Después de “Pura” y detrás de “Dexter”

rafa_ale_cinealameda

Como el matemático que pasó su vida buscando el origen del cero, Alejandro Lobo y Rafael Melgar, fundadores en 2016 de «35 Lobitos», viven en un caos sincronizado buscando localizaciones entre campos de girasoles y dando forma a la influencia en retales de Bukowski, Woody Allen, Billy Wilder, Almodóvar, Amenábar, Alberto Rodríguez, Tarantino o León de Aranoa. Consiguieron recientemente el primer premio al mejor cortometraje de RNE con «Pura» y la productora anda embarcada ahora en «Every 75 minutes».

Sigue leyendo

Anuncios

“Adopta un reportero”: retazos de una especie en peligro de extinción

olmedo

El tatuaje de la Leica M3 del 62 de su abuelo, en la diestra, le delata y esconde en tinta el cruel recuerdo de «la felicidad» hecha cámara. Un vestigio del pasado. Cualquier tiempo pasado fue anterior pero no necesariamente mejor («que también»). Un tratado del oficio de mirar y ver. De detener el tiempo en un mundo que no para. La contradicción de una foto. La antigua alquimia de encerrarse en un cuarto oscuro y parir la luz. Un proceso, un parto, ahora reducido al duelo frente a la pantalla de retina de un ordenador. «Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo», decía Hemingway. Lo único que detiene el tiempo es una fotografía. El retrato de un instante enmarcado en una ilusión de eternidad.

Sigue leyendo

Gran Pepón (Jurado) de las pequeñas cosas

Al principio fue Pepón, después, quizás, vino la palabra. Pero antes de todo eso, seguro, fue la música. Un poco de blues. Una marcha de Semana Santa. Un soul. Lo demás fue una derivada en un cruce de caminos como el que, dicen, engendró a Robert Johnson.

Pepón no era un hombre, es una cátedra de vida. “Soul man” con cigarrillos Celtas en el bolsillo de una camisa de formas imposibles. No es que Pepón fuera retro, es que, como los grandes clásicos, era atemporal. Un Expediente-X al que aferrarse gravitando por quién sabe qué constelación. Casi dos metros de tío dotado con la empatía rudimentaria de nuestros primos los macacos, que se dice pronto, en una jungla de asfalto y ojana; y con “la intelijensia de saber el nombre esacto de las cosas”, que ya quisiera Juan Ramón. Grande y vetusto como una farola fernandina que alumbrara con luz de gas. Tan intrahistoria es Pepón que al final se coló en la Historia. En la de Sevilla, en la de la prensa de Sevilla. Eso a él le importaba el carajo la vela. A él, tan grande y tan chico a la vez, lo que de verdad le importaba era nuestra historia, que era intra(historia) y era entre todos nosotros.

Pepón siempre estuvo ahí y el quebranto de esa certeza asoma tras el abismo de su ausencia. Y como Pepón siempre estuvo ahí, uno, que mientras él se dedicaba a tender al infinito, a orbitar sobre la Tierra misma, surcar mares, habitar tierras, explorar confines, uno no tendía más que a colgar la ropa sobre el alambre, desnudo en un oficio de sueños -casi todos ya pesadillas-; ingenuo, uno pensaba que Pepón, igual que la Giralda, como siempre estuvo ahí, en una incierta lógica, Pepón siempre iba a estar ahí también. O que aún no había nacido el forense que certificara su muerte o, más aún, que ni siquiera iba a nacer. Pero “la eternidad se hace larga, sobre todo al final” al punto de que las frases de Woody Allen no son lo mismo sin la risa de Pepón –risa peponiana-, que era como si Porky fumara tabaco negro.

Es verdad que de un tiempo a esta parte se estaban muriendo señores que no se morían nunca, es verdad; pero siquiera eso te prepara para la bofetada sin manos de la muerte. Tan callada y tan hijadeputa. Tan estruendosa en su silencio como el final de un disco de vinilo rayado. “La normalidad es una ilusión; lo que es normal para una araña es el caos para la mosca”, decía Morticia Addams‏. Esa extraña sensación que uno tiene en los sueños, que no tienen tiempo, se adueña por dentro con el recuerdo de Pepón. Por eso quizás no se puede precisar el momento exacto en que Pepón entra en la vida de uno como un ermitaño sin intención de ser encontrado‏. Pepón tenía algo de padre que juega con los niños o de hermano mayor tardío en hombre temprano. Como Mr. Propper cuando era niño, uno se lo imagina “desde pequeño rarito”. Especial, vaya. Uno imagina a Pepón de niño igual que ahora, con sus gafas, su tabaco en el bolsillo de una camisa retro, siempre por dentro, su chaleco grana sin mangas, dinámico sin dúo y sin par, sus discos de vinilo, sus maletas siempre por la casa, su pasaporte a todas partes, su bolso bandolera, su barba de madrugada en vela. Entonces, un día tropiezas con una foto de Pepón en Facebook de hace unas décadas y se confirma el axioma: Pepón siempre ha sido exactamente igual y allí está en un estudio de grabación. Con los pelos a lo afro, pero igual.

