Ecce Homo

Resulta más fácil hallar una ciudad egipcia de 3.500 años bajo el desierto de Luxor o vislumbrar un Caravaggio en una obra atribuida al círculo de Ribera que la «finezza» en Hispania. Después del oprobio de meses en que nuestros vecinos y, a pesar de ello, socios europeos miraban a la piel de toro por encima del hombro –como siempre, o sea– explicando la incidencia patria en supuestos hábitos antihigiénicos, ahora con menores restricciones que ellos, hay menos casos de covid que en Europa y las vacunas se ponen al ritmo del tiqui-taca con el que ganamos un Mundial y dos Eurocopas, precisamente, a Holanda y Alemania (e Italia). Para variar, deberíamos inhalar un mínimo de esperanza y exhalar algo de orgullo; principalmente porque el personal anda fatigado de pandemia y cansado del ayuno de casi todo aquello que el tiempo ha demostrado que hace que los días merezcan la pena: una cerveza a deshora, el abrazo del encuentro y la despedida, los arrebatos en las esquinas. Conviene decirles, de entrada, a nuestros colegas europeos que en la vieja Híspalis se levanta un bar para una reforma y aparece un baño árabe de cuando al Regnum Teutonicorum aún lo estaban peinando –le faltaban dos siglos–. Pero no. En España estamos ocupados en la enésima reposición guerracivilista con Vallecas como escenario. La falacia de las dos Españas y la verdad suprema de cuatro necios. Caín aparecerá un día en una fosa común con una confesión de Abel firmada por Conchita, la poligrafista de «La Máquina de la Verdad». En los ratos libres del revanchismo, se utilizan las vacunas de la esperanza como arma arrojadiza de la confrontación. El personal ya ha olvidado aquello de «vamos a salir mejores». El presidente de turno dice: «La cosa va a ir fenomenal». Y el político de la oposición, de medio ‘lao’ en el atril señala: «Todo es un despropósito; se ha perdido el tiempo; viene el fin del mundo». Alguna vez estaría bien escuchar un balance sincero, profundo, autocrítico. Conviene decir de vez en cuando algo así como que «hemos hecho esto y eso, pero –cago en la mar salada– hemos fallado en aquello». Y el político opositor, mano tendida: «No se preocupe, lo importante es seguir adelante». Y no. La cosa política desde hace tiempo viene a ser algo así como los hermanos Calatrava, que, por un lado, estaba el feo y, por otro, el más feo todavía, esto es, el horroroso. Ocurre que, al lado del segundo –el que se daba un aire a Mick Jagger–, el primero puede pasar, con dos copas y en un día bueno, por resultón. Pero no. La política Calatrava se construye a base de puentes resultones con escaso aguante y caros para la sociedad. El mercadeo de las vacunas deviene en la venta de motos averiadas. Pedro Sánchez «racanea» vacunas a Andalucía, reitera el portavoz andaluz, porque el criterio de la UE es que debe llegar «el mismo porcentaje de vacunas que de población». A renglón seguido, el titular de Salud –el señor que gestiona los pinchazos y al que cualquiera compraría un coche de segunda mano– explica que en las provincias andaluzas el reparto es como en España, por edad y riesgo, y que la responsabilidad del retraso es de «las farmacéuticas». No chirría imaginarle mercadeando investiduras pero a la especie de que el inquilino de La Moncloa sisa dosis en plan Gollum – «Es mi AstraZeneca»– igual habría que darle una vuelta. «Salir mejores» es vacunar antes a un jubilado con EPOC, de Cuenca o Setenil, que al Rey. Vacunas hay las que llegan y hacen bien Bendodo, Ximo Puig, Agamenón y su porquero en pedir más. «Quien no llora no mama» es de lo primero que enseñan en el Carranza. Pero el decoro del relato hay que salvarlo de la licantropía electoral porque no votan sólo los militantes y, así como detrás de algunos cuadros tenebristas se esconde un «Ecce Homo» de Caravaggio, después de algunas restauraciones sólo queda el trampantojo homónimo de Borja.

