“Lo benigno” de “los días señalaítos”

El Puente de Isabel II presume recreándose con su reflejo sobre el Guadalquivir. Por San Jacinto, la gente comenta a sus convecinos que esperan verlos, como cada año. Carteles en los bares, en Pagés del Corro, en Alfarería… Los turistas que pasean por las calles perciben en el ambiente que algo sucede. Esto es Triana. Y Triana está de Velá.

El histórico barrio hispalense vive en fiesta, desde la calle Betis a la Plaza del Altozano. Teatro, actuaciones musicales, concurso de baile por sevillanas, ciclo de cine, cucañas sobre el río, concurso libre de pesca fluvial, certamen de cerámica, trofeo de fútbol sala y balonmano playa, la clásica ciclista y los tradicionales cultos en honor de la Señora de Santa Ana componen, a grandes rasgos, el programa de actividades.

Un sendero de luces y farolillos guían al transeúnte desde el Puente de San Telmo, de aspecto serio y solemne, hasta el alegre Puente de Triana, vestido de luces y faroles. Entre ambos, una veintena de casetas, ataviadas para la ocasión, preparadas para la alquimia de mutar la calma de la tarde, al abrigo del río, por la «alegría» del gentío sediento de conversación y fiesta. Porque Triana es eso. La Sevilla más íntima. El sentimiento que guardan los recovecos de las calles. Un gran dolor milenario escondido tras una sonrisa. Melancólica alegría. Y alegre melancolía.

Puestos de churros y chocolate; avellanas verdes; gente expectante tras el monumento a la Gitana, recelosa este año de que sea el torero el que salga en todos los carteles, altivo, en el Altozano; sardinas asadas. La estampa de la Triana de la Velá y de la Velá de Triana. «Vamos al bicheo», exclama un vendedor en su puesto.

Otro de los puntos de interés se localiza en el epicentro de la calle Betis. La tradicional cucaña ocupa la atención del personal y los curiosos se agolpan para ver si los concursantes consiguen hacerse con la banderola. La mayoría acaba en el río, con el «uy» del público de banda sonora y la risa cómplice de quienes observan.

En la calle Pureza, en el templo de Santa Ana, cientos de fieles se congregan en el templo del siglo XIII, el más antiguo de Sevilla. El olor a incienso acrecienta la prisa de retrasadas devotas que llevan a sus nietos, vestidos de domingo, a continuar con la tradición familiar, como años atrás hicieron los abuelos que ya no están. Saliendo de Pureza, los ojos chocan de frente con el conjunto casi onírico que forman el Guadalquivir, la Giralda y la Torre del Oro. Entretanto, el río reluce y deslumbra a la espera de la noche en que esconderse, ayudado por el ocaso de este suave sol de julio, como si fuese unos ojos verdes emocionados a punto de romper en llanto. Entonces, el sol se esconde.

El fresquito de la tarde hace que, poco a poco, la Velá vaya desperezándose y despertando. Las tranquilas tardes dejan paso a noches de bullicio y desenfreno. Comienzan las horas mágicas de «los días señalaítos». Ayer tocó Júnior en el cierre de fiesta, tras dos años alejado de los escenarios por enfermedad, y las calles estaban llenas de gitanas guapas, pequeños raperos, estética cani, sevillanitos, sevillanos, turistas… trianeros todos de la Velá. La gente en las casetas se preguntaba qué hará este año el Betis, «maldita sea la gracia de ‘donmanué’», y si el Sevilla, otro año más, «sí o sí», va a seguir abonado a viajar por Europa. Esta noche tocan sevillanas, con Albahaca, Los Marismeños, Los del Guadalquivir y Brumas.

«Cerrado por Velá»
Más de 3.000 personas acuden cada día a la cita trianera, según el Ayuntamiento. Pablo, el propietario de «La primera del puente», este año no va a trabajar durante la celebración. Ya se quejaba hace un par de ediciones. «Hay más gente por la zona, pero gastan menos en bares». Esta vez, un cartel revela que ha optado por descansar. «Cerrado durante la Velá. Disculpen las molestias». La primera, este año, tiene que ser del Kiosco de Las Flores en adelante.

