Aritz Aduriz, el depredador tardío y la teoría de la evolución

Los toreros, las actrices porno y los periodistas siempre lo estamos dejando. El oficio. A diferencia de los futbolistas, que procuran no irse ni con agua caliente, en proporción inversa al puesto que ocupan en el campo. Así, lo normal es que los delanteros y los centrocampistas se retiren antes que los defensas y los porteros. El increíble caso de Aritz Aduriz (Donostia, 1981) adquiere en este aspecto otra peculiaridad. Aritz significa en vasco roble, un árbol sagrado en Euskal Herria. En su despedida, el delantero se emocionó al señalar que su último gol es el más especial, sencillamente, porque es en el que sus hijas fueron más conscientes. El caso de Aduriz, además, emparenta con el fósil de dinosaurio que cuestiona el propio origen de las aves , como símil de los jugadores modernos. Aduriz pertenece a otra época, otra estirpe y otro siglo y se consagró fuera de tiempo y a destiempo, tras mil tiros dados y como hijo pródigo que vuelve a casa y triunfa una vez que se marchó cuando no era siquiera un boceto sin consagrar de posible figura en el equipo.

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La saga/fuga de Íker Ícaro Iscariote (el portero de Píxar y una habitación para llorar)

Como al Chapo, el narco de México, a Casillas le fueron haciendo un túnel sigiloso con su altura y todo desde el Santiago Bernabéu al retiro con parada y fonda en Oporto. Florentino Pérez  pasa por una suerte de Galactus, a saber: “un ser cósmico que necesita consumir planetas para calmar su hambre, por lo que recurre a la ayuda de heraldos –ay, don José Llourinho- que él  mismo nombra”. Asimismo, “ha sido descrito como una fuerza que el Universo necesita para su propio equilibrio”. Florentino, por todos es sabido, tiene querencia por los galácticos e Íker, todos  lo saben también, sólo es un tipo de Móstoles. Con alas como Ícaro, a veces, elevado a santidad sobre la hierba, pero de Móstoles al fin y al cabo. Íker nació como Ícaro y se va como Iscariote, “el apóstol traidor que reveló a los miembros del Sanedrín el lugar donde podían capturar a su Maestro”. Nada que no se anunciara en la Última Cena, a la que también acudieron Di Stéfano, Del Bosque, Valdano, Hierro, Raúl, Fernando Redondo, Claude Makélélé, Figo, Guti o Fernando Morientes. Íker Casillas se fue del Madrid entre lágrimas, solo, aplaudido por sus amigos de la prensa –algo que jamás se le perdonó porque ser amigo de mala calaña como los periodistas es pecado mortal y casarse con una reportera es Sodoma y Gomorra- y dejando un titular que recogió el mundo entero: “C’est fini”. Al día siguiente –Florentino, tan del Opus, no pudo esperar ni al tercer día para la resurrección- se volvió a despedir y el presidente, “ser superior” –el Evangelio según Butragueño-, dejó medias verdades –“Se va porque él quiere”, ajam- y una gran verdad recogida off the record: “Estaba hasta los huevos”. Las palabras se afilan como las navajas de Albacete. “A los padres, los héroes y los mitos se les respeta, niño”, enseñan los abuelos. Florentino y sus acólitos ni tienen abuelos ni falta que les hace. Florentino pasa por una suerte de Hannibal Lecter, devorador de mitos. “Saturno devorando a sus hijos”. Textual: “Hannibal desde una posición esquizoparanoide, comienza a desarrollar fantasías de persecución de los objetos “malos”. Estas fantasías funcionan como una defensa para negar la realidad externa. Pero también como una forma de defenderse de su realidad interna (del miedo, la frustración, el odio y la agresión).También desarrolla fantasías de grandiosidad, a través de las cuales idealiza su propio Yo como “superior”. Esta grandiosidad constituye una manera de defenderse frente a otras ansiedades depresivas inconscientes, en las cuales el objeto esta irreparablemente destruido. En conclusión Hannibal utiliza procesos de escisión y negación primaria, que no le permiten elaborar la pérdida y alcanzar una posición depresiva.Desde un Análisis estructural, Hannibal presenta una estructura de personalidad limítrofe de bajo funcionamiento. Esto quiere decir que presenta una difusión de identidad, en la cual no es posible mantener un concepto integrado de si mismo y de los demás. Esto se evidencia en la incapacidad de adjudicar atributos positivos y negativos a él mismo y a los demás a través del tiempo y en distintas situaciones. Él es completamente bueno o malo, y los demás también son percibidos bajo esta lógica”. Up up and away, fin de la cita. Sigue leyendo