Paideia

Alejandro III de Macedonia comenzó sus estudios con Leónidas, un estricto maestro macedonio. Le siguió Lisímaco, que le enseñaba Letras y le llamaba Aquiles. Lo que ahora se denominaría «empoderar» al alumno. Alejandro aprendió de memoria –lo que hoy sería un sacrilegio– los poemas homéricos y dormía con «La Ilíada» bajo la cama. A los 13 años, fue puesto bajo la tutela de Aristóteles, antiguo compañero de juegos de su padre, que durante cinco años se encargó de su educación. Aristóteles, que a su vez fue discípulo de Platón y éste de Sócrates, instruyó a Alejandro en gramática, filosofía, lógica, retórica, metafísica, estética, ética, política, biología, ciencias políticas y naturales, medicina, astronomía, geometría y música. La mayoría de estas materias son repudiadas en el currículo contemporáneo. Las clases eran al aire libre, sobre bancos de piedra, a la sombra de los árboles. Por la mañana, se trataban los temas complejos. Por la tarde, los livianos. Cuesta imaginarse a Filipo dejando a Alejandro en la puerta del colegio con un «pásatelo bien», que es la coletilla en las escuelas de ahora, antes y después de las mascarillas. El «cuquismo- bien» que se viene instaurando desde el fin de la EGB alcanzó su máxima expresión con las bonificaciones por aprobados para los profesores y con la superación de cursos con asignaturas pendientes para los alumnos. La figura legendaria del «tripitidor» se ha perdido en España como se perdieron Cuba o Filipinas. Cuenta la leyenda que Johan Cruyff decía como última instrucción al «Dream Team» aquello de «salid y disfrutad». Los padres de hoy sueltan el alegato cruyffista cada mañana sin considerar lo poco que tiene que ver con negociar el esfuerzo. De hecho, el método Cruyff –que era un genio– lindaba con el maltrato psicológico en no pocas ocasiones, y ahí estaba Guardiola subiendo o bajando de categoría al antojo del holandés o los banquillazos a Laudrup. La belleza, y el genio como su exponente, siempre conlleva dosis de crueldad. Necesariamente, todo en la vida no puede ser divertido. Sin la mezcla de aburrimiento y curiosidad, y también azar, probablemente, el hombre seguiría en Altamira. El aburrimiento es lúcido. Sólo desde el «buenismo-bien» se explica la queja de Iñaki Gabilondo: «Me sorprende que esta sea la primera generación que pide explicaciones a las anteriores. Dicen: “Vaya mierda de democracia que nos dejasteis”. Nosotros nunca le dijimos a nuestros padres que nos habían dejado un país de mierda». Dejamos a los niños con un «pásatelo bien» en la puerta del cole y luego la vida se pone seria y pide explicaciones. Se lee en prensa estos días que «un padre paga a sicarios virtuales para matar a los personajes de su hijo». El muchacho, adicto a los videojuegos, pasaba de los estudios y no tenía trabajo. Tiene 23 años. Con esa edad, la generación maltratada ahora por el coronavirus levantaba una democracia y criaba a tres hijos como mínimo. De la escuela cuqui salen ahora los radicales orgullosos que hasta no hace mucho formaban un reducto localizado como hooligans del fútbol. “Un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo. Un país es rico porque tiene educación. Educación significa que, aunque puedas robar, no robas. Educación significa que tú vas paseando por la calle, la acera es estrecha, y tú te bajas y dices: ‘disculpe’. Educación es que, aunque vas a pagar la factura de una tienda o un restaurante, dices ‘gracias’ cuando te la traen, das propina, y cuando te devuelven lo último que te devuelvan, vuelves a decir gracias. Cuando un pueblo tiene eso, cuando un pueblo tiene educación, un pueblo es rico», expuso Escohotado. «Sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego», sostenía el maestro de Alejandro Magno. «Dame seis meses de tu vida y yo te doy un Mundial», le dijo Carlos Salvador Bilardo a Jorge Valdano antes de Italia’90. Y después lo dejó fuera de la convocatoria.