Los operarios de Lipasam no descansan por fiesta. Doblan los turnos. Los repartidores de cerveza también multiplican esfuerzos: unos 24.000 litros del fruto de la cebada se dispensarán hasta el jueves que se clausure esta edición de la última velá histórica de la ciudad, de cuantas había cuando no se celebraban más fiestas que el Corpus y la Virgen de Agosto.

Más de 30 años lleva Francisco Martín viniendo, «natural de la calle Castilla». Paco añora otros tiempos, «de puestecillos y tómbolas y hasta un ring de boxeo» y «niños con alpargatas de goma». José Manuel Quintero, sanjuanero de Pilas, pileño de San Juan, a estas alturas de la película añora poco y agradece todo, «recién salido del hospital». Acaba de comprobar lo certero de uno de los axiomas de Woody Allen, hijo de esa Triana grande que es Nueva York: «Lo más bonito que te pueden decir en la vida no es te quiero, sino es benigno». En el dialecto trianero, se dice de otra forma y seseando: «Niño, vete pa’ la Velá, que tú lo que tienes es cuento».

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De la semiótica, la guasa y la investidura de Susana Díaz. (“La’vangelio, según la cámara de Manuel Olmedo)

Sevilla es una ciudad “puntera” en la semiótica. De la Semana Santa a la Feria de Abril o la semiótica del bar de Pepe el Muerto, destapada por Julio Muñoz Gijón, alias @rancio, el periodista con epicentro en Bami y que escapó del ataque de un campanario murciano en pleno terremoto lorqueño. Como le contó a Paco Camero y a servidor. La “liturgia del taburete”: “Sólo se lo da a tres personas; sólo tres lo pueden tener, y el nota que ha estado sentado, cuando se va, le devuelve el taburete, que ahí cualquiera no se puede sentar. No es el único código secreto. Ese sitio es pura semiótica”. Sevilla puede que tenga un color especial, que compuso César Cadaval, el Moranco bajito -en verdad, no es tan chico; es que Jorge Cadaval es más alto-; lo que es seguro es que Sevilla tiene mucha semiótica. Tanta, que a centenares de licenciados en Periodismo en vez de Periodismo nos enseñaron semiología y “comunicología”. Un recuerdo para el emisor, el receptor y allegados. Mensaje, código, canal, contexto (y desempleo o empleo precario). Ferdinand de Saussaure, Loius Hjelmslev, Roman Jakobson y Ludwig Wittgenstein. La delantera estuca de la Linguïstica. Lo que también tiene de sobra Sevilla es mucha guasa. Susana Díaz es de Triana, aunque en el señero barrio en los últimos años la fuerza más votada es el PP. Paradojas de la vida y de la política. Como es residente en el Tardón, no es tan raro que la investidura de Susana Díaz haya acabado en salve rociera más de 80 días después de la elecciones del 22M. Phileas Fogg tardó menos en dar la vuelta al mundo. Susana Díaz va sobradita también de semiótica. Y de guasa. Pedro Sánchez se llevó todas su vocales a comer con Pablo Iglesias. En Andalucía, la líder de Podemos no se merece ni un beso, no se vaya a pegar algo, oiga. El “abrazo cariñoso” será el método por el cual el PSOE va a dejar sin escaños a C’s. Que le pregunten a Maíllo. Diego Valderas y Marín pueden compartir algo más que pelazo. Busquen las siete diferencias entre la serie de Susana Díaz con el “tito” Juan Marín y con Teresa Rodríguez. Habemus investidura. Cuando Manuel Olmedo hace ‘clic’ en la cámara, retrata el evangelio.

Recibimiento a Juan Marín:

Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Juan Marin, de Ciudadanos Foto: Manuel Olmedo

Recibimiento a Teresa Rodríguez:
Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo Sevilla 09-06-2015 Susana Diaz, recibe a Teresa Rodriguez, de Podemos Foto: Manuel Olmedo

El último alfarero

Por la maqana. Fotos del taller de Antonio Campos. Fotos tambi}n del propio artesano con las manos en el barro, haciendo vasijas y tal. Calle Alfarerka, 22. (Llamar antes al 954 34 33 04 para concertar cita). Y aprovechando que pasais con Alfarerra, fotos de la fachada de alguna de las tiendas de ceremica de esa calle. (Pide Miguel)