(Escribo esto con mi hijo, que nunca te pudo decir hola y sin embargo me acompañó a decirte adiós, en brazos, mientras duerme, tecleando a una mano, jugando con los dedos, mano lenta, como Eric Clapton, para no despertarlo. En realidad, llevo meses postergándolo. Te gustará saber, por cierto, que Diego duerme con Yann Tiersen y Amelie desde que nació. “Tears in Heaven”, enseñanzas de Pepón).

Pepón era por definición el anti solipsismo, que es un “palabro” que etimológicamente significa que sólo yo existo. Pepón no necesitaba apuntar palabras raras. Sencillamente, lo sabía todo. Pepón fue lo contrario del resentimiento existencial del humillado. Un tipo con la certeza de que pasaría a la historia reflejado en las pupilas de los que pasarán a la historia y que ahora da nombre –que se jodan con sus garnachas de baratillo los que quisieron echarte de allí, que se jodan bien jodidos- a la Sala de Prensa del Ayuntamiento de Sevilla. Los periodistas sabemos desde Walter Cronkite que “si algo anda como un pato y dice cuacuá, lo más probable es que sea un pato”.‏ Cuando la cosa no estaba tan clara, desde el principio de los tiempos, todos preguntábamos a Pepón, que casi siempre nos descubría un cisne o una gallina donde todos creíamos que había un pato que hacía cuacuá. «Lo maravilloso de aprender es que nadie puede arrebatárnoslo». B. B. King‏.

Coincidíamos en que “El último de la fila” es el mejor grupo de los 80 a esta parte y puede que de la historia de España. Coincidimos en que Antonio Vega no era un hombre, era un ángel. Me reprochabas –y con razón- alguna canción de Bunbury subida al Facebook. Pepón era un ser inventado, como el comisario Moretti. Como Mastropiero. A mi pesar. Crítico como Chicote en la cocina del Guirigay. Con el vértigo inmaculado y adicto a la madrugada, donde todas las noches son siempre viejas. Paciente como el que le puso el nombre a Cienpozuelos.‏ Un tipo, al fin, capaz de ordeñar las nubes y regalar mensajes “urbi et orbi”, de ánimo, de buenos días, de cómo estás, que estás perdido. Los cumpleaños sin tus canciones, ahora que los chavales empiezan a preguntarme la hora hablándome de usted, son una putada doble. En tu última carta me decías que te había gustado lo que subí del asesinato de Cariñanos, que en realidad era un reportaje de hace unos años. Me contabas anécdotas de aquella fría tarde-noche. Como dijo Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio…”, acababas.

Repasando tus mensajes también caí en uno en el que una noche me confesabas que derramaste “una lágrima de felicidad” por mí y que se te vino una “canción triste -con la que me identifico bastante- pero que, en esta ocasión, tenía un final feliz”. “De vez en cuando la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un atlas, nos pasea por las calles en volandas, y nos sentimos en buenas manos; se hace de nuestra medida, toma nuestro paso y saca un conejo de la vieja chistera y uno es feliz como un niño cuando sale de la escuela. De vez en cuando la vida toma conmigo café y está tan bonita que da gusto verla. Se suelta el pelo y me invita a salir con ella a escena. De vez en cuando la vida se nos brinda en cueros y nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas por no romper el hechizo. De vez en cuando la vida afina con el pincel: se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla. De vez en cuando Poseidón envía a la mejor de sus hijas para rescatar a Robinson porque si no existieran “náufragos de arena” habría que inventarlos”. Cada una de tus palabras, cada uno de tus recuerdos, son un tesoro, José Luis Jurado, locutor de jazz, friki de Big Bang Theory, Sheldon Cooper de Triana, fan de los análisis de Carlos Mármol –y maldita la hora en que te tuvo que dedicar una entrada-; gran Pepón de las pequeñas cosas, nacido un 13 de octubre y muerto el mismo día que Bécquer. No se puede querer más a Sevilla. “Swing” no fue sólo tu primer programa, swing – Gandalf entre hobbits, como bien define Paloma Jara- es como tú te movías por la vida, que ya lo dijo Silvio: “Hay que tener roll, rooll, hasta para llevar un paso.  Porque es la única manera de que no te pese nada”.