Pandora

El universo al que tanto cantó Aute tiene 300.000 millones de estrellas. El cuerpo humano se compone de 30 billones de células. Aunque Beatriz Montañez se vaya a hacer yoga en medio de un bosque con una Quechua –le pasa a cualquiera: cuanto más conocemos a Toni Cantó, más tiernos parecen los quebrantahuesos– en plan eremita chic, la interdependencia entre los seres humanos –unos con más humanidad que otros– es más evidente y necesaria para sobrevivir que cuando cada uno vivía en su cueva entre pinturas rupestres de búfalos y el antílope se comía tirando a poco hecho, en función del fuego que diera una piedra. La ficción de la certidumbre que dibujamos a diario se sostiene en gran medida por el azar, su prima hermana la casualidad y su hermanastra la costumbre. Lo dijo Woody Allen, lo más bonito que te pueden decir en la vida no es «te quiero» sino «es benigno». El amplio espectro de conocimiento que explica que al sol de la mañana suceda la luna de la noche, a fin de cuentas, deriva en el mismo resultado que para nuestros primos de Orce. Puede que un día, de súbito, al día no suceda la noche o a la noche el día –eclipse, lo venimos llamando–, entonces todas las certezas que sostienen nuestros hábitos se derrumban. Así, el cambio de sistema operativo de Windows, que la FundéuRAE sostenga sin preaviso que la hija de «La más grande» es Rociito, así sin tilde, o que Perales, con tristeza conquense, revele que el «Por qué te vas» que compuso a Jeanette en realidad era «Porque te vas», adverbio causal. Causa-efecto, y así pasan los días. El «efecto mariposa»: Elecciones en Cataluña-moción en Murcia-adelanto en Madrid-moción en Castilla-León- ¿Adelanto en España?-¿Adelanto en Andalucía? «The unboxing of Pandora»: Arroz mil delicias y sopa de murciélago-coronavirus desatado-Wuhan confinado- China cerrada (valga la redundancia)-suspensión del Mobile- «Hay que ver lo que comen los chinos»- «Cómo son los italianos»-«En España no pasaremos de un par de contagios»- Estado de alarma-«Miles de muertos»- «Aplausos a las 20:00 y ‘Resistiré’»-el PIB «al carajo»-«los culillos de las vacunas»-«que Dios nos pille confesados». De las catacumbas a esta parte, se han alcanzado las mayores cotas posibles en el Mineralismo, aquella religión que proclamó Arrabal en lo alto de una mesa. Probablemente estaría, llamémosle, Mohamed viendo algún gol de Salah o a Kevin Bacon cantando por los Backstreet Boys con una llama detrás, con su mascarilla de andar por casa –conocida ahora como mascarilla Aznar– y le sonaría el móvil. «Coge las llaves de la excavadora». Y entonces aparece el señor gruista frente a la inmensidad de un buque lleno de contenedores, cargado con las futuras decepciones de Aliexpress y puede que algo de costo en algún resquicio. Un tercio del comercio del planeta depende de golpe de la pericia de una excavadora y un egipcio. Por Isis, por Tutatis, por Amón. El sistema, la armonía, se basa en la rutina y la fragilidad es un lamento, como una canción de Triana. En 1921 en Indiana movieron un edificio de 11.000 toneladas y 35 metros, con sus empleados dentro. Es posible que estos días esté pasando eso en el mundo, que se esté moviendo el eje, nos aferremos a la rutina y el sol ya entre por otra ventana. Dijo Vincent Van Gogh: «Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche y pinto las estrellas». La humanidad interconectada, la vida en sí, es un milagro. «La noche estrellada»: sobre lienzo, óleo. El árbol más viejo de Europa clava sus raíces en la Sierra de Cazorla de Jaén. Un tejo solitario en un mar de olivos con más de 2.000 años que ha visto pasar a romanos, visigodos, árabes y cristianos; guerras y pandemias bajo unas ramas que claman a las estrellas del cielo. «Todas las promesas de mi amor se irán contigo», compuso Perales. Conviene no confundir casualidad y destino.