Antonio Campos, en su taller de la calle Alfarería, 22. Fotografía de Aníbal González

Decía Rodin que «el modelado es la emoción que la mano experimenta en la caricia». Triana ha sido tierra de caricias fugitivas tras los callejones, y de artesanía. Caricias aún quedan, a cualquier hora, a plena luz del sol. La artesanía, ahora fugitiva, está en vías de extinción. El Ayuntamiento lleva años anunciando un museo de la cerámica que no llega, igual que tampoco se concluye la restauración del Castillo de San Jorge, que acogió la sede tormentosa de la Inquisición y cuyas ruinas sin levantar atormentan ahora a los trianeros.

En el último Pleno, previa petición del Distrito y denuncia de la oposición, el Consistorio se apresuró a asegurar que «el museo está en marcha», que «la colección Carranza estará en Triana», que «en 18 meses se acabará la obra». El primer plazo ofrecido ha concluido este año. Y aún no hay proyecto cerrado. Por un error administrativo, dicen. De momento, se limpian los hornos. El amargo don de la promesa.

Antonio Rodríguez y José Miguel González llevan toda una vida detrás del mostrador de «Rodríguez y Díaz SL, fábrica de cerámica de todas clases», vulgo Cerámica Santa Ana. La empresa existe desde 1870, aunque «se sabe que había hornos más antiguos». Gárgoris y Habis –los Rómulo y Remo de Tartessos– con toda probabilidad bebieron de las vasijas trianeras. Y las santas Justa y Rufina, las hermanas mártires y vírgenes patronas de la ciudad, fueron hijas de un humilde alfarero pagano hispanorromano.

La primera propietaria de Cerámica Santa Ana fue «la viuda de Gómez». En 1939, Eduardo y Enrique Rodríguez –«mi abuelo y mi tío abuelo», narra Antonio– se asociaron con el director artístico Antonio Kiernam. «Ahora conservamos la empresa entre ocho primos», aunque se están planteando «subastar los fondos». «Con la obra del museo, hemos tenido que alquilar una nave en Alcalá de Guadaíra y eso son gastos extras que, unido a la crisis, nos asfixian». «Lo ideal es que las obras se queden en el museo», añade José Manuel, mientras camina por las «catacumbas» de la empresa, unas instalaciones en el presente apuntaladas, en otros tiempos «con hasta 60 empleados». Entonces, había siete hornos de leña quemando eucalipto y pino y vistiendo Triana con un velo de humo.

El libro de pedidos de Cerámica Santa Ana supone un inventario de la historia, un espejo de las personas anónimas e ilustres que se acercaron en algún momento a este rincón de Triana en el que el río ya empieza a oler a mar. Vicente Aleixandre, Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia, que cuenta con un azulejo conmemorativo; la Duquesa de Alba, Carlos Cano o Almodóvar, que escribió: «Gracias por mantener la tradición. A partir de ahora, me veréis a menudo». «Sería en las películas, porque no ha vuelto», cuentan. Anthony Quinn «vino un día y se puso a pintar en el taller». Cuando le sorprendieron, le echaron, mientras repetía: «Soy Anthony Quinn», con acento mexicano. «¡Ni Antonio Quinn ni leche, fuera!».

Los dibujos para tinta china componen otro de los tesoros de Santa Ana, con sus fórmulas magistrales. “Algunos de la Expo del 29”, la mayoría de imágenes marianas. «Cada fábrica tenía sus secretos », explica José Manuel. Y su misterio. «Entre la historia y la leyenda, imprima la leyenda», decía John Ford. A la calle San Jorge, una vez, llegó un pedido de Estados Unidos. El sobre ponía: «Cerámica Santa Ana. Triana. España». La carta llegó.

Cerámica Ruiz; Pisano, con su taller en Alfarería, 45; Montalbán; Mensaque, que se mudó a Santiponce y cerró recientemente; o Santa Isabel, fundada cuando la Revolución Francesa tomó cuerpo, también tienen su propia historia, esperando ser contada en un museo que sigue en obras. Entretanto, la intrahistoria se esconde y se escribe entre las callejuelas.