Maradona y las estrellas; los mitos y las farsas

Cuenta ese hombre pegado a la melancolía que es Calamaro que Maradona «no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero», lo cual no deja de ser una perfecta descripción física del «Pelusa». Escuché alguna vez a ese rapsoda del fútbol que es Jorge Alberto Valdano, con su eterna prosa poética, algo así como que «ser Maradona nunca ha debido ser algo fácil». Una noche de vino y rosas, preludio de cánticos y aleluyas por la senda de la Puerta de la Carne, me lo corroboraba ese “pequeño mágico catálogo de seres y estares” que responde al nombre de Lucas Haurie. Maradona es dios, decía, ante la perplejidad de los Reyeros, Murieles, Maldonados y demás periodistas de la vida presentes, todos ellos ateos en el difícil arte de la fe porteña. Y con todo, yo, que no creo en dios pero creo en hombres, respondí que el Diego, más que deidad con cimientos de barro, es héroe clásico, cual Aquiles, con zurda mística e inmortal. Mitad divino, mitad humano. Como el de los pies ligeros, Maradona nació con el don de conquistar el cielo y cuantas copas del mundo hubiera querido ganar él solo, regateando cuanto inglés saliera a su paso, que aún podría estar regateando si quisiera, y con la tara de, a fin de cuentas, ser humano. De ahí la tragedia de la que hablaba Valdano: ser dios siendo hombre; asimilar desde que no eres más que un niño que has sido elegido para la eternidad; comprender que personas de la Argentina toda recorren el país en procesión sólo para contemplar al que dicen es el salvador del país; ser una persona normal sabiendo que todo el planeta te venera – «te quiero más que a mi hijos», le gritaban en Nápoles–; aceptar que allí por donde pasas, se instalan altares en tu honor … como si fueras Aquiles, como si fueras Maradona. Dice Eduardo Galeano en su «Bocas del tiempo» que «doña Tota llegó a un hospital del barrio de Lanús», con un niño en la barriga. «En el umbral encontró una estrella, en forma de prendedor». De una parte, mechero, de otra, astro. «De un lado de plata, de otro de lata». La estrella acompañó a doña Tota en el parto. El recién nacido se llamó Diego Armando Maradona. El mito murió con el último pitido del árbitro, cuando Diego dejó de ser un hombre pegado a una pelota. Ahora, el dios, el diez, la tragedia vestida de pensamiento mágico, deviene triste farsa catódica y mediática.

Bajo el signo del 7 (la flor del cerezo)

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En Japón, con la llegada de la primavera, celebran la fiesta del hanami y se vive el nacimiento del cerezo en flor como un acontecimiento espiritual. Su belleza y brevedad constituye el símbolo de los días más felices de la vida.

A Raúl, como a los emperadores de la dinastía Ming, ya nadie le nombra. En la “casa blanca”, le llaman el 7. El innombrable. El jefe de todo. El emperador de todo. Ahí está la raíz de que el día en que cumplía 31 años, ironías de la vida, viera vía satélite la eliminación de Italia a manos de España, a manos de san Iker Casillas, brazalete de capitán en el brazo izquierdo, en el Campeonato de Europa, el Viejo Continente que siempre estuvo -¿te acuerdas?- rendido a sus pies. Sigue leyendo