Big Bang Theory

Dice la ciencia que del Big Bang –no confundir con la orquesta de jazz– pudieron salir dos realidades diferentes. «Fringe» –y perdón por usurpar al todavía vicepresidente con las series– basa gran parte de su argumento en dos mundos alternativos, como espejos, que coexisten en el tiempo y, en parte, se retroalimentan sin saberlo. Así, un «poné», en un mundo A, Pedro Sánchez se impuso al soso pero lúcido Madina y luego a Susana Díaz. Pero en un mundo B, quién sabe, fue Madina el que ganó y, al menos, ciertos detalles –donde, dicen, mora el diablo– serían distintos. No vemos a Madina en una performance aplastando armas de Eta. Quizás Planas, que reconoce que el aparato andaluz es más duro «que un tribunal de oposición en Bruselas con tres alemanes», venció a Susana Díaz en otras hipotéticas primarias andaluzas. En este mundo A, Pedro Sánchez pacta con Pablo Iglesias. Pero en un mundo B, quizás, Albert Rivera no dilapida la confianza de millones de ciudadanos en busca de cobijo ante la radicalidad de los extremos compitiendo en Colón por ver quién tiene más grande la bandera. En otro mundo u otro tiempo, quizás Cs no se desangra ante la tierna mirada de Inés Arrimadas mientras su ex líder con hechuras de dependiente de Zara, otrora Prometeo de la Nueva Transición y yerno de todas las madres de España –mayormente las del Ibex–, acaricia a un gatito en su regazo, con la sobrina de Paco de Lucía cantando nanas por seguiriyas de fondo y el tito Fran (Hervías) haciendo currículum como para trabajar en un desguace o directamente en una cloaca. En este mundo, nacen más linces en una camada que escaños le quedan a Cs en el Senado. El partido naranja está ahora mismo más en peligro de extinción que el felino y también se definió como ibérico. Cs se presentó como Grønkjær, un aceptable futbolista nacido del frío, en Groenladia (las pastas danesas son muy de partido liberal europeísta), que jugaba a dos bandas y pasó por el Atleti antes de militar en la irrelevancia. Su debut en España fue una goleada (4-0) ante el Galapagar. La línea que separa el éxito del fracaso es siempre tenue y difusa. (La escena de «Match Point», de Woody Allen, es cita clásica de Lucas Haurie. Aquí somos más de Scarlett Johansson, que luego hizo de Viuda Negra, como Inés Arrimadas, la única dolorosa esta Semana Santa). En el gol que da a España el Mundial de Sudáfrica hay hasta cuatro lances muy claros en que la moneda cae de cara. Un rebote distinto y la historia hubiera sido otra. Por no hablar de que ningún holandés consiguió hacer «fault». Los oranje ahí también tuvieron menos reflejos que Gª Egea en Murcia. El histórico 2D en Andalucía, el PP-A igualó el peor resultado de su historia. Las circunstancias –los 12 apóstoles de Vox, la descomposición del PSOE-A, la permanencia de Susana Díaz, su enfrentamiento con Cs y el momento álgido del suflé de naranja amarga– convirtieron una cornada de enfermería en puerta grande. Siguiendo con la teoría del Big Bang, es probable que entre Madrid y Murcia exista una falla cuántica. Lo que explica cómo, en un mismo universo, la ministra Montero puede pasar de alentar las catalanas –«Si no fueran seguras, ¿un ministro de Sanidad llamaría al voto?»– a criticar las madrileñas –«Es una locura en una pandemia»– . El vórtice murciano, al que los científicos deberían llamar Ninette, también explica que Casado vapulee, emocione y rompa toda conexión con Abascal en otra moción y, previo paso por Idealista, vaya a Murcia a bendecir tránsfugas. El lazo cósmico puede que esté realmente en el acuerdo antitransfuguismo, que debería llamarse –pregunten a Teresa Rodríguez– pacto de Padrón: unos tránsfugas valen y otros no. Hasta el BOE hace guiños a estas dos realidades paralelas desde el momento en que corrige un nombramiento en Cádiz y señala, literalmente, que «donde dice Digo, debe decir Diego».

Riders (on the storm)