Sevilla es una ciudad muy religiosa pero poco espiritual. Pepón, ser vicervérsico, era poco religioso pero muy espiritual. Pepón era un incunable. Una inmensa colección de discos de vinilo, cuidada como las medias de encaje. Una muerte tan callada, que le tuvieron que poner en diferido al día siguiente.

Luto contenido, tristeza contrapuesta. Seres desalojados. Los espejos te hacen estar en ningún sitio y el cielo adquiere color mortaja. Un barranco, un precipicio que amuebla por dentro. Dennis Hopper, Peter Fonda, Easy Rider en autobús. Gino Paoli, Senza fine. El tiempo amarillea, Fernán Gómez de Ronda de Triana, y llora más el ateo que el creyente. Lisboa, cementerio dos praceres. Al de Sevilla llega la vía del viejo tranvía para el último viaje. San Jerónimo. Fuego fatuo. Pepón en realidad quiso ser negro como Lorca en sus poemas de Nueva York y cantar jazz. Manojo de respuestas, temblor de preguntas. Cabeza que fluye a la velocidad de la luz. “Larvatus prodeo”. Avanzo ocultándome. Sevilla es muchas cosas y es también “la cocina del infierno”. Pepón, que empezó lavando platos, era su voz con resquicios de ultratumba. La Macarena, en el año I d. P. (después de Pepón) llora, tan humana como nosotros, porque echa en falta en un vahído de imposibles, radiando la salida por las ondas, la caricia y el compás de tu voz.

Pd.:Le cuento a Diego, entre notas de Amelie, que fuiste feliz “como un niño cuando sale de la escuela”.

Chacho de Camas

12-04-05_0125

Superocho milímetros
de profundo y mesurado silencio,
estrambótico grito sin eco,
revolución del género de misterio.
Narrador de guiones de la vida,
Tarantino de Camas,
Hitchcock de Sevilla,
mar adentro Amenábar
que estira el cuello
donde acaba el ombligo
y comienzan los sueños
de las que bailan.
Los Oscar y los Goya
todos para ti,
los jackdaniels, los bombays
en Cádiz, Babilonia,
Buenos Aires, París.
Mosquetero vestido
de príncipe azul
con melena de ‘niñomalo’
que anda perdido
si no pasa por La Mina,
desorientado.
Porno casero,
(estamos guay, ok?)
cantautor rapero.
Demiurgo de películas
de autor,
contrapunto de serie B,
ni Almodóvar ni Medem,
me quedo con el Sabina
de la barra y el mandil,
ni Kubrick ni Spielberg
ni Allen, ni Shamalan.
Yo prefiero a Rafa,
a Rafael Melgar.

“Lo benigno” de “los días señalaítos”

El Puente de Isabel II presume recreándose con su reflejo sobre el Guadalquivir. Por San Jacinto, la gente comenta a sus convecinos que esperan verlos, como cada año. Carteles en los bares, en Pagés del Corro, en Alfarería… Los turistas que pasean por las calles perciben en el ambiente que algo sucede. Esto es Triana. Y Triana está de Velá.

El histórico barrio hispalense vive en fiesta, desde la calle Betis a la Plaza del Altozano. Teatro, actuaciones musicales, concurso de baile por sevillanas, ciclo de cine, cucañas sobre el río, concurso libre de pesca fluvial, certamen de cerámica, trofeo de fútbol sala y balonmano playa, la clásica ciclista y los tradicionales cultos en honor de la Señora de Santa Ana componen, a grandes rasgos, el programa de actividades.

Un sendero de luces y farolillos guían al transeúnte desde el Puente de San Telmo, de aspecto serio y solemne, hasta el alegre Puente de Triana, vestido de luces y faroles. Entre ambos, una veintena de casetas, ataviadas para la ocasión, preparadas para la alquimia de mutar la calma de la tarde, al abrigo del río, por la «alegría» del gentío sediento de conversación y fiesta. Porque Triana es eso. La Sevilla más íntima. El sentimiento que guardan los recovecos de las calles. Un gran dolor milenario escondido tras una sonrisa. Melancólica alegría. Y alegre melancolía.