Mientras en Ginebra el acelerador de partículas recrea el big-bang en busca de vibraciones del vacío, en Alfarería, un alfarero recrea en un torno el principio bíblico de la humanidad. «Oficio noble y bizarro. Entre todos el primero, pues que en la industria del barro Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro», reza un azulejo en Santa Ana. “Entre los pétalos de arcilla/ nace, sonriente,/la flor humana”, escribió Octavio Paz bajo el título “Dios que surge de una orquídea de barro”.

La historia de Antonio Campos es la de quien, sin saberlo ni quererlo, intenta alterar de forma inverosímil el itinerario narrativo de la vida. A la pregunta «¿El último alfarero?», responde: «El último mohicano». Más cínico y descreído que el jefe de los indios sioux. En materia de nihilismo, Triana carece de rival. Campos trabaja en su taller de Alfarería, 22, junto a su hija Ana, que pinta las piezas creadas por su padre en el torno, el invento del escita Anarcarsis. En estos tiempos de urbanizaciones con casas iguales para gente que piensa igual, Antonio se rebela ante el mal llamado «progreso». «Los alfareros se han ido extinguiendo por las máquinas. Antes, las tejas y los cántaros mantenían el sector. Los pocos jóvenes que se interesan quieren saber en meses y se necesitan años para empezar a emprender», dice. «La artesanía ha pasado a ser decorativa ». Piezas por encargo, obras personalizadas, remates, como los del Alcázar o el Alfonso XIII, son los trabajos más repetidos.

Antonio Campos lleva «desde los 13 años con barro en las manos». Entró como aprendiz cuando «la calle Alfarería estaba llena de alfareros». En Triana lleva unos 20 años, «por romanticismo». «Me encanta mi oficio. No es muy rentable. Sólo razonable», sentencia. «Ahora, como los bancos quiebran, no compran», narra, mientras acaba unos cálices. «Para eliminar y quitar pecados. Los créditos no, pero los pecados los quita», bromea. «Con la crisis hay una avalancha de fe increíble».

Antonio cree que el museo «puede ser positivo», pero no da «saltos de alegría». «El turista echa la foto y se va y, a veces, como una vez unos chinos, te piden que cantes algo. Como si en Triana todo el mundo supiera cantar», dice el «mohicano» que fuma Marlboro, como los vaqueros del anuncio, con las manos llenas de barro. Y aconseja: «Lo único importante que puede hacer el alcalde es un aparcamiento gratuito». El artesano crea el cáliz pero no bebe de él, ajeno a «la avalancha de fe». «Cuando yo muera, se acabó». Ese día, sin alfareros en Alfarería, como Eneas paseando por Cartago, habrá que responder a la tristeza: «Sunt lacrimae rerum». «Son lágrimas de las cosas».

Los barcos dejaron de crecer por la máquina de vapor, que trajo navíos lentos, insensibles al viento, con una tripulación menos exigente, como ha pasado con la artesanía. Entonces, nació el clíper, la más bella y esbelta nave. Un «beau geste», diría un francés. Un «arrebato de dignidad», diría un castizo. «Por mis cojones», dicen en Sevilla. En la calle Alfarería, ya se intuye el final de una estirpe, pero, mientras en Ginebra recrean el nacimiento de la vida en un acelerador de partículas, en Triana, el último alfarero modela en barro la última caricia.

Elogio de la croqueta en crisis creciente

Anda la luna en cuarto creciente, como la cola del paro y la crisis, y en el cielo dibuja como una sonrisa irónica, de medio «lao», como la del Gato de Cheshire de «Alicia en el país de las maravillas». La Feria se encamina a su punto álgido. Entre hoy y mañana, el recinto ferial alcanzará la cifra «mágica» del millón de visitantes. Casi tantos como desempleados en Andalucía, como si cada uno de los «hijos de la crisis» -que así titularía ahora Triana sus «Hijos del agobio»- se diera una vuelta por el Real, devolviendo la sonrisa burlona a la luna turca.

La crisis más que en sueño escrito con la tinta de luz de Lewis Carroll deviene en pesadilla escrita con números rojos. Porque «la cosa está mu’ mala». Que se lo digan a Francisco García, que antes de ir al «alumbrao» recibió la llamada, para mandarlo al paro, de unos señores con «apellidos de hermano mayor de cofradía rancia» e igual abolengo. Tan rancios, que, como los números de la crisis, apestan a pescado podrido.