Espinete en paro, Caponata jubilada y el Conde Draco con caries y en horas bajas en Barrio Sésamo. Ya ni los curris –esos muñecotes que no paraban de trabajar en la construcción con los Fraggel– hacen su agosto de la mano de la especulación, en cuarentena también con la pandemia. El Monstruo de las Galletas, con su pelaje azul y sus desordenados ojos, tuvo que hacer de tripas corazón –nunca mejor dicho– y pasarse a las zanahorias, la remolacha y la lechuga para poder seguir trabajando en los tiempos de la sociedad cuqui-«healthy». «Tenemos miles como tú esperando una oportunidad», le dijeron. El Monstruo de las Galletas –con sus dos carreras– trabaja ahora como Monstruo de las Verduras, en virtud del poder de lo políticamente correcto y de la hipoteca a 35 años y un día, como las condenas pero con menor margen de revisión. A comer verduras, así salga urticaria. Mr. Potato ahora se llama sólo Potato por aquello de la diversidad y la discriminación de género, lo cual es un contrasentido cuando hasta Nadia Calviño sabe ya que Paca, la Piraña hizo la mili y Abascal no. La juventud de la clase media española del siglo XXI –la que pasa por la más preparada y también más desencantada de la historia– lejos de costearse viajes a la luna o al centro de la tierra, como en las novelas de Julio Verne, se aferra, por un lado, al «ora et labora» monástico y, por otro, al una hora y otra hora y me deben varios días de las empresas modernas, las que aplican los métodos de toda la vida desde que se levantaron las pirámides. Sólo en Sevilla, antes del covid, el 60% de los salarios no daba para mileurista. Y en Linares, reza por una buena campaña de la aceituna. Esta situación se intensifica entre las mujeres, las personas con estudios primarios, los extranjeros y los menores de 25 años. También en Sevilla, uno de cada cinco jóvenes ni estudia ni trabaja. El mercado laboral obliga a trabajar de bandolero, de mercenario, de filibustero… Los «Riders on the storm», que cantaban los Doors de Jim Morrison, que no Henson, son ahora los ciclistas con una mochila cubiforme a la espalda que reparten a domicilio. Los hijos del santo matrimonio Arnolfini, de saldo. La precariedad de siempre – visualice el vespino rojo del Telepizza. «Eres old pero, ¿así de old?»– revestida de APP. Toda la vida preparándote para comer con tenedor y, a la hora de la verdad, lo importante es guardar el cubierto como arma de defensa. ¿Competente? No, gracias. Competitivo. ¿Compañero? No, gracias. Productivo. Estos son los parámetros de los tiempos modernos desde hace décadas, en sepia ya de repetidos. La revolución industrial en Andalucía fue un animal mitológico del que nos hablaron allende Despeñaperros. El rider malagueño que estudiaba bajo una farola ha triunfado en las redes. La foto del chaval con los apuntes, esperando un pedido, Cinderella postmoderno, removió las entrañas de un señor de Alicante que le ha pagado su último curso de mecánica de competición. Marc Márquez le ha invitado a un gran premio. Carlos Alegre, de 24 años, no entiende que sorprenda que estudie y trabaje a la vez. Hay quien ha reaccionado ante la imagen como si fuera lo que en arqueología se denomina un «unicum», algo nunca hallado. Lo que deriva en la evidencia de que el personal que tiene tanto tiempo para opinar no ha trabajado en su vida. Resulta ahora que trabajar y estudiar o compatibilizar becas y empleos o comenzar a cotizar por el salario mínimo es algo inaudito. Y no lo es. Por desgracia, es lo normal. De ahí que el personal quiera ser «tronista», Gran Hermano o Chaturbate. «Entre mis amigos (trabajar y estudiar) es lo normal», dice. «Ojalá la gente entendiese el valor que tiene el tiempo», señala. Lo decía Escohotado: «Cuando un pueblo tiene educación, entonces un país es rico». En el país de los ninis, el rider es el rey.

La foto viral del rider malagueño realizada por el agente Pedro G. Díaz bajo el título “Hay esperanza”, comparando su actitud con los disturbios de Barcelona