Puestos de churros y chocolate; avellanas verdes; gente expectante tras el monumento a la Gitana, recelosa este año de que sea el torero el que salga en todos los carteles, altivo, en el Altozano; sardinas asadas. La estampa de la Triana de la Velá y de la Velá de Triana. «Vamos al bicheo», exclama un vendedor en su puesto.

Otro de los puntos de interés se localiza en el epicentro de la calle Betis. La tradicional cucaña ocupa la atención del personal y los curiosos se agolpan para ver si los concursantes consiguen hacerse con la banderola. La mayoría acaba en el río, con el «uy» del público de banda sonora y la risa cómplice de quienes observan.

En la calle Pureza, en el templo de Santa Ana, cientos de fieles se congregan en el templo del siglo XIII, el más antiguo de Sevilla. El olor a incienso acrecienta la prisa de retrasadas devotas que llevan a sus nietos, vestidos de domingo, a continuar con la tradición familiar, como años atrás hicieron los abuelos que ya no están. Saliendo de Pureza, los ojos chocan de frente con el conjunto casi onírico que forman el Guadalquivir, la Giralda y la Torre del Oro. Entretanto, el río reluce y deslumbra a la espera de la noche en que esconderse, ayudado por el ocaso de este suave sol de julio, como si fuese unos ojos verdes emocionados a punto de romper en llanto. Entonces, el sol se esconde.

El fresquito de la tarde hace que, poco a poco, la Velá vaya desperezándose y despertando. Las tranquilas tardes dejan paso a noches de bullicio y desenfreno. Comienzan las horas mágicas de «los días señalaítos». Ayer tocó Júnior en el cierre de fiesta, tras dos años alejado de los escenarios por enfermedad, y las calles estaban llenas de gitanas guapas, pequeños raperos, estética cani, sevillanitos, sevillanos, turistas… trianeros todos de la Velá. La gente en las casetas se preguntaba qué hará este año el Betis, «maldita sea la gracia de ‘donmanué’», y si el Sevilla, otro año más, «sí o sí», va a seguir abonado a viajar por Europa. Esta noche tocan sevillanas, con Albahaca, Los Marismeños, Los del Guadalquivir y Brumas.

«Cerrado por Velá»
Más de 3.000 personas acuden cada día a la cita trianera, según el Ayuntamiento. Pablo, el propietario de «La primera del puente», este año no va a trabajar durante la celebración. Ya se quejaba hace un par de ediciones. «Hay más gente por la zona, pero gastan menos en bares». Esta vez, un cartel revela que ha optado por descansar. «Cerrado durante la Velá. Disculpen las molestias». La primera, este año, tiene que ser del Kiosco de Las Flores en adelante.

Los operarios de Lipasam no descansan por fiesta. Doblan los turnos. Los repartidores de cerveza también multiplican esfuerzos: unos 24.000 litros del fruto de la cebada se dispensarán hasta el jueves que se clausure esta edición de la última velá histórica de la ciudad, de cuantas había cuando no se celebraban más fiestas que el Corpus y la Virgen de Agosto.

Más de 30 años lleva Francisco Martín viniendo, «natural de la calle Castilla». Paco añora otros tiempos, «de puestecillos y tómbolas y hasta un ring de boxeo» y «niños con alpargatas de goma». José Manuel Quintero, sanjuanero de Pilas, pileño de San Juan, a estas alturas de la película añora poco y agradece todo, «recién salido del hospital». Acaba de comprobar lo certero de uno de los axiomas de Woody Allen, hijo de esa Triana grande que es Nueva York: «Lo más bonito que te pueden decir en la vida no es te quiero, sino es benigno». En el dialecto trianero, se dice de otra forma y seseando: «Niño, vete pa’ la Velá, que tú lo que tienes es cuento».

Ratones, gatos y peligros

“Enorme y triste parodia. Ni comedia ni bárbara”, apostilló Julio Cortázar -que nació el año de la I Guerra Mundial- al final del Águila de Blasón de ese genio bohemio con mirada de ratón espiguero que murió el año del inicio de la Guerra Civil y respondía al nombre de Ramón María del Valle-Inclán, residente arrendatario en la calle Melancolía, justo detrás del Callejón del Gato.