O que se lo digan a Julio Muñoz, que después de recorrerse el planeta entero, de ver las puestas de sol del desierto de Kenia o bañarse en las aguas del Mar Muerto en busca de los «andaluces que hay por el mundo», la noche del «pescaíto» se sintió «muertito» en «los Madriles» a los que ha emigrado «por el amor de una niña rubia» y buscó la querencia de su tierra.

Cada noche de Feria, Julio «se disfraza» de flamenco, coloca su bonsái «con pinta de naranjo» -al que llama «Daglas, Michael» porque «quiere ser como su padre: Duglas, Kirk»- junto al portátil en el que ve imágenes de la Feria de Abril tomando fino. Milagro pagano de San Patricio mediante, la crisis se olvida y «hasta el bar de la esquina se convierte en una caseta de distrito, entrada libre». La caseta 1.048 está a medio millar de kilómetros del Real.

Si estuvo junto a su portátil el miércoles de Feria a mediodía, Julio pudo ver a Pascual González -cantor de Híspalis, que lo mismo vale para un pregón de Semana Santa que para una presentación televisiva y a quien los viandantes confunden con Pascual Márquez, torero- entrevistando al «alcalde de Triana», Alberto Moriña. Caseta municipal, plató abierto. Alimentos de Mercasevilla, maletines cerrados.

Precisamente en Triana, se han repartido carteles por los comercios en los que «se prohíbe hablar de la cosa». 135 euros vale un aparcamiento fijo en el Real. Entre 2,5 y 6 euros, «los cacharritos». Entre 8 y 12, la jarra de rebujito. Entre 0,80 y 1,30, el viaje en metro, el «cacharrito» con más demanda, con colas de una hora. 1,5 euros, la botellita chica de agua. Entre 12 y 16 euros, el plato de jamón. Cómo está «la cosa de mala» que, aunque los precios se han congelado respecto al año anterior, las estrellas de la barra son la tortilla de patatas y las croquetas, que, según dice Inma Izquierdo, feriante de la caseta del «Emperaó», antigua “el Musulmén”, «dignifican los eventos». Elogio de la croqueta en crisis y cuarto creciente.

Parecida afluencia, pero menos gasto. Menos carruajes, más espacio. Una situación económica que altera «el orden lógico de los yogures» -expresión acuñada por Adrián González, feriante de Las Pajanosas, de los de “a ver si nos vemos en el Real”-, dejando las neveras, las carteras y las cuentas corrientes vacías. Unos números que dejan también sensación de final de un tiempo, de crónica de despedida. Pese a ello, la Feria sobrevive a ella misma y, aparentemente, a la crisis, mientras la luna sigue con su sonrisa burlona de «medio lao». Aún quedan cuatro días de Feria. Incontables de crisis. Entretanto, como dicen por el Real, «que nos quiten lo bailao’» y como deja escrito Luis Márquez en el «feisbuk» antes de irse «a vivir a la Feria»: «En un descuido, crearemos universos». Fiesta creciente, bolsillos menguantes.

Los últimos del Corral de La Encarnación

Hubo un tiempo en el que en Triana se vivía en corrales. Un tiempo en el que la ahora Pagés del Corro se dividía en la Cava de los Gitanos y la Cava de los Civiles y la calle Evangelista era la «de las escopetas». Una época de cocinas de carbón y de ramas secas que prendían en un fuego alrededor del que resguardarse del frío y, a ser posible, también del hambre, que «cuando Dios aprieta, ahoga pero bien». Una época en la que ver un automóvil por la calle era un acontecimiento que dejaba a los niños la boca abierta. Ayer. Un tiempo que «era otro tiempo».

Sobreviven pocos corrales de vecinos y aún menos vecinos que corrales. Nadie ha hecho balance de los recuerdos perdidos, pero «alguna nostalgia queda en los armarios». En cada casa de cada corral habitaban «siete u ocho personas», cuenta Agustín Corrientes, el último del de La Encarnación, al tiempo que se coloca unas gafas con montura sujeta con celofán, con el cristal rasgado por el paso de los días. Como la memoria. Como los corrales. «Aquí también nació Flores, el que jugó en el Sevilla y se fue al Granada, donde se casó con la hija del presidente. Y Alfonso Fernández, del Betis».