Escarcha

No hacen falta cien años para contemplar más odios eternos que amores para toda la vida. Más vocación de eternidad en la rabia que en el cariño. Más pasión en la venganza que en la culminación del amor. Más veces llorar de pena que de alegría. Cuentan los expertos en los entresijos de la psique humana que, en la mayoría de ocasiones, estas actitudes responden a un único estímulo interior: el miedo. Miedo a querer. Miedo a entregarse. Miedo al desgarro. Miedo al abandono. Miedo, al fin, a la vida. Los sabios en el difícil arte de sonreír a los días –que solían despachar en las barras del Savoy cuando el toque de queda era un recurso narrativo en el café de Nouvion de «Allo, allo!» – sostienen, sin embargo, Baco mediante, que «eso es de tiesos». La mayoría de la fiel infantería de lo que en el siglo XX se llamaba «clase media» puede decir que tiene «casi de todo» –coche, puede que una moto, una vivienda, quizás un apartamento en la playa, puede que un trabajo que deje vivir al menos día y medio de cada siete, familia, perro, gato, equipo de fútbol, algunos trajes para la ocasión, fibra óptima, móvil, libros, perfumes, paracetamol, Netflix, Amazon y hasta la tarjeta del Club Carrefour, un satisfyer y una Playstation– sostenido todo ello por la cuerda floja del crédito y la inestabilidad y precariedad del mercado laboral. Tantas cosas se pueden llegar a tener que existe la posibilidad de sentir vergüenza si no se siente una felicidad plena. Sin embargo, más cuando antes de la pandemia había tiempo para problemas del primer mundo, quedaba una sensación de vacío, de ausencia de felicidad, de desgarro en el alma. Lo retrató por rumbas el Lichis: «Mata más gente el tabaco que los aviones y he perdido el miedo a volar». La paradoja entre tener y ser y el silogismo de la eterna insatisfacción. «Felicidad, qué bonito nombre tienes. Felicidad, vete tú a saber dónde te metes». Los homo sapiens sapiens 5G, la criaturitas hiperconectadas del siglo XXI, en general nos sentimos como personas incompletas, discapacitadas de alma. Y si eres concejal de Vox en Baza –«A los hechos me consumo»–, ni te cuento. En estas circunstancias, hay quien opta por mirar para otro lado y tirar «pa’lante» –como dijo Raphael el 28F cuando no olvidaba la letra del himno– hasta que el corazón aguante. Hay también quien cae en las aguas de la tristeza, como en «La Historia Interminable». (Ya hay estudios que señalan que la depresión afecta hasta a los bebés). Hay quien se ve obligado a guardar el corazón en un cofre, como Davy Jones, para dejar de sufrir, que es dejar de sentir y, esto es, en el fondo, dejar de vivir. La leyenda del holandés errante. Entonces, se sobrevive. La ansiedad pandémica es el agapornis del coronavirus. Si queda alguno que, por imposibilidad congénita u otra causa –tras un año en estado de alarma, 72.000 muertes en España y unos husos horarios a los que sólo le faltan los serenos, los seitas, el gol de Marcelino y Gracita Morales para retrotraernos 100 años– puede levantar la mano y decir que no ha llorado, que se mire seriamente la posibilidad de que en vez de persona sea replicante. El «Blade Runner» original transcurre en 2019. Hay días que la cosa parece que mejora, cuando se tiende a pensar, como en los viejos tiempos, que ese vacío centrifugador de las entrañas al pecho seguramente es sólo un ictus. En este «museo de la escarcha», pequeño vals vienés lorquiano, la felicidad se reconoce en los espejos retrovisores. El CIS es «una muerte para piano» que dice que uno de cada tres españoles ha llorado durante la pandemia. El otro se lo ha callado y el tercero llorará de aquí al retorno –o no– a la vieja normalidad con su bendito vacío existencial a medio camino entre el cuadro de Luca Signorelli («El Juicio Final o Los condenados»), en el que se vislumbra a un bufón, entre las sombras, riéndose del llanto de los que van a morir, y «El jardín de las delicias» del Bosco.

Focos

«Si en aquel momento damos las imágenes, el golpe gana». Lo cuenta en una crónica de las que habría que leer en las escuelas Arcadi Espada, acerca de cómo se desarrolló el 23F y las medias verdades de la memoria colectiva sobre el minuto a minuto o lo que cada españolito hacía o dejaba de hacer mientras veía el golpe de Tejero –«Se sienten, coño»– en la tele. La memoria, por supervivencia, siempre es mentirosa. La vida te enseña que tres mudanzas equivalen a un incendio –en definición de Benjamín Franklin– y que a las parejas se las conoce en los divorcios, a los hermanos en las herencias, a los hijos en la vejez paterna y a los amigos en la ruina. Todo aquello del año 81, cuando Naranjito todavía era azahar, se retransmitió «después de los dolores» –como diría Chiquito– por pura responsabilidad e instinto, y si se hubiera contado al instante es muy probable que este país de mejorable democracia plena fuera todavía un «perfecto» sistema inquebrantable –porque ni siquiera se podría decir casi nada– como el de los sueños húmedos de los vicepresidentes segundos –«A mí dame los telediarios»– o de su portavoz parlamentario Eche-Nike, rebautizado con insurgente y revolucionaria «k», como las zapatillas deportivas que mangaban «los defensores de la libertad de expresión» de la Ciudad Condal o la kale borroka de la Catalonia lliure; como los okupas o como el adjetivo kafkiano en referencia a «El Proceso» o, si se quiere, «La metamorfosis» consistente en pasar de definir a la casta a convertirse en la perfecta representación de ella en el tiempo que se tarda en cruzar la M-30 de Vallecas hacia Galapagar. El fotero jerezano Morenatti puso el foco en la llaga con la imagen de medio centenar de camarógrafos de medios de todo el orbe inmortalizando el lanzamiento de adoquín por parte de lo que parece un niñato. «No lo sé, Rick. Parece falso» La actriz Victoria Abril se doctoró también en medicina y epidemiología estos días por expresar en voz alta el malestar por las restricciones anticovid y comparar cifras de muertos por diferentes causas. Victoria Abril no salía en prime time casi desde que era la azafata más fabulosa del «Un, dos, tres», varios años antes del 23F, y no porque su extraordinaria carrera como actriz no lo merezca. De golpe, tuvo entrevista a todo trapo. En los tiempos de las redes sociales y el periodismo ciudadano –el culmen del oxímoron–, el niñato con adoquín tiene el efecto del Che Guevara aunque la revolución sea Tik-Tok, que es como ahora se pronuncia kitsch; Victoria Abril vuelve a escena; Miguel Bosé es chamán; Elías Bendodo, portavoz-nutricionista; y el golpe de Estado hubiera triunfado. El voto de todos, informados o no de un tema, manipulando conscientemente o de casualidad, y el de Echenique vale lo mismo que el del inventor de la vacuna del Covid o el tipo que puso una nave en Marte. El derecho a expresar toda opinión es respetable –la exaltación del odio no es una opinión, es un delito, y ahí está el tal Pablo Hasel– pero no todas las opiniones merecen el mismo respeto, foco o atención. The Guardian llevó al pulpo Paul a portada, más destacado que Afganistán. Lo dijo Jürgen Klopp cuando le preguntaron por el Covid: «Yo soy un tío con una gorra mal afeitado. Mi opinión no es importante». Así, la foto de Emilio Morenatti no sólo apela a la responsabilidad sino que retrata a todos los ciudadanos y más al autodenominado cuarto poder porque mientras los sabios están apuntando a la luna ponemos el foco en sacarle fotos al dedo para subirlas a Facebook, Twitter e Instagram. La verdadera revolución se hace en las escuelas y las bibliotecas.