La ciencia ha descubierto que los ratones, algunos de ellos, han dejado de oler el peligro. Superratones sin dolor, sin conciencia en todo caso, “supermineralizados” y “supervitaminados”. “Basta desconectar unos receptores de la nariz para que el animal (…) se convierta en un valiente temerario”, dice la revista Nature. O en un cobarde, porque quien no siente miedo que superar no puede llamarse valiente ni puede aprender que nos caemos una vez y otra, y otra también, y una más, para aprender a levantarnos. “Natural”, dice el abuelo en estos casos.

No hace mucho tiempo, científicos de Cambridge descubrieron una mutación genética que evita sentir dolor a sus portadores. El descubrimiento podría ayudar, por lo visto, al desarrollo de analgésicos para el organismo y, en nada, en poco tiempo, iremos a la farmacia de guardia a que nos den un botecito de 250 mililitros de “Insensitive Siglo XXI” “pa’ tirar pa’lante hasta que el corazón aguante”. O mejor, vía anal, que, total, no duele.

Existen hombres en el mal llamado primer mundo que hace ya años que viven de espaldas a un sentido vital, a lo largo de los siglos, como el olfato. La insensibilidad general se ha impuesto, y ni lo terrible apesta ni lo hermoso emociona. Ni frío ni calor, cero grados, que decían en mi pueblo. En el pueblo de mi abuelo. Sucede que con cero grados hace frío y algo pasa cuando el mundo no tirita, cuando el ratón no huele el peligro y cuando el hombre no siente dolor. Algo pasa cuando ante estas cosas no huele a podrido.

Hay quien alberga semillas en el alma y hay quien guarda dinamita. En Finlandia, que debe caer más o menos como en el fin del mundo y en donde debe hacer una ‘jartá’ de frío, un joven de 18 años que había sufrido acoso escolar ha matado a ocho personas en un instituto –pum, pum, pum, pum, pum, pum, pum, pum, pum-, previo aviso por internet, ese mundo en el que se navega agarrado a la cola de un ratón (electrónico). Era buen estudiante, admiraba a Hitler y leía a Nietzsche. Probablemente, como sostiene Woody Allen, el muchacho se pondría a escuchar a Wagner y le entró un deseo irrefrenable de conquistar Polonia. Empezó por el instituto, armado como iba sin olfato para tener miedo ni sensibilidad para sentir dolor, y acabó con su vida.

En Sevilla, que según la poco viajada sensibilidad de algunos es el culo del mundo, una veintena de niños bien, hijos de abogados, toreros, artistas, se ensañaron con un chaval de 18 años que medió en una discusión. Lo dejaron tirado cerca de la Plaza de España, desangrándose. Era nadador, pero no volverá a nadar. Era una persona, pero la desconfianza y el miedo nunca se irán de su mirada. Se desconoce si los agresores conocían a Federico Nietzsche o a Richard Wagner o si escuchando a Siempre Así, el grupo por antonomasia de los sevillanitos, les entraban irreprimibles ganas de quemar Los Remedios.

El culo de laVenus del Espejo bien podría ser el culo del universo, analizando la mirada de los empleados del Museo del Prado, absortos mientras colocaban la obra procedente de la National Gallery de Londres. Y La Venus del Espejo de Diego Velázquez bien podría ser la vida misma pintada a retazos. Seductora y sensual. Enigmática e inquisidora. Traicionera. Sarcástica. Señora. Puta. Que sólo nos regala un reflejo y nos pierde entre sus curvas, haciéndonos sentir como pequeños ratones temerariamente sin miedo frente a un gato que, eternamente, nos acecha a través del espejo.

Cortázar, que tenía orejas de ratón y los ojos del gato de la Alicia de Lewis Carroll escapados del País de las Maravillas a través del agujero de conejo del espejo, lo apostilló al final del libro de Valle-Inclán. “Enorme y triste parodia. Ni comedia ni bárbara”. La vida.

La púrpura mortal del César

Sevilla (Andalucía)-Zoido presenta sus propuestas para que las administraciones cumplan su compromiso con Sevilla.18-5-2011.Foto cortesía del PP de Sevilla.

Zoido presentando sus propuestas para que las administraciones cumplan su compromiso con Sevilla. Mayo de 2011, foto cortesía del PP de Sevilla.

El color púrpura fue descubierto por los fenicios y cargado de connotaciones por los romanos. En tiempos de César, un pañuelo de ésos que gasta el director de Fibes, Felipe Luis Maestro –presente en la sala, como José Joaquín Gallardo, Santiago Herrero, María José Segarra y otros representantes sociales–, teñido de púrpura podía costar el sueldo de un mes de un funcionario y, en el siglo III a. C., un kilo de la púrpura de Tiro costaba tres veces el salario de un panadero del corte de Juan Gallardo, el tendero de Su Eminencia, también presente, protagonista de la campaña de Zoido.