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Agustín Corrientes, por Raúl Caro: http://www.raulcaro.com/

Corrientes se sienta en una silla de madera en el Corral del Cura con la mirada puesta en el patio, a la espera de que se culminen los trabajos de remodelación de su vivienda en unos seis meses. Entonces, ‘el Corrientes’ cuenta. Y habla de unos años de «bastante hambre y mucho paro, pero en los que nadie se quedaba sin comer». Del paso del tiempo y el adiós de un vecino y otro y otro después, arrastrado por la muerte, por la especulación inmobiliaria o «por la vida moderna», siempre con las maletas a medio llenar. «Mucha gente se fue en busca de un piso grande y después quiso volver» a la estrechez de la cercanía, a «la vida en conjunto», a la Triana pura.

Dinero y amenazas
«Las viviendas de los corrales de vecinos eran de alquiler» y para clases bajas, para la población sevillana de oficios. Poco a poco fueron ofreciendo dinero para que la gente se fuera e, incluso, «amenazando a las personas». Al final, ayer, hoy, sólo han quedado tres familias. Los últimos del Corral de La Encarnación. Todos vinculados al apellido Corrientes, «sinónimo de la defensa de los corrales».

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Graffiti en memoria de Eduardo Corrientes, por Raúl Caro: http://www.raulcaro.com/

Los corrales, además de una forma de edificación sevillana, son un modelo de estilo de vida que se ha ido perdiendo con el tiempo. «A la memoria de Eduardo Corrientes, presidente de Copavetria y trianero de honor, que nació, vivió y murió en un corral; ejemplo de lucha inquebrantable en defensa de los patios y corrales», reza una placa dibujada en graffiti en la fachada de la casa de vecinos. Estos días han tirado pintura sobre el retrato y unos ocupas habitan el corral. Es la mancha del olvido.

El «viejo» Corrientes murió de un infarto en 2004 «cuando luchaba contra los intentos de desalojo». La relación de los Corrientes con los corrales se remonta a la llegada a Triana del abuelo Eduardo, que así le pusieron en la pila bautismal, aunque en todo el barrio era conocido como Baldomero. Murió en la pirotecnia. «Le explotó una bomba en las manos por salvar a unos generales en la época del Movimiento». Esa bomba, paradójicamente, le salvo la vida a Agustín y a sus hermanos. Su padre estaba condenado a muerte porque «la madre de la vieja del estanco de Pagés del Corro» lo acusó de quemar iglesias. Son recuerdos de ejecuciones a las puertas de un convento. «Una vez vi cómo mataban a cinco hijos y un padre. Decían que eran rojos». Eran los tiempos de la guerra, cuando los tercios de requetés y los presos fugados se escondían en los pozos del patio.

Supervivencia
Los sobrevivientes del Corral de La Encarnación son los hermanos Agustín, Eduardo y José y el primo Antonio Torre Corrientes. Les ofrecieron 15 millones de pesetas por dejar atrás un modo de vida; a Agustín y a su primo, 25 porque tenían una habitación más. A «a qué huelen las nubes», como el anuncio, le sonó la propuesta al Corrientes. Dijo no. «En el patio, cuando se inaugure, tengo prometido un busto de mi padre», cuenta orgulloso.

En los corrales de vecinos «se vive con un estilo antiguo, «hay más convivencia». La cercanía de haber compartido baño y cocina de carbón. La unión de celebrar comidas en conjunto, con «una candela alumbrado la madrugada y una olla de garbanzo con bacalao». «Muchas de estas cosas se han perdido», explica Agustín, «y se rumorea que van a poner un McDonald en el terreno de un corral». El pez moderno, en forma de BigMac, se come al pescaíto frito de la tradición, dejando al personal cara de payaso, de Ronald McDonald triste. La metafísica de la vida moderna. El corral de vecinos se convierte en pisos «de primeras calidades» y las gallinas que había en el patio devienen en McPollos.