Perseverance

Cuatro décimas separaban a Almería capital la semana previa de pasar el corte de 1.000 casos por 100.000 habitantes para el cierre de los servicios no esenciales. Sorpresivamente, el comité de expertos de la Junta por «ajustes administrativos» se reunió un día después del previsto y Almería salvó las restricciones. «Si parece un pato, nada como un pato, y hace cuá cuá, probablemente sea un pato». El razonamiento inductivo frente al peso de las persianas bajadas de los autónomos en un país en el que las ayudas y el ahorro son seres mitológicos. El peso de las persianas bajadas de los autónomos frente a los cientos de muertos diarios y hospitalizados. Los breves de estos días retratan la intrahistoria de la pandemia: «Detenido el dueño de un salón de bodas de 79 años que transformó el negocio en un invernadero de marihuana»; botellones disueltos, la nueva pero vieja «ley seca»; un señor de Murcia detenido en Alicante tras saltarse el confinamiento porque «el sexo es una necesidad básica». El mundo sigue en «stand by» mientras el Perseverance, a medio camino entre «Cortocircuito» y «Wall-e», llega a Marte con el personal siguiendo el asunto espacial como las retransmisiones, Kubrick mediante, de la llegada a la luna en 1969, cuando los Beatles lanzaron Abbey Road y se estrenó «Barrio Sésamo». El artilugio amartizó a las 21:55, así que los bares estaban cerrados con las restricciones y los de la patronal, Horeca –que suena interjección de Arquímedes–, y el comité de expertos de la Junta pudieron contemplar la de sitio que hay en el planeta rojo para poner veladores guardando la distancia de seguridad. Está Marte, con ese aire de desierto de Almería, para ponerle adoquines de Gerena y un cine de verano. A los 30 años del estreno de «El silencio de los corderos», no cuesta imaginarse a Pedro Sánchez Juanma Moreno, con sudores fríos, escuchando cada noche a Hannibal Lecter –precursor del uso de la mascarilla– susurrarles al oído «Clarise» con cada decisión. Casi un año después del Covid, para sostener el peso de la búsqueda incesante del equilibrio se precisa la capacidad de aguante –perseverancia– y la arquitectura de una columna de Bernini. El siglo XXI tiene BSO de Anthony (Hopkins, que ganó el Oscar con menos de 25 minutos en escena) and the Johnsons (como la marca en la que están puestas las esperanza de la vacunación masiva). «Nada nos hace más vulnerables que la soledad, excepto la avaricia», sostenía el guión de Jonathan Demme. Leído en Twitter: «Ha muerto mi vecino. 46 años. Covid. Las paredes no contienen los gritos desesperados de la madre y tengo que contener a la mía para que no acuda al consuelo. El Covid es esto». «El tifus y los cisnes –lo dijo el doctor Lecter– todo procede del mismo sitio».

Enjambre sísmico electoral tras el “efecto Illa”

Salvador Illa, imagen de su cuenta de Twitter.