Jesús, en un acto de provocación e inconsciencia –que no es lo mismo, pero es igual–, vestía de púrpura. Como después los papas y los cardenales. También fue el color de la toga triumphalis de los generales victoriosos. Zoido, en su día I como alcalde, vistió camisa azul, también la corbata, y traje gris marengo. Su mujer, Beatriz, llevaba un pequeño bolso morado, con ribetes dorados.También vistió el color púrpura Patricia Rato, sobrina del candidato popular que no fue, Rodrigo. En el Salón Colón de la ciudad mariana estaba Mariano Rajoy. Y Susana Díaz, la casi jefa de todo del PSOE andaluz, con permiso del también presente («llamadme Pepe») Griñán. Todo comunica y hay quien se desvela sin, quizás, saberlo.

Cuatro años atrás, el ausente Monteseirín, más cómodo en paradero desconocido –se descarta que estuviera infiltrado entre los indignados–, optó por una corbata roja y habló de «la ciudad de las personas». Igual que la postmodernidad tuvo al Titanic como símbolo de la arrogancia, la «era Monteseirín» tuvo el Metropol. Ricardo III fue el último rey inglés que murió en batalla y el ex alcalde, el último socialista. «Mi reino por un caballo». Poco antes de las 4.360 jornadas y media de Monteseirín como alcalde, un caballo se desbocó en la avenida de San Fernando. Jesús siempre fue en burro y Monteseirín, aunque –dice– va en bici, fue mucho de aviones y coche oficial. Colón también regresó preso en su tercera travesía. Todos los «conquistadores» acabaron mal, con permiso de Arturo Fernández. La arrogancia precede a la derrota. Y la derrota –por más que el Comisionado Jesús Maeztu comentara, tras conversar con el administrador del Betis, Bosch Valero, que «ser del Madrid o del Barça es muy fácil, hay que ir con los que pierden»–, es huérfana. Griñán, que vino a la toma de posesión de Zoido «con voluntad de colaboración», lo subrayó, con reminiscencias a bofetada en forma de teletipo: «No entro en los que no están. Estoy feliz con Espadas».

La victoria sí tiene muchos padres. Tantos como abrazos recibió ayer Zoido, convertido en hombre autoadhesivo, como Monteseirín, a ratos, ciclotimia mediante, cuando no devenía en hombre antiadherente. De «la ciudad de las personas», desde las 19:31 en que Zoido tornó en alcalde, se vira a «la ciudad del talento», previa mudanza a la bancada de la derecha del Pleno. Los de la izquierda también prefieren la diestra. A la franqueza de arponero de la oposición –el «fin de la crispación» que promulgó Espadas quedó en Suárez Palomares empujando la silla de Juan García– respondió el nuevo Gobierno con calma de Buda blanco. Espadas es más de Tomás Moro, de su isla de Utopía, de «otra forma de hacer política».

El discurso de Torrijos tuvo algo de lo que dijo Amaury, el delegado del Papa, en las Cruzadas: «Mátenlos a todos. Ya sabrá Dios reconocer a los suyos». El líder de IU dudó de que el PP pueda diferir del «se privatiza todo». Sólo hay una cosa peor que un comunista, un ex comunista.Dicen. O un converso. Uno que dice y no hace. Uno que habla de igualdad y lucha de clases y vive, legítimamente por supuesto, en Santa Cruz. El Che se pasaba días sin hablar con su mujer, hasta que ésta devolvía algún regalo. La mujer del César y del Che tienen que parecerlo. «Dios ha muerto.Marx ha muerto. Y yo mismo no me siento nada bien». Woody Allen en el salón de Plenos.

Aunque el Ayuntamiento atardeció amurallado, y blindado por policías, la vida no sucedía sólo puertas adentro. En la Plaza Nueva, varios centenares de «indignados» gritaban «No nos representan». A los parados no les gusta comer promesas, mientras esperan un mundo en el que nadie muera de hambre ni de indigestión. Sus gritos, velados en parte por la Banda Municipal, son el epitafio en el aire de que los alcaldes de hoy son los ex alcaldes de mañana y, por más que Rajoy y Griñán defendieran la participación en las urnas, una botella de náufrago. Aquello que un esclavo decía al César en la cuadriga camino de sus particulares tomas de posesión: «Memento mori». Recuerda que eres mortal.