinar mucho antes de que existiera el ‘palabro’, cree “que internet le está haciendo mucho daño al periodismo. Se ha desatado la obsesión por informar antes que nadie, da igual qué, pero rápido, sin contrastar, sin verificar, al minuto, al segundo, antes que la competencia, todo bajo el epígrafe de “Urgente”. Hace diez años, el conocimiento acumulado era un valor añadido. Hoy no. Ejemplo: hoy cualquiera puede escribir una doble página sobre qué hacer, qué comer, qué visitar en Kuala Lumpur sin haber salido de su pueblo. Puedes redactar mejor, peor, hacerlo más atractivo, pero la información está ahí, en internet, con todas sus ventajas y sus condenas. Internet es el invento del siglo, pero empieza a tocarme un poco las narices”. “Internet nos va a matar”, dice. Tomás Monago recuerda que “el New Yorker es una referencia en papel y crece como un tiro: tiene ya 1.200.000 lectores, porque ofrece algo diferente. El papel morirá si se dedica a imitar el modelo de periodismo basura, tipo Mcdonalds. Porque, en teoría, el papel está para dar jamón y no hamburguesas”.

Algo pasa cuando hasta las autoras de éxito mundial de libros de autoayuda se suicidan. Algo pasa en el mundo. Y tenemos que contarlo. Aunque, más pronto que tarde, el anuncio para buscar redactores en un periódico recuerde al que puso Ernest Schackleton reclamando voluntarios para la expedición a la Antártida en 1914: “Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No es seguro volver con vida”. (Ni con alma, añado). “Honor y reconocimiento en caso de éxito”. Seamos como Fineo, rey de Salmideso, el que veía a través del tiempo. La mirada que sólo ve el presente es limitada. (El sabio observa las cosas desde un tiempo eterno). Decir que la realidad es indescifrable, que cualquiera la puede contar, es decir que es inmodificable y eso no sólo es mentira, sino que es lo que pretenden “los carniceros”. Es tiempo de descifrar la piedra Rosseta. La última página aún no está escrita. Aunque no manche los dedos de tinta. Una huella dactilar quedará marcada en la pantalla del Ipad.

El Real se hace mito borgiano (o Vitruvio en la Feria de Abril y Mayo)

vitruvio1El presente es tan poderoso en el recinto ferial que el pasado se ha perdido y, a veces, hasta se prende en una hoguera con las reputaciones. «La hoguera de las vanidades» reinventada. La portada de la Feria encendida.

Recorrer y sobrepasar el ecuador de la fiesta es hablar de excesos, del millón de visitantes, de calles con nombre de torero señero repletas de gente y casetas desbordadas de personas. El jueves de Feria -este año más aún por la celebración adelantada-se encuentran el que va y el que viene. El sevillano y el de fuera. Feriantes todos que hoy celebran su particular resaca en «la festividad del paro» -la jornada en rojo «robada» al calendario- y se toman «el trabajo» de volver al Real el 1º de Mayo, «que es fiesta».

El Ayuntamiento habla de que se están superando todas las cifras desde hace nueve años. Estas jornadas, el Real de Los Remedios se confunde con «el Aleph», el mito borgiano donde todos los acontecimientos del universo suceden en el mismo punto. Una Feria con atributos divinos, unicidad y omnipresencia, porque está presente en toda la ciudad. El centro está vacío. En Santo Domingo de la Calzada, no hay «señoras de la noche». Y no cabe más gente en las bocas del metro, que vomitan volantes cada cuatro minutos mal contados. Hay, incluso, quien habla del «mediometro», porque «el cacharrito no da la talla». O «del paraíto», no porque sea una infraestructura tímida, sino porque no hay semana que no eche «un ratito estropeado». El metro y «el gañote», figuras indiscutibles de la Feria de la crisis, en la que por olvido de la histeria de la Memoria Histórica, «El Bombita», con nombre tan bélico, aún conserva su calle en el Real. Rezan los taurinos para que ningún Bardem se haga torero.

Una caseta necesita 300 metros de estructura tubular y 250.000 acopladores para fijar los elementos. Aparte están otros tantos «acopladores». En este caso, los que cantan copla, que en la Feria se llaman sevillanas y tienen cuatro partes. La efímera sinfonía de la que sólo queda el eco de unas palmas, la guitarras, el taconeo. Cruce y vuelta. El vuelo de los volantes. Unos ojos negros. Porque es más sensual un escote de lunares que el semidesnudo de la samba brasileña. «Pero también me vale», que diría Silvio, el rockero. (Y el articulista, amén).

El origen de la salida de las cofradías está en Milán, en 1576. Una peste hizo al Papa sacar los santos a la calle. El génesis de la Feria de Abril está en 1847, en la feria del ganado. Con la peste de estos días, la nueva gripe, andan en el mexicano de Asunción «pelín mosca» y, con tanta bulla, al que ambienta no le sale la voz para su habitual cantar de Rolando, que así se llama el hombre.

En Pascual Márquez, 109, se arranca José Manuel Soto, náufrago de la Feria, mientras Sara Arguijo, con su traje de flamenca rosa, se echa un rebujito entre el bullicio de la caseta de «Los del 907», disimuladamente. La pantera rosa por sevillanas. Igual que los zahoríes saben encontrar el agua, el feriante sabe encontrar el fino.