A Cataluña se la denomina como «la novena provincia andaluza», por los evidentes lazos demográficos tejidos por la emigración. Finalmente, hubo «efecto Illa» y las razones que movieron a Pedro Sánchez al cambio de cromos con Iceta, que acabó como ministro de Relaciones Territoriales y llevó a Darias a Sanidad, otorgan a los estrategas de Moncloa –Iván Redondo y Francisco Salazar, cercano al alcalde de Dos Hermanas Kiko Toscano, citados expresamente por el ganador de las catalanas–, carta blanca para continuar reescribiendo el particular «Juego de Tronos» patrio.

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Veneno

En la tumba de Marina González Blanco reza otro nombre. El del arcángel Rafael. Sabe Dios, si existe, las vidas que murió Marina, para sobrevivir a todas ellas. Su único «pecado» fue la vida. Nadie emprende el camino sin retorno de cambiar de sexo por amor al arte y sin amor del prójimo porque en realidad cuando uno cambia de sexo es porque ya es lo ultimo que te falta por cambiar. El «efecto crisálida» y esas cosas sonarían a Disney si en Disney algún personaje tuviera alguna vez este tipo de emoción tan humana. De Blancanieves y Caperucita –a las que como arquetipos de un tiempo pretérito tampoco hay que crucificar ni poner ingles brasileñas ni tampoco un Kaláshnikov o bandera de «nosotras parimos, nosotras decidimos»– a Vaiana –peliculón– distan universos insondables. Cuando una persona da ese salto mortal sin red, probablemente, ya sabe más del dolor de una vida que varias vidas juntas vividas. A Marina cuando nació la llamaban Rafael. Incluso cuando ya sólo le faltaba sustituir tres sílabas por otras tantas en el DNI, a veces se le seguía llamando Rafael. Y tampoco pasaba nada ni era un trauma en función de quién pronunciase su nombre. Como cuando tu padre, tu madre o tus hermanos te llaman con tu nombre completo. Sin embargo, si lo hace una persona ajena, tu cuerpo se pone inmediatamente en guardia. Confieso que yo nunca la llamé Marina y tampoco tuve tiempo de hacerlo. Al nombrar las cosas, existen. Que mi tío Rafael no se identificaba en su ser era evidente hasta para un niño de cinco años, o de los años a los que alcance la memoria, viendo fotos con posturas impropias para estar sacadas de los posados del servicio militar de los tiempos de Franco. Y mi tío, hay que decirlo así, era guapísima. Por dentro y por fuera. Tan guapo como mi padre -que en las fotos en blanco y negro tiene un aire a medio camino entre Redford y Newman en «Dos Hombres y un Destino»-, pero más fino. Femenino. Rafael hizo la mili pero años antes, o quizás al tiempo, sus hermanos se peleaban con los hombres del pueblo porque no aceptaban, o vete a saber qué hacían aparte de tirarle piedras, a su hermano. Tuvo que pasar una dictadura y una transición y una democracia para que este país exorcizara sus propios demonios cuando Miguelito Bosé salía con falda y coleta y, así, dejar de cagarse en sus muertos o llamarle directamente «maricón». A mi tío lo echó su propio padre de su casa y tuvo que morirse para que volviera a hablarle con la cabeza gacha. Y se fue a Barcelona y a Bilbao a buscarse la vida. Cayó enfermo y sus hermanos recorrieron el país entero para traerlo de vuelta a casa. Peleó por una vida, por su vida, con la fuerza y el coraje de todos los hombres y mujeres del mundo juntos. A mi abuela se le murieron dos hijos, su Rafaelito y Marina, los dos de golpe. Me declaro incompetente para opinar de la ley trans. Me pierdo entre términos y siglas. Sólo una cosa tengo clara: si al colectivo le parece bien -y en Andalucía se aprobó por unanimidad de todos los grupos políticos-, a mí me parece bien. Mi libertad acaba donde empieza la del otro y allá cada cual con su vida si al otro no le hace daño. Jamás admiraré a nadie tanto en mi vida como a mi tío Rafael por tener los santos cojones de convertirse en mi tía Marina contra todos y a pesar de todos. Porque el coraje, la lucha por lo único que al final se lleva una persona a la tumba, la identidad, siempre resulta del todo admirable. Un diputado cobarde se ha escudado falsariamente en el masculino genérico para llamar cada vez que podía “el diputado” a Carla Antonelli, una señora de los pies a la cabeza ante un tipo que a todas luces no es un hombre. Después pidió perdón de aquella manera, como lo hacen los cobardes. «Nadie puede ser feliz si sustenta su vida en el odio a los demás», defiende ella. Han hecho mucha más patria que los Tercios de Flandes las Venenos que murieron por España.