En Sánchez Mejías, 50, en «Los Palillos», Patricia Godino estrena traje con el afán de sorprender a Juanito de la Huerga, aficionado a, «en llegando a cierto punto de la noche», hacerse con algún artilugio de ésos -flores o espadas luminiscentes- que venden los chinos, inventores de la brújula, la pólvora y la imprenta.

En la caseta de la Asociación de la Prensa, heredera de Gutemberg y «el chinaje», se hunde el tablao mientras bailan sevillanas. Metáfora de «la que está cayendo» en el sector y en el país y «lo que te rondaré morena».

En el Renacimiento, hoy sería la fiesta del «tripalium», que así se llamaba el trabajo y también un instrumento de tortura. El sevillano, que sabe latín, en Feria muta en hombre vitruviano, capaz de la cuadratura del círculo; de multiplicar el tiempo y las fuerzas para la fiesta y el trabajo. Ocio y negocio (nec-otium) unidos. El Renacimiento en Los Remedios. El feriante no acaba de morir y renace de los alberos de la Feria. Hoy y mañana y pasado sigue la fiesta. Renacer ferial. El domingo, fuegos. Y cenizas.

Magdala

“Se supone que un rocanrolero se mueve un poco mejor que un nazareno. Se supone”.

“Hay que tener rock, roll, hasta para llevar un paso. Porque es la única manera de que no te pese”.

Silvio Fernández Melgarejo.

La ‘milagrosa’ y supuesta virginidad de María, su parto ‘sin mácula’, es la base del imperante machismo de las sociedades judeocristianas. Las dóminas de la igualdad, en lugar de denigrar el lenguaje diciendo jóvenes y ‘jóvenas’, si es que tienen lo que hay que tener, si es que no pretenden vivir de la demagogia, debieran apuntar a los cimientos mismos del machismo, estructurados en la injusticia de llamar puta a la Magdalena, porque amó y fue amada sin pudor; mientras se venera la presunta virginidad de María, como si amar fuera pecado y como si la maldad naciera del vientre de la mujer. La figura central de una sociedad justa debiera ser Magdala, por libre, por amante y amada, por humana.

“El abrazo de Paco Gandía y Silvio”

«Conspiración en El Tremendo». «Asesinato en la Macarena». Un thriller (en tres partes: “El asesino de la regañá”, “El crimen del palodú”, “El prisionero de Sevilla Este” y un extra: “El misterio del perro, la mermelada y el cantante”) con aroma a adobo de Blanco Cerrillo. Juego de luces y sombras en el Garlochí, con saeta de fondo. Dice la ciencia que los elefantes pueden reconocerse ante el espejo. Se estudia si el sevillano sabe reconocerse fuera del reflejo de las fiestas de la primavera. Guste o no. Y si no gusta, «Matalascañas está a una hora». Ombliguismo. Nepotismo. «Un color especial». Narciso ante su imagen en el Guadalquivir. El tiempo detenido. Algo que no se puede explicar. El «miarmismo», corriente filosófica. «Muerte o montaditos», así empezó todo. Los Cantores de Híspalis son los Beatles de la ciudad. «La Junta de Gobierno de la Macarena manda más que el Club Bilderberg». «Sevilla es el abrazo de Silvio y Paco Gandía».

Julio Muñoz Gijón (Bami, Distrito Sur, 1981) pudiera pasar por moderno rancio pero no por rancio modernito, ni siquiera cuando era delegado en la Facultad ni cuando Antonio Burgos le citó sin saberlo –éxtasis del «enterismo»– a cuenta de una carta a su hermano Diego en la que explicaba por qué uno es del Betis. Hace tres ediciones de «El asesino de la regañá» se quitó el antifaz y puso rostro al «Roberto Saviano de la calle Feria». Rancio Sevillano, el autor del libro «que Sevilla no quiere que leas». Y, por más que le canse, el periodista al que se le cayó en lo alto el campanario de Lorca en pleno terremoto. Un Tintín con el alma grávida de Haddock, catalizador de aventuras, a ser posible sin cruzar allende Sevilla Este –«o Córdoba Oeste»– o –«¿a cinco minutos?»– el Aljarafe.

Sevilla, potencia mundial en la dualidad pasional –cainismo, le llaman por ahí–, en el arte de la bulla en la Campana y el milagro de multiplicar el espacio en la caseta. «Universo bipolar», donde «hay quien parece en posesión de monedas de sevillanía». «Yo sé cuántas veces hay que llamar a La Mortaja para que te abran» y «salgo a correr todas las mañanas», defiende con el humor por bandera. Un tratado de una ciudad muy religiosa pero poco espiritual. En materia de nihilismo y guasa, el sevillano carece de rival. «La semiótica del bar de Pepe, el Muerto –que aparecerá en la segunda parte– y su liturgia del taburete». Hasta «las señoras de Móstoles» se están riendo. «El asesino de la regañá», una red de incertidumbres, y guasa, desde el Callejón del Gato. «La vida no es una caja de bombones, la vida es una pavía».